EL PRIMER FANTASMA

Amaranta Monterrubio

 

Mi abuela recién había cumplido 7 años cuando de madrugada la despertó un dolor en el ombligo. Era una punzada tan aguda que le avivó la náusea. Mientras se espabilaba, escuchó ruidos en la cocina. Alguien lavaba los trastos y arrastraba las sillas de madera. Se levantó confundida, pensando en que ella misma se había encargado de lavar los platos antes de irse a dormir. Atravesó el pasillo de recámaras, procurando no despertar a sus hermanos ni a su madre. Cuando llegó a la cocina no encontró más que una corriente de aire helado. Las luces estaban prendidas, pero no había rastro de cosa viva que hubiera tenido ganas de asear la cocina en plena madrugada. Se aterrorizó cuando vio la ventana abierta y un rastro de lodo que iba del suelo al marco de la ventana. Regresó a la cama temblando, olvidada del dolor que la hizo levantarse.

En la mañana, la punzada en el ombligo seguía ahí. Le avisó a su madre, quien descartó la advertencia diciendo que quizá le había caído pesada la cena. Sobre su visión de esa noche no reveló nada. Tanto el dolor como el miedo se disiparon en la escuela, pero al regresar a casa esa tarde sentía que algo le aguijoneaba el estómago. Su madre no estaba en casa, así que preparó la comida para sus hermanos. Ya que los vio alimentados, se fue a dormir sólo para despertarse de nuevo en la madrugada. Lo mismo: alguien lavaba los trastes y movía las sillas de madera en medio de una corriente de aire. Encontró la luz prendida y la ventana abierta. La misma experiencia se repitió cada noche por una semana entera. La abuela ya no podía con el miedo. Además la punzada en el estómago se había vuelto insoportable, pero su madre seguía sin creerle: decía que sólo quería llamar la atención quejándose por una nimiedad.

La abuela estaba segura de que lo que escuchaba era un fantasma, ¿pues quién podría colarse por la ventana en la noche para lavar trastes y mover sillas sino un alma en pena? Sin embargo, había un problema: la abuela había descubierto una huella. Este ente dejaba no sólo un rastro de lodo en la cocina (que nadie, por cierto, cuestionó), sino que en una de sus huidas dejó una huella en el patio, bajo la ventana. Mi abuela reunió valor y le avisó a su madre, quien —curiosamente— le creyó. La cabeza de la bisabuela bulló en preocupaciones. Son mis ex cuñadas, repetía, son ellas que vienen a buscarme porque me he dedicado a maldecirlas desde que se murieron. Nunca me quisieron, nunca, yo lo sabía, lo sabía.

De inmediato llegó un sacerdote a bendecir la casa. Habitación por habitación rezaron y consagraron imágenes religiosas. Cuando el cura salió por la puerta, mi abuela se desmayó. Llegó al hospital con el apéndice reventado. La infección se había derramado sobre sus órganos. Aún se pregunta cómo es que sobrevivió a los 7 años a tan terrible peritonitis. Yo más bien me pregunto cómo es que sobrevivió a la psicosis de su madre.

Liliana Colanzi —en Nuestro mundo muerto (Almadía, 2016)— explora en dos cuentos la figura de la madre supersticiosa, un tropo por demás fascinante. Con madre supersticiosa no me refiero a una señora que profese alguna creencia, sino a la que mira a sus hijos desde ahí, que materna con la mente infestada de supersticiones obsesivas y sus vástagos terminan siendo blanco de desvaríos o depositarios de psicosis.

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“El ojo” trata sobre una madre que vigila obsesivamente a su hija al punto del acoso. Tanto así que la joven comienza a ver el ojo vigilante de su madre cada vez que intenta un pensamiento de libertad. La madre, de hecho, la ha convencido de que con su despertar sexual desatará el apocalipsis.

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Supernova, por Pedro Correa.

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En “Chaco” (uno de los mejores cuentos que he leído en mi vida) aparece una madre que reza aterrada porque está convencida de que su hijo vive poseído por el mal. Al hijo, casualmente, sí lo posee el deseo asesino de un fantasma. Entonces, ¿qué es primero, la mirada psicótica de la madre o la predisposición de los hijos a ser recipiendarios de visiones, posesiones y talentos extrasensoriales?

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Con esta pregunta no quiero decir que los hijos están viviendo una fantasía, al contrario, pienso que es la superstición de la madre la que abre un portal. Quizás ellas no tengan un talento desarrollado para penetrar lo incognoscible, pero a través de su obsesión lo otorgarán a sus hijos. Por otro lado, ¿cómo podría un hijo recipiendario desarrollar sus talentos si no es bajo la mirada de esa madre que cree en una realidad desgajada, habitada por fantasmas y premoniciones?

Esta experiencia marcaría para siempre el destino de mi abuela: estuvo internada tres meses con el abdomen abierto drenando el veneno del apéndice. Sospechamos que de ahí viene en parte su salud frágil. Y esa visión fantasmal sería la primera de muchísimas.

Constantemente me pregunto si los sucesos están entramados de tal manera que se sienten casi escritos y es difícil cambiar la historia que está por suceder. Es aquí donde siento curiosidad. ¿Será que el dolor físico desgarra un velo y por eso comenzaron las manifestaciones? ¿O acaso la presencia fantasmal era un anuncio de la catástrofe? La aparición que lavaba trastes no volvió a visitar la casa. La explicación, claro, es que se debió a la bendición del cura, ¿pero y si desapareció porque la conmoción ya había pasado? Si los hechos se articulan como destino, hasta un fantasma podría anticiparlos. ¿Cierto?

La bisabuela claramente no creyó en el dolor físico, pero sí en la presencia. Además, no la adjudicó a la abuela sino a sí misma y sus propias paranoias. A cambio, la abuela quedó con la vida en peligro. Me pregunto si la consecuencia de la mirada supersticiosa de la madre es también la mala salud, provocada no solamente por ignorar el dolor de una niña de 7 años sino porque la imaginación siempre excitada de la madre hace vivir al límite a los hijos y acaso la experiencia del cuerpo está condenada a ser tan limítrofe como la de la mente. Ahora, si la madre vive en un permanente estado de alerta, ¿a qué se debe? Porque no es una cuestión maliciosa ni a voluntad (evidentemente), es resultado de algo que la cerca y la orilla a un punto donde el escape es la locura.

La abuela vivió aterrada bastantes años, hasta que dio con el remedio para terminar con las mórbidas visitas. Sus hijos y marido poco le creyeron sus visiones, tal como su madre no le creyó su dolor. Fue un viaje solitario cerrar el portal que probablemente la bisabuela había abierto. Lo logró: ninguno de sus hijos fue recipiendario, pero con sus nietos no pasó lo mismo…

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AQUÍ puedes leer «El ojo».

AQUÍ puedes leer «Chaco».

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Amaranta Monterrubio

Ha sido sonidista, diseñadora sonora y editora de video sólo para descubrir que su vocación era preparar café para sus invitados y escribir.

Publicó el libro de cuentos Llegará el silencio (Cuadrivio Ediciones, 2020).

Los últimos viernes del mes tiene un programa de literatura de terror llamado LetrasParaNoDormir en el canal de la Brigada para Leer en Libertad.

@nemitlazohtla

 

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