JARDÍN DE CEMENTO
de Ian McEwan
Paulina Arcos
Jardín de cemento (1978) es una de esas novelas que logran incomodar desde sus primeras páginas, no sólo por lo explícito de las acciones, sino por la manera en que se narran. La sensación de ser cómplice persiste y se incrusta hasta el final de la lectura. La historia está narrada desde la perspectiva de Jack, un adolescente que vive con sus hermanos Julie, Sue y Tom, quienes sucumben a una serie de situaciones en que las normas morales se disuelven tras la muerte de sus padres.
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Quizá McEwan opta por la voz en primera persona por su frialdad descriptiva. Por eso, durante la narración, Jack no reflexiona sobre lo que ocurre, sino que registra los hechos con aparente naturalidad, disolviendo cualquier frontera entre lo aceptable y lo inadmisible. Esto produce un efecto inquietante porque la novela no sólo transmite una historia, sino que construye un espacio de tensión.
Desde el primer capítulo, la novela arranca con crudeza al hablar del cemento como un evento inevitable. Mientras sus padres discuten, los niños aprovechan para jugar una pequeña perversión en la que el cuerpo desnudo de Sue es inspeccionado como parte de una revisión médica. El capítulo cierra con la muerte del padre, lo que más tarde desencadena la enfermedad de la madre.
Sue se tendió en la cama, riendo con los nudillos en la boca, mientras Julie ponía una silla contra la puerta. Entre los dos desnudamos rápidamente a Sue y, cuando le bajábamos las bragas, nos rozamos las manos.
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La construcción de los personajes es un punto interesante de la novela, puesto que el autor evita una psicología tradicional. No da explicaciones profundas sobre las motivaciones de los niños, sino que construye su identidad a través de sus acciones y silencios.
Julie, la hermana mayor, asume un rol que oscila entre lo maternal, lo ambiguamente autoritario y el despertar sexual. Los hermanos menores, en cambio, se adaptan con una naturalidad escalofriante a las nuevas condiciones. Jack, como narrador, no sólo describe esta transformación sino que participa activamente en ella.
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El hogar funciona como una extensión simbólica de la decadencia. Lo que en un principio parece ser un hogar familiar tranquilo, pronto se convierte en un espacio cerrado donde las reglas externas pierden poder y son reemplazadas por una lógica interna, autónoma e inquietante, como si se tratara de un juego del que sólo ellos son cómplices.
Otro de los puntos que más admiro de esta novela es la economía de lenguaje. McEwan da mayor énfasis a las frases cortas y directas que contrastan con la gravedad de los hechos. Lejos de parecer escueto, potencian la sensación de encierro y asfixia que atraviesa toda la obra. El entorno se vuelve cada vez más inaudito, mientras que el cemento se resquebraja junto con las nuevas reglas inventadas.
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Espero que tengas la oportunidad de leer Jardín de cemento, es una lectura que recomiendo para aquellos con sed de algo impactante y crudo. Hasta la próxima.
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Mi nombre es Paulina Arcos, nací en la Ciudad de México en1990.
Actualmente radico en Toluca, Estado de México.
He publicado cuento y microficción en revistas digitales como Irradiación (cuento “Antojitos mexicanos”) y Enpoli (microficciones).
En septiembre de 2024, la editorial Rey de Ardillas publicó un fanzine del cuento “Rumores nocturnos”.
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