DE VAMPIROS CARIBEÑOS QUE BAILAN CUMBIA CON EL DIABLO
Alejandra R. Montelongo
Cuando pensamos en vampiros las primeras imágenes que vienen a nuestra mente son de castillos góticos, cementerios, bosques inundados en neblina, voluptuosas mujeres llenas de misterio, Robert Pattinson brillando para quienes crecieron en los dos mil, Brad Pitt y Gary Oldman para quienes lo hicieron en los noventa.
Asociamos los vampiros al estatus, la sangre, la seducción, lo oscuro y el deseo, y es casi seguro que, entre las conexiones inmediatas, pocos pensarán en el Caribe y la cumbia. Sin embargo, el libro AltaSangre (Laguna Libros/ Mirabilia, 2025; Alianza, 2026) de Claudia Amador hace posible esta mancuerna de una forma orgánica y asombrosa.
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Debo advertir que el primer acercamiento a este libro puede no ser tan favorable. El capítulo inicial deja la sensación de incertidumbre. La indeterminación y los vacíos narrativos evocan los relatos Davilianos donde el lector se enfrenta a aquello que no se nombra. El segundo capítulo aúna recursos oníricos y una estética surrealista, obligando a algunos lectores a regresar al principio en búsqueda de claridad. No obstante, pese a los retos iniciales que presenta esta obra, vale la pena seguir leyendo.
Intercalada a la narración encontramos el ritmo de los tambores marcando el chandé, una coreografía se torna aquelarre, la realidad se entremezcla a lo ilusorio y a los recuerdos. En la vorágine de imágenes e incertidumbre la narrativa exige al lector mantenerse atento para escuchar la voz de Las Malas Lenguas que, a modo de chisme, van desmenuzando la historia de Julieta Vanterroso, nieta heredera de una importante familia vampírica, quien decide revelarse a los designios de su abuela extendiendo el caos y la masacre por toda la ciudad.
Si logramos sobrevivir al inicial torbellino narrativo, ingresamos a una historia que transforma el mito del vampiro, lo cuestiona y lo fusiona. La autora se pregunta, ¿cómo sería un vampiro caribeño? El resultado es un fino entramado o tejido que logra unir las teorías de Bajtín, la cumbia, el carnaval de Barranquilla, la brujería heredada de África y la crítica al capitalismo como nueva aristocracia.
El vampiro representado en la tradición clásica como un dandy-inglés, pasa aquí a ser una reina de belleza de la élite de Barranquilla, dueña de la industria de la Sanguina, una bebida de sangre destilada que ha logrado burocratizar y mercantilizar la explotación de las víctimas. La autora realiza de dicha manera una velada crítica a la desigualdad social en este lado del continente, así como a los procesos de esclavitud laboral disfrazada de legalidad bajo el sistema capitalista.
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En la novela de Claudia Amador se conserva, de tal modo, uno de los simbolismos principales del vampiro: el miedo al poder imperialista, pues se asemeja a los poderosos a entes parasitarios capaces de chupar la vida, energía o recursos de las masas o el pueblo. Con ello se evidencia que ya no son los condes o emperadores quienes poseen tal poder en la sociedad, ahora lo son los dueños del capital, los empresarios, las familias de bien cuyos rostros ganan concursos de belleza y su apellido representa poder económico.
Claudia Amador retoma de William Polidori y Bram Stoker este simbolismo parasitario y su crítica a la clase alta, pero, hilvanada a la imagen de la elegancia, la voracidad, el poder y la longevidad, la autora añade elementos de la Soucouyant y la Candileja para crear una versión caribeña del monstruo.
Detengámonos un momento en ambas criaturas. Entre las leyendas colombianas encontramos la de la Candileja, una bola de fuego formada por tres antorchas con brazos similares a tentáculos ardientes que se dedica a perseguir a borrachos e infieles. Por otro lado, la Soucouyant es descrita en el folklore trinitense como una criatura chupasangre y cambia-forma con apariencia de anciana con la capacidad de mudar de piel para transformarse en una bola de fuego y así entrar a la casa de los durmientes de quienes consume su sangre.
Para algunos será evidente el paralelismo entre este ser caribeño con los vampiros, para otros la descripción puede recordar a las brujas, sobre todo a la idea que se tiene de éstas en algunos sitios de México, donde con el nombre de Tlahuelpuchi comparte la mayoría de las características.
Si nos vamos a los orígenes de los vampiros de Europa del Este encontraremos que la línea divisoria entre la bruja (striga) y la vampira también es muy delgada. Ambas representan la fuerza desconocida de la oscuridad y los bosques, beben sangre de bebés y tienen la habilidad de tomar otras formas, sin embargo, mientras que la bruja posee tal condición gracias a su conocimiento adquirido o por haber realizado un pacto, la vampira lo es, la mayoría de las veces, por una conversión involuntaria.
Además, la primera no está asociada necesariamente a la belleza, si la posee, a veces, puede ser incluso un engaño, una ilusión, y suele ejercer su poder por petición de otros; en cambio, la segunda encarna la belleza y la seducción, la cualidad erótica le es inherente, cuando ejerce su maldad no es por petición de alguien más, sino por mero disfrute del mal.
En el libro AltaSangre se retoma esta similitud entre la figura de la vampira y la bruja, desde el inicio queda claro que la protagonista y su familia, al igual que los miembros de la alta sociedad, son criaturas vampíricas (incluso se llega a mencionar que son primos de los vampiros europeos quienes, de forma cómica y caricaturesca, en un capítulo acuden en barco al Carnaval).
Sumado a ello, la habilidad de la Soucouyant para mudar de piel también aparece dándole así una similitud con los monstruos propios de este lado del Océano Atlántico. Es justo esta cualidad tomada del folklore caribeño lo que permite que lo corpóreo adquiera relevancia en la novela hasta introducir elementos propios de body horror en los capítulos más álgidos.
Julieta Vanterroso encarna la belleza y la bestialidad. Es una criatura voraz capaz de desatar el caos a su paso, reflejo de las élites y el capitalismo como nueva aristocracia. Pero, al ser criada y cuidada por “mixtas”, va adquiriendo también algunos aspectos similares a ellas como el uso e interés por la magia. De hecho, la presencia de estos personajes evoca de forma indudable el contexto del mestizaje, sobre todo, la presencia afrodescendiente, su herencia cultural y religiosa, así como su marginación pese a su relevancia.
En la novela las “mixtas” se presentan como una especie de brujas, ellas conocen sobre “El Pegue de los Mundos” e invocan entes asociados al Vodou haitiano como Simbi, familia de espíritus del agua y los secretos, Petwo, una nación de espíritus relacionados con la lucha por la libertad y Marassa, los gemelos divinos representantes de la dualidad. Aunado a esto, saben escuchar a “Las Malas Lenguas”, las mensajeras de la historia, voces que giran en el espacio-tiempo y transitan “El Pegue de los Mundos” recopilando y susurrando secretos.
Tal vez sea la presencia de Las Malas Lenguas uno de los puntos más fuertes de la propuesta estética de Claudia Amador, pues son ellas, en gran medida, las narradoras de la historia; gracias a esta voz narrativa la obra se vuelve polifónica y cercana. Las marcas de oralidad, el mimetismo lingüístico y el uso pulido del lenguaje hacen que el chisme se vuelva literario y se muestre como un excelente hilo conductor. No obstante, la polifonía de AltaSangre no se detiene en la multitud de voces hilando la historia, sino que va más allá con el ensamblaje de ritmos, canciones e instrumentos.
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Es necesario mencionar aquí un último monstruo: El Carnaval mismo. La Cumbia se erige en la novela como un personaje más, como la Reina verdadera, quien orquesta y dirige todo. Sus tambores marcan el ritmo, las letras de las canciones se tejen a las acciones, lo colectivo adquiere tintes monstruosos a través de las coreografías. La forma polifónica de la narrativa refuerza el fondo de la novela e inserta al carnaval en el mismo nivel que los vampiros y el resto de los monstruos. En el carnaval todo orden es trastocado, la individualidad es devorada por la masa y el anonimato, la música se apodera de la voluntad de los cuerpos y una coreografía es capaz de tornarse en un ritual.
No es de sorprender que esta novela haya ganado el Premio Nacional de Narrativa Elisa Mújica, 2024. El libro exige un lector atento, dispuesto a introducirse en el monstruoso carnaval de voces, tambores, alucinaciones y escenas surrealistas donde desfilan vampiros, brujas, espíritus y diablos al ritmo del chandé, la cumbia, el mapalé, la puya, el garabato y la bullaranga.
El universo que plantea Claudia Amador es rico en sincretismos e intertextualidad, retoma tanto de la tradición literaria como de la cultura popular, la religión Vodou y la música propia de Barranquilla, creando con ello una actualización de la figura del vampiro y una propuesta estética que sin duda atrapará a los amantes de lo monstruoso.
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AQUÍ puedes leer las primeras páginas de AltaSangre.
Y AQUÍ puedes leer «Larvas de arroyo», cuento de Claudia Amador (Penumbria Wyrd)
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Alejandra Rodríguez Montelongo
Zacatecas (1993).
Psicóloga y maestra en Literatura Hispanoamericana.
Suele conjurar lo fantástico y lo siniestro escondido en la tinta de las escritoras.
Es autora del libro de cuentos Canto de enredaderas (2021).
Ha sido becaria del PECDA y fue reconocida en 2021 con el Premio Estatal de la Juventud (Zacatecas) en la categoría de Literatura.
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