EL PAÍS DE RAY BRADBURY

Miguel Lupían

 

Fuck me, Ray Bradbury

Rachel Bloom

 

¿Qué hubiera pasado si Buck Rogers, el mítico personaje de la revista Amazing Stories, no hubiera entrado al cuarto de Ray a los nueve años y le hubiera dicho que gritara, saltara, jugara… que dejara atrás a esos hijos de puta (compañeros de Ray que un mes atrás lo hicieron romper sus historietas) porque ellos nunca vivirían como él?

La respuesta es simple: no existiría uno de los mejores escritores de ciencia ficción.

Aunque a Bradbury no le gustaba ese término: “La gente suele llamarme escritor de ciencia ficción, pero no creo que eso sea cierto. Me pienso como un mago capaz de aparecer y desaparecer cosas enfrente de ti sin que sepas cómo sucedió”.

Dos magos marcaron la vida de Ray: Blackstone the Magician, que recibió la ayuda de Ray para desaparecer un elefante, y Mr. Electrico, que lo tocó con una espada cargada de electricidad y le gritó: ¡Vive por siempre! Al día siguiente Ray regresó a Arizona y se dedicó a escribir de tiempo completo. Se convirtió en un mago. En el mejor mago.

Ray Bradbury, novelista, cuentista, poeta, ensayista y guionista, nació el 22 de agosto de 1920 en un pequeño pueblo de Illinois llamado Waukegan (que le servió de inspiración para muchas de sus novelas y cuentos) y murió el 5 de junio de 2012 en Los Ángeles, California. Tuvo la fortuna de tener siempre libros a la mano. En casa de los abuelos tenían Alicia en el país de las maravillas, El mago de Oz, Los cuentos de los hermanos Grimm… y en casa de su tío Bion, que vivía a una cuadra, encontró los libros de Edgar Rice Burroughs.

“Crecí leyendo y amando las tradicionales historias de fantasmas de Dickens, Lovecraft, Poe y, más tarde, Kuttner, Bloch y Clark Ashton Smith”.

Cuando Ray tenía ocho años pensó en ser escritor al ver las portadas maravillosas de Amazing y Wonder Stories. Eran tan mágicas y encantadoras que decidió algún día deslizarse entre ellas y nunca más salir. Así sucedió.

A partir de los doce años comenzó a escribir al menos mil palabras por día, pero tardó en descubrir su verdadero yo. “Tenía veintidós cuando una tarde al fin lo descubrí. Escribí el título “El lago” en la primera página de una historia que se terminó dos horas más tarde, sentado ante mi máquina en un porche, al sol, con lágrimas cayéndome de la nariz y el pelo de la nuca erizado. ¿Por qué el pelo de punta y la nariz chorreante? Me daba cuenta de que por fin había escrito un cuento realmente bueno. El primero en diez años. Y no sólo era un buen cuento sino una especie de híbrido, algo al borde de lo nuevo. No un cuento de fantasmas tradicional sino un cuento sobre el amor, el tiempo, el recuerdo y el ahogo”.

Weird Tales le dio muchas vueltas, pero lo publicó y le dieron veinte dólares.

Después empezó a hacer listas de títulos, “provocaciones, en última instancia, que hicieron aflorar mi mejor material”:

El lago, La noche, Los grillos, El barranco, El desván, El sótano, El escotillón, El bebé, La multitud, El tren nocturno, La sirena, La guadaña, La feria, El carrusel, El enano, El laberinto de espejos, El esqueleto, El prado, El arcón de los juguetes, El monstruo, Tiranosaurio Rex, El reloj del pueblo, El viejo, La vieja, El teléfono, Las aceras, El ataúd, La silla eléctrica, El mago…

Descubrió que sus viejos amores y miedos tenían que ver con circos y ferias.

“Empecé a recorrer las listas, elegir cada vez un nombre, y sentarme a escribir a propósito un largo ensayo-poema en prosa. En algún punto a mitad de la primera página, o quizás en la segunda, el poema en prosa se convertía en relato. Lo cual quiere decir que de pronto aparecía un personaje diciendo “¡Ése soy yo!”, o quizás “¡Esa idea me gusta!” Y luego el personaje acababa el cuento por mí”.

Así, cuando miró en la lista El esqueleto, recordó que de niño le gustaba dibujar esqueletos para espantar a sus primitas y su canción favorita era: No es ser infiel / quitarse la piel / y bailar en huesos. Después acudió al doctor por una leve molestia en la garganta. El doctor le dijo que simplemente había descubierto su laringe. Le recetó una aspirina y le cobró dos dólares. “¿Por qué no escribir el cuento de un hombre aterrorizado que descubre debajo de la piel, en la carne, escondido, un símbolo de todos los horrores góticos de la historia: un esqueleto?”

Empezó a juntar presión. Ahora las ideas venían más rápido, y todas de sus listas. “Subía a rondar por los desvanes de mis abuelos y bajaba a sus sótanos. Escuchaba las locomotoras de medianoche que aullaban por el paisaje del norte de Illinois, y era la muerte, un cortejo funeral que se llevaba a mis seres queridos a un cementerio lejano. Me acordé de las cinco de la mañana, de las llegadas del Ringling Borthers o el Barnum and Bailey en la madrugada y los animales desfilando antes del amanecer rumbo a los prados vacíos donde las grandes tiendas se alzarían como setas increíbles. Me acordé de Mr. Electrico y su silla eléctrica viajera. Me acordé de Blackstone the Magician, que jugaba con pañuelos y hacía desaparecer elefantes en el escenario de mi pueblo. Me acordé de mi abuelo, mi hermana y de varias tías y primas, para siempre en sus ataúdes, en camposantos donde las mariposas se posaban en las tumbas como flores y las flores volaban sobre las lápidas como mariposas. Me acordé de mi perro, perdido durante días, volviendo a casa una noche de invierno, muy tarde, con la pelambre llena de nieve, barro y hojas”.

Y de esos recuerdos ocultos en los nombres, perdidos en las listas, empezaron a estallar, a explotar las historias.

El recuerdo del perro y su pelambre invernal se convirtió en “El emisario”, un cuento sobre un niño, en cama, enfermo, que envía a su perro a que junte las estaciones en el cuerpo y vuelva a informarle. Pero una noche, el perro regresa acompañado de un viaje al cementerio…

La vieja se convirtió en “Había una anciana”, sobre una dama que se niega a morir y que desafiando, a la Muerte, exige a los enterradores que le devuelvan el cuerpo.

“La jarra” fue el resultado de entrar por equivocación a una exposición de feria donde vio un montón de fetos humanos y gatos y perros exhibidos en frascos con marbetes. “Me horrorizaron la mirada de esos muertos nonatos y los nuevos misterios de la vida que ellos metieron en mi cabeza esa noche y a lo largo de los años. Nunca les hablé a mis padres de los frascos y los fetos en formol. Había tropezado, sabía que era mejor no discutir ciertas verdades”.

Para “La multitud” recordó una conmoción terrible cuando, a los quince años, salió corriendo de la casa de un amigo para enfrentarse con un coche que se había llevado por delante una valla callejera y había salido disparado contra un poste de teléfono. El coche estaba partido por la mitad. Había dos muertos en el asfalto y una mujer murió justo cuando él llegaba. El accidente había ocurrido en una intersección flanqueada a un lado por fábricas vacías y un patio de escuela abandonado, y al otro por un cementerio. Sin embargo en un instante, al parecer, se había reunido una multitud. ¿De dónde había salido? “Con el tiempo sólo conseguí imaginar que algunos, extrañamente, habían salido de las fábricas vacías o, más extraño aún, del cementerio. Después de escribir apenas unos minutos se me ocurrió que sí, esa multitud era siempre la misma multitud que se reunía en todos los accidentes. Eran víctimas de accidentes de hacía años, destinadas fatalmente a volver y rondar los escenarios de accidentes nuevos”.

“El enano” surgió cuando paseaba con sus amigos Leigh Brackett y Edmond Hamilton en un laberinto de espejos del viejo muelle de Venice. Ed dijo: “Larguémonos de aquí antes de que Ray escriba un cuento sobre un enano que viene todas las noches a mirarse en un espejo que lo alarga”.

El bebé de la lista era él, claro. Recordó una vieja pesadilla sobre nacer: “Me recordé en la cuna, con tres días de edad, aullando por la experiencia de haber sido empujado al mundo: la presión, el frío, el chillido vital. Recordé el seno de mi madre. Recordé al médico, a mi cuarto día de vida, inclinándose hacia mí con un escalpelo para llevar a cabo la circuncisión. Recordé, recordé”. Cambió el título de “El bebé” por “El pequeño asesino”, que ha sido antologado docenas de veces.

¿Acaso Ray Bradbury escribió relatos basados en todos los títulos de su lista? En absoluto. Pero sí de la mayoría. El resultado fue el libro de cuentos Dark Carnival, publicado en 1947 por Arkham House, la legendaria editorial que fundaron August Darleth y Donald Wandrei.

Después, Bradbury seleccionó, ordenó y en algunos casos re-escribió sus cuentos preferidos entre sus primeros trabajos, dando lugar a El país de octubre… El país donde siempre está haciéndose tarde, donde las colinas son niebla y los ríos neblina, donde el mediodía pasa rápidamente, donde se desmoronan la oscuridad y el crepúsculo y la medianoche no se mueve. El país que es principalmente sótanos, carboneras, armarios, altillos y despensas alejadas del sol, el país que habitan personas de otoño que sólo tienen pensamientos otoñales, personas que pasan por las aceras desiertas con un sonido de lluvia…

Ricado Bernal y Doris Camarena señalan: “En Dark Carnival ya es posible identificar el estilo acabado del Bradbury posterior, con el que pronto alcanzaría la fama internacional y el reconocimiento del público más diverso. En estas mismas narraciones inaugurales, donde se percibe un autor fuertemente atraído por lo macabro, también es ya evidente su nostálgica visión del Estados Unidos de los años veinte. Tal pareciera que a Bradbury la placidez de su infancia pueblerina le obligase a volver los ojos una y otra vez hacia el pasado, hacia un tiempo en que, dejada atrás la oscura etapa de la primera guerra mundial, los estadounidenses, deslumbrados por la intensa luz del Hollywood de oro, intentaban retomar su sueño americano. Los primeros cuentos de Bradbury suelen evocar esas imágenes idílicas que surgieron de pantallas en blanco y negro. El escenario bradburiano resulta tan exento de sordidez como las legendarias ilustraciones de Norman Rockwell. La diferencia entre el dulzón panorama de los cuadros de Rockwell y el de los cuentos de Bradbury es que en la narrativa de éste último se cuela insistentemente lo siniestro”.

«La sirena», por The mountain with teeth.

El país de octubre son muchos lugares: un pueblo pintoresco mexicano donde la muerte es una atracción turística, una ciudad debajo de la ciudad donde los amantes ahogados se reúnen en silencio, una feria donde un enano cumple sus fantasías noche tras noche, donde las jarras guardan memorias y pesadillas, donde un recién nacido planea la muerte de su madre, donde un esqueleto le declara la guerra a sí mismo…

Los habitantes de El país de octubre viven, sueñan, trabajan, mueren y, en algunas ocasiones, vuelven a vivir descubriendo, a veces demasiado tarde, el alto costo de la ciudadanía.

El país de octubre es una tierra de metáforas donde el viento de medianoche eleva al lector por encima de la Tierra dormida en las extrañas alas del tío Einar.

Estas maravillosas historias, y las que vendrían después (más de 500 textos publicados), no hubieran sido posibles sin la ayuda de Maggie Bradbury (1922-2003). Ella sostuvo la carrera de Ray a finales de los cuarenta. Se levantaba a las 7:30 de la mañana y atravesaba todo Los Ángeles para ir a trabajar en una época donde estaba mal visto que la mujer lo hiciera.

Henry Kuttner, novelista, cuentista de terror y ciencia ficción y maestro de Ray, le dio un ejemplar de Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson. Al terminar el libro, Ray se dijo: “Un día quisiera escribir una novela con gente parecida, pero que suceda en Marte”. Hizo una lista con la clase de tipos que le gustaría plantar en Marte y unos años después ya tenía una serie de cuentos sobre el planeta rojo: Crónicas marcianas, del que Jorge Luis Borges señaló en el prólogo de la edición en español: “¿Cómo pueden tocarme esas fantasías y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo fantástico o a lo real, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street”.

Pero eso es otra historia.

Bradbury fue galardonado con la Medalla por Contribución Distinguida a las Letras Americanas de The National Book Foundation en el 2000 y con la Medalla Nacional en Artes en el 2004. Ganó los premios O. Henry Memorial Award, Benjamin Franklin Award, World Fantasy Award for Lifetime Achievement, Grand Master Award from the Science Fiction Writers of America, PEN Center USA West Lifetime Achievement Award, entre otros.

“Todas las mañanas salto de la cama y piso una mina. La mina soy yo. Después de la explosión, me paso el resto del día juntando los pedazos. Ahora les toca a ustedes. ¡Salten!”

A 101 años de su nacimiento, te invito al descubrimiento o re-lectura de este gran autor. Sobre todo de El país de octubre, una obra entrañable que nos muestra la esencia del Bradbury que años después todos reconocerían por obras como El hombre ilustrado, Crónicas marcianas y Fahrenheit 451.

Ray Bradbury es un clásico que nunca pasará de moda y que las nuevas generaciones, después de leerlo, gritarán a todo pulmón lo mismo que Rachel Bloom: Fuck me, Ray Bradbury!

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Miguel Antonio Lupián Soto

Ex alumno de la Universidad de Miskatonic,

feligrés de la iglesia Cthulhiana

y devoto de San Lemmy.

mortinatos.blogspot.mx

@mortinatos

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