LUGARES CERRADOS

Vivi Page

 

En el cuento «The Blue Air Compressor», Stephen King apunta:

“En los escritos de Edgar A. Poe, Stephen King, Gerald Nately y de todos aquellos que practican esta particular forma literaria solemos encontrar tanto habitaciones cerradas como calabozos, además de mansiones desiertas (todos estos símbolos del útero) […] Estas posibilidades no siempre son válidas, pero el lector y el escritor deben tenerlos en cuenta al intentar este tipo de género”.

Es un cuento muy interesante, publicado por primera vez en 1971 por la revista de la Universidad de Maine. Actualmente lo encontramos en una recopilación de cuentos huérfanos que ronda por internet en formato pdf. El protagonista es un joven que llega a la casa de una mujer de proporciones gigantes, una metáfora de la impotencia masculina. Destacan influencias de Poe en la historia y con la valorada característica de ciertas intervenciones de King como narrador.

Entre los ejemplos de terror claustrofóbico realizado por hombres sí he podido descubrir esta metáfora. El hombre siendo asfixiado por una mujer. Un ejemplo del mismo autor es Misery (1987), a más de diez años del cuento antes mencionado. Es imposible no sentir compasión por el pobre Paul y su cruel secuestro en manos de una mujer claramente perturbada y maligna.

Por otro lado, en «The Fall of the House of Usher» (1839), uno de los cuentos más populares de Edgar Allan Poe, los dueños de la casa son hermanos y su muerte es en gran medida provocada por la fuerza maligna del hogar. En un primer análisis podríamos describir la vivienda como reflejo de una persona: ambas al borde de la muerte, todo en su estructura es melancolía y tristeza. Sin embargo, tengamos en cuenta el análisis de King: son dos hermanos atrapados en el útero que es la casa, el recuerdo de una madre que les roba la vitalidad.

¿Pero qué sucede cuando las atrapadas dentro de la estructura son mujeres? En dos ejemplos que ya he mencionado antes, Los otros (Amenábar, 2001) y Musarañas (2014), las protagonistas, sobrevivientes de la guerra, se encierran en su casa en parte por decisión propia, pero en parte también por necesidad: si salen se destruye su vida como la conocen. Las paredes son sus recuerdos y sus familias, sin ellas todo termina; como si supieran que el lugar seguro es estar dentro del útero.

Mismo caso sucede en El orfanato (Bayona, 2007): el hogar es en el encierro, entre esas paredes donde se encuentran los niños y sobre todo su hijo. Justo es hablar también de los escenarios de Carlos Enrique Taboada: las protagonistas femeninas hacen de su encierro un sitio de comunión. Ahí está el peligro, pero también la solución. Aunque estos ejemplos fueron también escritos y dirigidos por hombres, están latentes –consciente o inconscientemente– los temores sexuales masculinos.

Desde una visión femenina, Ann Walsh escribe «Getting Away From It All»: una madre llega con sus dos hijas a una cabaña llena de ratas, pero es renuente a irse. A pesar de los intentos de limpiar la cabaña, las ratas que bien pueden ser los fantasmas metafóricos o bien pueden ser los problemas, siguen presentes condenando al final a sus hijas.

Shirley Jackson utiliza también estos espacios cerrados, en The Haunting of Hill House: los fantasmas –al igual que las ratas de Walsh– representan los recuerdos, los miedos a la sociedad, a uno mismo y al que está al lado. El espacio cerrado es un recurso para escapar de todo eso y resulta que es ahí donde lo tendrán que enfrentar.

Tan interesante es la analogía de los lugares cerrados y el útero como lo es a otras metáforas que se le pudieran atribuir (símil de uno mismo, analogía de una sociedad, etc.). Puede ser que la perspectiva de Stephen King no tenga fundamentos o sea una perspectiva parcial.

Creadores de terror, cuéntenos cómo han utilizado la metáfora del encierro en esas edificaciones o laberintos claustrofóbicos.

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AQUÍ puedes leer «El compresor de aire azul».

AQUÍ puedes leer «La caída de la casa Usher».

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Vivi Page

Nací en la ciudad de Puebla, el 2 de diciembre de 1997. A muy temprana edad me enamoré de las palabras y desde entonces hasta ahora he intentado conquistarlas.

Estudié un año lingüística y literatura. Sin embargo, por azares del destino, dejé la carrera, pero no las letras. Mis relatos van desde lo erótico hasta lo escabroso, publicados en algunas revistas digitales.

Y este es solo el comienzo.

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