CRÓNICAS DE LOS HIJOS DE ÉREBO

la oscuridad y la luz claman tu nombre

 

Aglaia Berlutti

 

La figura de Matthew Gregory Lewis suele estar rodeada de una cierta percepción mítica. Tanto, que el autor parece ser parte de su intrincada y lóbrega creación literaria. Se dice que comenzó a escribir impulsado por “la ira divina”. Que, sacudido por un “fuego existencial” tan poderoso como implacable, escribiría la que después sería considerada su mejor obra y probablemente la más poderosa novela gótica jamás escrita en apenas diez semanas. Que su madre se sorprendió al verle salir de la habitación con la ropa hecha jirones sobre el cuerpo y temblando de puro cansancio, pero que no se atrevió a preguntar qué era lo que consumía la atención y fuerzas de su hijo. Que, animado por una maníaca fuerza, escribió un manuscrito de entre 300 y 400 páginas en un único impulso, rechinando los dientes y sacudiéndose de dolor por las imágenes que llenaban su mente. Y que, por último, anunció que había logrado escribir un manifiesto “acerca de la angustia, la soledad y el mal”. Todo esto con veinte años, apenas experiencia literaria y sin ninguna otra noción de lo gótico que sus obsesiones personales. De manera que Lewis, no sólo como escritor sino como uno de sus propios personajes, se transformó en objeto de culto.

“Matthew Gregory Lewis”, por Henry William Pickersgill

Por supuesto, todos los rumores resultaron ser falsos o al menos tan exagerados como para aterrorizar al posible lector. Porque Lewis, escritor y, sobre todo, apasionado viajero, estaba muy consciente de lo que escribía cuando en el año 1794 se encerró para escribir lo que sería su obra más conocida: El monje. Como buen inglés, este joven de diecinueve años se encontraba horrorizado con la Inquisición Española, que por entonces asolaba buena parte de Europa llevando como estandarte el fanatismo religioso. Para Lewis, hijo de un acaudalado caballero inglés, la idea del irracional ataque del clero contra el conocimiento y el intelectualismo fue desconcertante.

En varias cartas de la época, el jovencísimo Lewis pondera con su padre sobre el hecho que la Inquisición había sido, más que un tribunal eclesiástico, una pira donde se “quemaron conocimientos de siglos de antigüedad”. Y se proclama “racional”. Por tanto, su novela no parece fruto del azar, mucho menos del error o de la fantasía de un muchacho, sino una meditada burla a la idea de la Iglesia, pero, sobre todo, a la percepción de la religión sobre la razón y la cultura. Lewis, con diecinueve años y quizá testigo excepcional de la época de ruptura que le tocó vivir, creó no sólo un mundo de tinieblas donde la Iglesia parecía ser el origen del horror, sino que elaboró un cuidado discurso sobre el miedo, el oscurantismo y el horror a través de los conocidos elementos del género gótico.

Lewis no sólo atacó a la Iglesia como institución a través de una novela durísima, cruel y retorcida, sino que, además, elaboró un estudiado ataque contra la corrupción, el temor que aún inspiraba las torturas de los tribunales inquisitoriales y, en especial, esa percepción de la religión como una forma de control sobre los temerosos. Con una cuidadísima prosa y haciendo uso de todo tipo de elementos simbólicos y metafóricos, Lewis creó una apasionada proclama sobre el poder del conocimiento y, sobre todo, la visión reaccionaria de la Iglesia sobre la necesidad de controlarlo. Porque El monje, con toda su carga de ironía subyacente, no es otra cosa que una proclama contra los manejos del poder del clero y su influencia sobre gobiernos y monarquías. En una Europa que aún se recuperaba de las feroces transformaciones políticas del siglo anterior y que aún soportaba las heridas abiertas de conflictos armados en la que la Iglesia apuntaló su influencia, El monje fue una reflexión fresca sobre una idea muy antigua. Una visión radical sobre la noción del dogma como elemento de poder o, más allá de eso, una percepción muy clara sobre el origen del mal moderno.

En los océanos lóbregos de infinita belleza

Se considera a El monje la primera novela moderna del género gótico. Lewis no sólo la dotó de una personalidad única, sino que, además, supo hacer buen uso de la blasfemia y de lo obsceno para crear una atmósfera malsana terrorífica. Pero el joven autor, que experimentó con el estilo y la construcción argumental hasta lograr una idea por completo original, supo evitar los lugares comunes y los excesos que podrían haber debilitado la estructura de la obra. El monje no sólo medita sobre los males de su época bajo un barniz del terror gótico, sino que además los transforma en símbolos de debate y transgresión. Una mirada profunda y esencial sobre las raíces de la crítica política pero, aún más, de la novela como género híbrido que transforma la mirada esencial en algo más profundo y, sobre todo, inquietante.

Lewis no era indiferente al contenido y a la perspectiva con la que dotó a su obra. A pesar de los rumores que insistían que la novela era fruto de la experimentación y lo accidental, El monje es una cuidadísima puesta en escena literaria que no sólo recrea lo mejor del género gótico al cual pertenece, sino que avanza hacia un nuevo tipo de género quizás intermedio entre el terror y la ironía. No hay un sólo elemento inocente dentro de la obra de Lewis: los distintos niveles de interpretación de la novela construyen un entramado bien planteado sobre lo que la ironía literaria puede ser, pero también de los límites que puede admitir como creación formal. Una y otra vez, El monje se analiza así misma como una pretensión y crítica de la naturaleza humana, pero aún así no oculta su reflejo sobre ideas mucho más directas. La obra de Lewis no sólo pondera sobre los alcances de esa noción humana sobre su vulnerabilidad y fragilidad, sino que, además, se mira desde una ambigua óptica donde lo monstruoso parece ser reflejo del espíritu humano, a la vez que algo muy semejante a su reflejo. Una audacia que por mucho tiempo se atribuyó a la juventud de Lewis, pero que luego pareció una consecuencia inmediata de su necesidad de análisis sobre la cultura y la sociedad a la que pertenecía.

A través de las montañas de lo siniestro

Lewis fue un incansable viajero: todavía muy joven recorrió Francia y Alemania, donde conoció la obra de Johann Wolfgang von Goethe, por la que está claramente influenciado. Pero quizá su prodigiosa precocidad no se debió a lo que pudo aprender a través de las obras de grandes autores europeos, sino al hecho de asumir la Europa levantisca y en pleno apogeo de las artes que encontró durante sus prolongados recorridos. Una noción sobre un continente en transformación, una época que comenzaba a cuestionarse a sí misma y que aún temía a los horrores del exceso y la violencia que en cierta medida continuaba sufriendo. Lewis, joven e impresionable, fue un observador atento de la historia que se creaba a partir del conocimiento. Una cultura renacida a través de intelectualidad, el nuevo pensamiento filosófico y lo que es aún más importante: esa percepción única que la sociedad europea estaba transformándose como consecuencia de una nueva distribución y comprensión del poder.

Lo demás probablemente es consecuencia de ese momento histórico único: El monje tuvo una entusiasta acogida entre intelectuales británicos y fue repudiada en España, donde se le criticó por exceso de “procacidad” y, sobre todo, por la mezcla improbable de terror y obscenidad. Tal vez por ese motivo, el autor dulcificó sus agudísimas críticas para una segunda edición publicada casi una década después. No obstante, la crítica a la hipocresía religiosa siguió intacta y quizá la depuración del lenguaje y las nociones elementales sobre el dogma se hizo más evidente. Algo que ya comentaban después Lord Byron y el Marqués de Sade en sus entusiastas críticas sobre la novela. Tanto para uno como para el otro, lo verdaderamente obsceno de la novela tenía mucha más relación con el fondo que con la forma, y la posible “simplificación” de lo evidente lo hizo más notorio.

La novela El monje fue transgresora en numerosos aspectos, lo que la convirtió en una obra literaria que sobrevive al paso del tiempo con enorme poder de evocación. No sólo se le atribuye la proeza de haber llevado a un extremo desconocido los elementos clásicos del género gótico, sino por crear todo un planteamiento sobre la tensión psicológica, el terror aparente basado en la insinuación e, incluso, por ideas y concepciones tan modernas sobre la realidad y la fantasía como una interpretación onírica de la realidad y de lo macabro como una idea simbólica. Una pesadilla interminable a la que Lewis supo dotar de una indudable belleza y, sobre todo, una durísima concepción sobre el terror que habita más allá de lo obvio y que se nutre de la oscuridad, siempre latente, del espíritu humano. Una forma de terror por completo nueva.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

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