ABAJO, EN LOS TÚNELES

Uggla Horrorwitz

MÉXICO

 

Es un día cualquiera. Bajas del metro, caminas hacia la salida, ves a una persona que camina a tu lado y te resulta familiar. «La he visto antes», piensas sin darle mayor importancia al sentirla junto a ti. Por inercia la dejas pasar, te rebasa. Te das cuenta que, justo antes de llegar a la salida, da la vuelta y regresa como si algo se le hubiera olvidado. No hay alarma, no hay espanto, no se revisa minuciosamente los bolsillos: simplemente regresa.

Movido por la curiosidad, te pegas a un rincón y decides observarla. Parece una tontería, lo sabes, pero no pierdes nada: el peor escenario es que se suba en el primer tren y desaparezca. Esperas unos cuantos minutos, la ves regresar al andén donde te emparejó: espera algo. De pronto una idea te invade: se dedica a robar. Revisas tus bolsillos, todo está en su sitio. El tren llega sin más, la mujer no sube, se le empareja a otra persona; lo sigue e, igual que tú, nota su presencia: la mira de reojo, esboza una sonrisa y una vez más repite el acto: sigue caminando y pocos metros antes de la salida regresa, repite el ciclo una y otra vez.

No es un fantasma: es un cuerpo sólido, camina y anda por la estación, nunca habla, solo intercambia miradas y sonrisas tenues. Extrañado, sales del metro, ya se hizo tarde. Corres, llegas al trabajo y olvidas lo sucedido durante semanas.

Otra mañana. Vas de prisa y esquivas personas por los pasillos dando uno que otro empujón, no importa, el fin justifica los medios: no quieres más retardos. De repente, en medio del ajetreo ves cómo una señora se desploma. Por un momento todos parecen ignorarla, pero en un abrir y cerrar de ojos se acercan a ella varias personas, la auxilian; una mujer en particular la ayuda a levantarse mientras la toma por el brazo y se aleja: ha cumplido su misión, se escabulle por los pasillos. No la vuelves a ver.

Ese mismo día después del trabajo la escena se repite en otra estación. Ahora bajando las escaleras una persona mayor se desvanece antes de pisar el penúltimo escalón. La gente corre a auxiliarla y, mientras varias personas se acercan, ves de nuevo a la chica —la misma que observaste por la mañana—. No sabes de dónde salió, pero vuelve a ayudar al señor a levantarse tomándolo del brazo y, una vez en pie, se pierde entre la multitud. No es casualidad, lo sabes.

A partir de ahí te vuelves paranoico, entras al metro y observas todo: el mago que hace trucos, la señora que vende chicles, los que se arrastran para limpiar zapatos… No son ellos a los que buscas, es a esos que parecen cuerpos andantes, esos que también son personas, o al menos eso crees.

Las primeras veces los confundiste con los carteristas que en medio de aventones se pegan a la gente para quitarle sus cosas. No, tampoco son ellos a quienes buscas. «Los otros» son una especie peculiar, aparecen siempre bajo cierta situación, pareciera que están esperando el momento justo, seguir a una persona, ayudar a un caído a levantarse. Están los que solo pasean de un lado a otro en grupos de tres, esos que parecieran que escoltan algo pero solo están siguiendo su rutina. Están aquellos que parecen esperar a alguien, parados y quietos siempre esperan, miran el reloj, caminan un poco, se van y vuelven a aparecer en otro lado. Te das cuenta que son de carne y hueso, personas como tú, con un solo detalle: tienen la mirada perdida y no hablan.

Dedicas tus fines de semana a deambular por el metro, recorres todas las líneas, visitas estaciones que ni sabías que existían, llevas un cuaderno en el que anotas todo lo que te parece peculiar o insólito. Lo paradójico es que las notas son siempre sobre aquello que es cotidiano: una mamá cargando a su hijo que va a ninguna parte, un joven con una flor esperando a su enamorada, alguien leyendo.

Comienzas a darte cuenta que siempre es la misma persona con la misma función, lo único que cambia es la estación en la que aparece. Comienzas a atar cabos: son una gran comunidad, como si cada personaje tuviera un rol dentro de la imagen citadina, como si su inmanencia consistiera en alimentar el paisaje una y otra vez con la misma presencia en diferentes momentos.

Lo has pensado mucho y ahora tienes una teoría, pero no se lo puedes contar a nadie. Dirán que estás loco, en el trabajo te harán tomar unos días —sin paga, claro está—, la gente hablará de lo mucho que te ha afectado el divorcio, que tu única familia está lejos y que a los pocos amigos que te quedan hace mucho no los ves.

Has dedicado muchas horas a seguirlos, pero ahora estás seguro: todos tienen un orden y obedecen un régimen. Son los otros, la gente de los túneles, parecen zombis, nunca hablan, pero resultan tan normales que su soledad resulta equiparable a la tuya.

Éste es último recuerdo que tienes de ti:

Vas al trabajo, estás retrasado, corres por el pasillo cuando de pronto todo se vuelve borroso y te desvaneces. Recuperas el conocimiento mientras estás ayudando a alguien a levantarse; lo pones de pie y de pronto caminas entre el gentío, te escabulles, nunca te detienes. Pasa el tren, lo abordas, bajas en una estación cualquiera. Alguien vuelve a caer, te acercas y lo ayudas a levantarse, vuelves a caminar entre la multitud. No puedes hablar, pero aunque pudieras ya no recuerdas tu nombre, ni dónde vives, solo tienes conciencia de ti como «alguien que camina». Nadie te buscará ni te extrañará. Ahora sabes que la gente de los túneles es gente que en el mundo de arriba estuvo profundamente sola.

Foto de David Altrath

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Uggla Horrorwitz

Lector compulsivo de terror y literatura fantástica, buscador de textos raros, pesadillas e irrealidades en este y otros mundos.

Twitter: @U_Horrorwitz

Blog: https://traeum-suess.blogspot.mx/

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