ENTREVISTA A ALFONSO OREJEL

destello y bruma en un escritor mexicano

 

Eduardo Hennings

 

Alfonso Orejel Soria (Los Mochis, Sinaloa, 1961) es un escritor, poeta y promotor de la lectura. Su carrera literaria está repleta de poemarios, novelas y libros de cuentos tanto para niños y adolescentes como para adultos. Maestro del horror y del quehacer literario en sí, nos cedió amablemente una entrevista.

Hemos hablado de su carrera y de las variadas vías que camina en este nuestro mundillo literario; nos ha hablado del modo en que comprende él su trabajo y sus objetivos. Un par de anécdotas, una confesión, ciertas menciones clave y más bajo estas preguntas.

Alfonso Orejel

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Su poesía es, entre tantas cosas, intimista y cálida. En su literatura convive esto con una de las narrativas de terror más presentes en México actualmente. ¿Cómo se explica esta polaridad en su arte?

El escritor es como el actor: debe meterse en el pellejo de sus personajes. Mis historias, mis temas y mis modos de entrarle son diversos; esto no debe significar una dificultad. Tengo que enfocarme en el autor que soy cuando estoy frente a tal o cual obra, frente a lo que me planteo escribir.

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El poeta es quizás el artista más indicado para tocar el arte y a las personas. ¿Cree usted que algunas de sus facultades de poeta influyan mucho a la hora de crear historias desde la prosa?

Influye, por supuesto, mi personalidad como poeta, pues reconozco cuándo debo emplear alguna pincelada poética para reforzar ideas o dar mayor nitidez a las imágenes. Aparte, los géneros literarios en los que me muevo tienen líneas convergentes, puentes que los comunican entre sí.

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Es muy conocido por dirigir buena parte de su trabajo a los niños. ¿Cuál cree que sea la importancia de acercar esta literatura a ellos?

Personalmente busco ampliar la posibilidad de que se sientan cautivados por buenos autores y buenas historias, libros que ofrezcan algo diferente; promover este arte a temprana edad es intentar compartirles el espejo que es la literatura, uno al cual asomarse y que les permita ver su propio rostro. Este es un medio que les permite conocerse mejor, explorar sus propios abismos, sus angustias, sus miedos y frustraciones, pero también sus esperanzas, sus deseos, sus pasiones y sus afectos. Con mi trabajo trato de formar un buen gusto lector y miradas críticas.

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Como cuentista y difusor de la lectura habrá recibido apreciados frutos. ¿Cuál es su motor particular y qué experiencia que lo haya marcado en esta labor puede compartirnos?

Los niños se identifican con los personajes y tratan de representarlos; en algunos salones han pegado pósters grandes de mis libros. He ido a muchas escuelas a presentar mis libros; tengo muchas pequeñas dosis de felicidad gracias a ello. Una vez, una niña que había leído un libro de terror mío, me dijo que había leído un cuento llamado “Envidia”, y que ese cuento le permitió respirar tranquila porque pensaba que ella era la única persona que tenía unos padres conflictivos que siempre estaban peleando y que ese libro le dejó ver que no era la única persona triste y abatida.

En otra ocasión, unas niñas, cuando presenté El árbol de las muñecas tristes, se me pararon en frente y, mientras firmaba un libro, me enfrentaron: “Oiga, queremos que nos meta en un cuento”. Yo las miré de pies a cabeza y les dije: “Está bien, pero las voy a matar”. Entonces ambas chocaron las manos, diciendo: “Oh, excelente”, y chocaron también mi mano. Se fueron felices.

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Las historias de la pantalla grande también son sucesos imborrables para quienes amamos las historias. ¿Cuáles son las influencias cinematográficas que lo han formado como autor de horror?

Como cinéfilo hay muchas películas que me han formado. Una de las primeras películas que vi y me gustó mucho fue La maldición de la mosca (1965, Don Sharp y Brian Donlevy). La vi en el cine de mi ciudad. Me encantaron las de Hitchcock, como Psicosis (1961), Vértigo (1958), Los pájaros (1963). También quedé fascinado con películas que ahora son clásicos, como El bebé de Rosemary (1968 Polanski), El resplandor (1980, Kubrick) y El exorcista (1973, William Friedkin). Esta última película se estrenó cuando yo no rebasaba aún ni siquiera los trece años, así que me metí de trampa al cine porque era de alta clasificación. En cuanto a las nuevas, Los otros (2001, Amenábar) y Midsommar (2019, Ari Aster), entre otras. Hay muchas películas que me han marcado de alguna u otra manera, y algo de ellas recae en mi escritura.

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Hay, en todos los ámbitos de su trabajo artístico y formativo una trascendencia claramente consciente. A fin de concluir esta entrevista, díganos, ¿hasta qué punto la ficción, para Alfonso Orejel, sirve para criticar la realidad? Y, por otro lado, ¿cuánto usa el horror como fuente de introspección?

Yo, por medio de mi literatura, estoy siempre haciendo una crítica de la realidad, de aquello que a mi ver es infame, repulsivo, autoritario, abusivo; una crítica de lo que coarta la libertad de los individuos, de lo represivo. Yo siempre estoy impugnando, desde el mundo de los niños, a ese mundo violento de los adultos. Los temas de mis historias están marcados por los rasgos que distinguen a estos dos mundos. El crimen, la injusticia, la impunidad y la ceguera ideológica nunca dejarán de ser males de los cuales hablar.

A su vez, en mi horror no uso solo los monstruos usuales, los del exterior, sino también visibilizo a los monstruos interiores, a los del corazón, como lo son el rencor, la venganza, la mezquindad, etcétera. Estos también nos provocan hacer cosas inimaginables, nos vuelven violentos, nos empujan a cometer actos violentos. Pretendo enfrentar al horror que viene desde nuestro propio interior.

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Eduardo Hennings es un estudiante de Letras Hispánicas en la UANL. Escribe narrativa, poesía e incursiona en la crítica de cine.

Ha sido publicado en antologías físicas en México y Argentina; también ha colaborado en revistas tanto digitales como físicas (LIJ Ibero y Revista Icónica, entre otras).

Fue editor de la Revista Latinoamericana de ciencia ficción Espejo humeante y participó en la redacción y difusión del 17° Festival Internacional de Cinematografía de Monterrey.

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