EROSIÓN

Meryvid Pérez

MÉXICO

 

El mar. Su boca. La boca del mar absorbe la espuma, la retiene, la escupe. Quien delimita el fin del océano es la espuma. Donde ella acaba no hay más agua, por eso el mar se enfurece y quiere tragarla.

Esta tarde, con su blancura, es como una nube espesa proclamante de la lluvia que llegará con estruendo.

Quizá muchas gaviotas queden ciegas hoy. Antes que la sal del mar les quite la vista podría hacerlo el cielo. Me imagino el evento: explosión de cuerpos en el agua. Aves cayendo, chillando y el cielo ahí con su promesa de lluvia.

I

Estoy bajo la sombra de una palmera, mis piernas están desnudas y cubiertas de arena. A mi lado hay papel, tizas y un libro.

Cierro los ojos. Escucho al canto de gaviotas perderse a lo lejos. Los abro, ahora las aves son como islas en el viento.

Huelo la sal.

                                     Veo a los peces.

                                                                                     Sé a qué sabe la espuma.

Hay una lancha varada en la orilla. Si fuera mía se llamaría Coral. Me imagino el nombre escrito con tinta negra en sus costados. La conduciría en línea recta hasta donde el mar es oscuro y dibujaría lo que viera. En cada dibujo habría un azul diferente.

El azul del mar nunca es el mismo.

Cuando la boca del mar grita me anuncia que esto es un sueño. El mismo en el que espero a alguien, al que se asoma cuando el sol se hunde entre los barcos. Justo como ahora.

Ya viene. Camina descalzo con la mirada en los pies. Se acerca. No me ve, pero no ignora mi presencia.

Saco papel y tizas para retratarlo mientras se detiene frente al mar por horas. Parecen horas.

Nunca hemos hablado ni intercambiado miradas, somos mudos acompañantes en las tardes del puerto.

Y así siempre.

En mis dibujos los tonos del mar y la tarde cambian como cambia el día del sueño.

II

Estoy bajo la sombra de una palmera. Mis piernas están desnudas y cubiertas de arena. A mi lado tengo el mismo papel, las mismas tizas, diferente libro.

Hoy al puerto le falta ruido, no hay gaviotas y el grito del mar se convirtió murmullo.

Hay un sol que resplandece alto,

                                          hay sargazo tendido

                                                                 y conchas fuera y dentro del mar.

La boca del mar murmura y llega el alguien que siempre llega, quien nunca cambia, aunque cambie el día del sueño.

Se asoma con la piel brillante y paso suave. Le miro acercarse, pero de pronto, rasgando la quietud del puerto, un remolino de arena se apropia de él y le lleva su rostro.

Corro. Intento atrapar las partículas de cara perdidas en la arena. Lloro. Los componentes de su cara se vuelven polvo que resbala entre mis dedos.

Es impredecible el surgimiento

del amor,

sobre todo en los sueños.

El alguien está erguido frente a mí como a la espera. Entre el cabello rizo y la barba de filos dorados, ya no hay ojos, ni boca, ni nariz.

Intento besar ese espacio liso donde faltan los labios, pero tan pronto como decido hacerlo, el viento desvanece su figura.

Tomo el papel y tizas, y rayo en la hoja el polvo ocre que se marcha con el viento, esperando que su erosión sea solamente un sueño dentro del sueño.

****

 

Meryvid Pérez (Mérida, Yucatán, 1998)

Estudia la Licenciatura en Literatura Latinoamericana en la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY).

Es egresada del Centro Estatal de Bellas Artes en el área de Creación Literaria en Lengua Española.

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