EL MUNDO ES DE LOS MONSTRUOS

I

 

Cristian Jaramillo Palacio

 

Emil Ferris: Lo que más me gusta son los monstruos (Reservoir Books).

 

Desde los relatos de Gilgamesh en la mitología sumeria, los versículos de la Biblia, y el Talmud, Plinio el Viejo en su Historia natural, Pomponio Mela en su Chorographia, Solino en CollectaneaSan Agustín en Ciudad de Dios, el gran relato de la mitología inglesa Beowulf, los libros de caballería, los romans arturianos con sus dragones, gigantes, centauros, seres híbridos como el Endriago, el Patagón o el Cerviferno con su naturaleza mixta de retazos de seres humanos y animales, hasta la ciencia ficción moderna, la fábrica de monstruos no ha descansado. La omnipresencia del monstruo en los relatos literarios y de la historia de las religiones hacen del “prodigio” una figura relevante en la historia de la humanidad, como ese ser que es una huella de lo no dicho, de lo no mostrado, de lo relegado, de todo aquello lo que ha sido silenciado o que simplemente es diferente a un canon impuesto.

Sin embargo, es importante entender que esta visión subyugada del monstruo es una mirada occidental ligada a la superstición y a intereses políticos. Vemos en los relatos de Grecia, Roma y Esparta cómo los recién nacidos con cualquier rasgo de monstruosidad eran sacrificados por el bien de la ciudad y de la comunidad, una clase de eugenesia  basada en las creencias religiosas. Por otro lado, en Oriente, por ejemplo en la India o Egipto, vemos que es una mirada totalmente opuesta, donde el monstruo es divinizado. Los nacidos con alguna malformación son ungidos como dioses y son señales de prosperidad en el pueblo o comunidad donde nacen.

La teratología, que es la ciencia que estudia las criaturas anormales, es decir, a aquellos individuos naturales en una especie que no responden al patrón común, ha tratado durante toda la historia de explicar y entender los orígenes de estos seres. Muchos médicos, antropólogos, etnólogos y biólogos han expuesto sus diferentes posturas; asimismo, conocemos tratados desde la religión y la moral. Es por ello que un tema tan extenso no se puede reducir a unas simples consideraciones. Este texto pretende dar algunas nociones para generar interés y poder adentrarse en la ciencia de los monstruos.

 

EL MONSTRUO MEDIEVAL

 

El Santo Guillermo de Tolosa torturado por demonios (Ambroise Fredeau, 1657).

 

Como se mencionó, la historia de los monstruos nace de la biología, la historia de las religiones, la etnografía y algunas otras ciencias. Se han realizado numerosos estudios y uno de los puntos en común es ver al monstruo como la alteridad. El monstruo aparece en la historia para irrumpir en una tranquilidad impuesta, en un canon establecido por la sociedad. El ser monstruoso llega a romper reglas, esquemas y hace que las sociedades empiecen a cuestionarse cómo surgen y por qué son tan “diferentes”. Así es que el monstruo, a lo largo de la historia, empieza a ser tomado como algo mágico, fantástico, sobrenatural o maravilloso. Se le empieza a asociar como un conjunto de sucesos que no se puede explicar de forma racional, pues sobrepasa los principios de la realidad. Joaquín Rubio Tovar, en su estudio de los monstruos medievales, explica cómo la imaginación empieza a jugar un papel importante en la concepción del prodigio: “El monstruo es una criatura que vive en la frontera entre la naturaleza y la cultura, entre lo real y lo soñado, en las honduras del imaginario”.[1]

Es importante aclarar que en la actualidad existe un divorcio entre la historia y la fantasía. En la Edad Media era todo lo contrario: lo maravilloso era lo real del otro mundo. Lo real de las tierras lejanas, por ejemplo de las Indias, era lo que se consideraba prodigioso. Era una concepción completamente diferente, ya que la tradición oral era la única base para la comunicación de estos relatos. Por ello existía un universo de milagros, apariciones y portentos que poblaba las hagiografías medievales y las crónicas de las Indias.

El monstruo era parte de la cotidianidad medieval: predomina en los pórticos de las iglesias, mapas, iniciales miniadas y márgenes de manuscritos, bestiarios, enciclopedias y tratados de eruditos. Los monstruos, los prodigios fantásticos, se basaban en la fe y fueron usados para la catequesis para conseguir mecenas y continuar las expediciones.

Se conoce que en este período San Isidoro clasificó diferentes creaturas y su taxonomía en el Libro X de Las Etimologías, donde presentaba las partes del cuerpo humano según “el canon de la normalidad” y estableció una categoría de la monstruosidad. Es, quizás, una de las primeras clasificaciones oficiales de seres con elementos prodigiosos. Más adelante, diferentes médicos y biólogos profundizarían en el tema.

Los géneros literarios comunes en la Edad Media, como la epopeya, el romance  o los cantares de gesta franceses hablan de los enfrentamientos de héroes con monstruos, y en varias crónicas medievales se narran nacimientos extraordinarios. En estos relatos se comienza ese deslizamiento progresivo de lo monstruoso hacia lo diabólico. En los cantares de gesta franceses, por ejemplo, se cuentan los acontecimientos de las guerras contra los sarracenos, quienes son descritos de manera monstruosa. Al ser esa alteridad no aceptada por la sociedad occidental, fueron deformados por la imaginación de los poetas. Y estas descripciones comienzan a influir en la sociedad, afianzándose ese rechazo hacia los sarracenos, demonizándolos y provocando que la única solución para salvar el mundo cristiano es acabando con los demonios paganos encarnizados en aquellos hombres de piel morena, feroces y con largas barbas.

 

«Lucifer, Rey del Infierno» grabado por Gustave Doré que ilustra el Canto XXXIV de la Divina Comedia, Inferno.

 

Es en este mismo momento cuando la Iglesia comienza a hablar de los monstruos que pueblan el infierno y asustan a los feligreses. Se cristianizaron los monstruos mitológicos en leyendas hagiográficas. Dante convierte los monstruos en guardianes del infierno; la relación entre fealdad y maldad alcanza su cénit en la descripción que hace de Satanás en lo más profundo del infierno.

 

EL MONSTRUO COMO SEÑAL DEL MAL

La religión siempre se ha preguntado por qué existen los monstruos. Algunos exégetas bíblicos definieron a estos seres como víctimas de la dispersión de Babel, descendientes de Caín, de Cam (el hijo maldito de Noé). Años más tarde, San Agustín en su Ciudad de Dios también se pregunta por la existencia de los monstruos y la posición de la Iglesia frente a ellos. En el Capítulo VII, Libro XVI  apunta: “¿Salieron algunas clases de hombres monstruosos de la descendencia de Adán o de los hijos de Noé?” Una pregunta constante que pobló las pesadillas de los religiosos y estudiosos de la época, tanto que hasta en las márgenes de manuscritos dejaron huella de estas obsesiones monstruosas.

Debido a estos cuestionamientos continuos de clérigos y exégetas, el monstruo en la cultura occidental se afianza en su relación con el mal, con lo diabólico y demoníaco. Es común ver los cuadros de santos tentados por demonios representados de maneras monstruosas y extravagantes y la misma decoración de los infiernos esculpidos en iglesias y catedrales. Pero esta satanización va mucho más allá. Incluso sin cometer ningún crimen, más que su propio nacimiento extraordinario, al monstruo se le comienza a condenar como la premonición de una gran catástrofe. Por ello, esa costumbre de sacrificar al monstruo por el bien de un pueblo o comunidad era bien visto por la cultura occidental. En Historia de preliis Alexandri Magni se narra que la muerte de Alejandro Magno fue precedida del nacimiento de un monstruo que, supuestamente, él procreó con una mujer de Babilonia. Incluso Lutero aseguraba que la muerte de Federico el sabio, su mecenas, fue anunciada por el nacimiento de un niño acéfalo en Sajonia. El monstruo es condenado no sólo por su condición, sino también por lo que desencadena a su alrededor.

 

Monstruos de Fortunio Liceti (1665).

 

En años posteriores a la Edad Media, los monstruos no sólo son condenados por la religión o la moral de la cultura occidental, sino que llegan a ser  considerados como criminales o seres demoniacos por sus mismos progenitores o creadores.

“Me quedé inmóvil, mirándolo fijamente: no había duda. Un relámpago lo iluminó y me descubrió sus rasgos con claridad. La gigantesca estatua y su aspecto deformado, más horrendo de lo que existe en la humildad, me demostraron de inmediato que era el engendro, el repulsivo demonio al que había dotado de vida”.[2]

Sin embargo, hay una pequeña luz tenue en esa condena a los monstruos. En algunos casos no representaban sólo el mal. El ojo del cíclope era visto como la representación de la razón: el otro ojo que le faltaba era el libre albedrío, que no poseerían por su condición. Los pigmeos eran la representación de la humildad (por su baja estatura) y, por ejemplo, se afirmaba que los panonios, habitantes de una antigua provincia romana en lo que actualmente es Hungría, Croacia y Serbia (cuya característica física eran sus grandes orejas), amaban escuchar la palabra de Dios.

Continuará…

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[1]Rubio Tovar, Joaquín. Monstruos fantásticos en la literatura y pensamiento medieval.

[2]Shelley, Mary. Frankenstein o el nuevo Prometeo.

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Cristian Jaramillo Palacio

Tipejo, amante y defensor de la literatura fantástica y de ciencia ficción. Comunicador audiovisual y licenciado en humanidades clásicas. Elfo doméstico en el trabajo, tolkiniano por vocación y lo que más le gusta son los monstruos.

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