NACIDO DE ESTRELLAS MUERTAS

breve historia natural del monstruo

I

 

Aglaia Berlutti

 

 

El monstruo es quizás el reflejo más fidedigno del pensamiento humano a través de las épocas. Con múltiples rostros disímiles y, sobre todo, el poder de transformarse a medida que el concepto del bien y el mal evoluciona, el monstruo es el símbolo imperecedero de la oscuridad en el espíritu colectivo.

Usted es un monstruo aunque no lo sepa, lo admita o llegue a sospecharlo en realidad. Se trata de una idea escalofriante, la misma que sostiene a la obsesión popular por los asesinos en serie y el morboso interés por los crímenes que todos sentimos alguna que otra vez. El escritor David Roas insiste que “el monstruo encarna la transgresión, el desorden. Su existencia subvierte los límites que determinan lo que resulta aceptable desde un punto de vista físico, biológico e incluso moral”. Para Roas, la cualidad monstruosa es una visión sobre la capacidad del hombre para comprenderse a sí mismo, su moralidad y la existencia misma de la razón, por lo cual el escritor concluye que siempre implica “su inevitable relación con el miedo. Porque una de las esenciales funciones del monstruo es encarnar nuestro miedo a la muerte (y a los seres que transgreden el tabú de la muerte, como ocurre con el vampiro, el fantasma, el zombi y otros revenants), a lo desconocido, al depredador, a lo materialmente espantoso… Pero, al mismo tiempo, el monstruo nos pone en contacto con el lado oscuro del ser humano al reflejar nuestros deseos más ocultos”.

Todas las máscaras del monstruo

Para la mayoría de las culturas, la muerte es el miedo originario, el que engendra el resto de los terrores y sostiene la incertidumbre. No es casual, por tanto, que los primeros monstruos de los anales de la historia sean inmortales. Los vampiros, por ejemplo, metaforizan el temor del hombre hacia lo que ocurre después de la muerte. Desde las misteriosas mujeres vampiro egipcias, que robaban a bebés recién nacidos para beber su sangre y condenarlos al castigo eterno —los llamados Gules—, hasta las larvae y las Lamia griegas, la figura del monstruo bebedor de sangre es común en todas las épocas. Casi siempre relacionado con el inframundo o la oscuridad, se les describe como asesinos y también como la maldad con rostro humano. No sorprende, por tanto, que la mitología del vampiro se extendiera en épocas especialmente aterradoras y, sobre todo, en lugares donde el temor a la muerte forma parte de la cultura.

«Vampire», por Edvard Munch

Los monstruos y terrores que azotan al hombre evolucionan a medida que avanza esa concepción nueva y siempre cambiante de lo que es el mal, más allá de su percepción como hecho cultural. Los primeros vampiros eslavos eran poco menos que cadáveres renacidos de la tierra, tal y como lo imaginaban los pueblos que debían luchar contra plagas y pestes violentas. Después, las narraciones se harían más elaborados: en el año 1816 el escritor John William Polidori imaginó por primera vez al vampiro como un aristócrata espectral en su novela El vampiro, todo un paso que transformó el rostro de la maldad de la época en otra cosa. Décadas después, Sheridan Le Fanu imaginó en Carmilla (1872) un tipo de vampiro sofisticado y casi sensual, que rompió por completo con la imagen canónica del vampiro europeo. Finalmente, Bram Stoker elaboró el retrato del monstruo inmortal por excelencia en Drácula (1897), que se mantendría casi invariable hasta nuestros días. Para nuestra época, el eterno bebedor de sangre se transforma en la conciencia maldita de nuestros pesares existencialistas en el libro Entrevista con el vampiro de Anne Rice y también en El ansia (1983) de Whitley Strieber, en cuya historia el vampiro emerge con un rostro ambiguo, torpe y dolorido por los pesares de la ambigüedad de nuestra época. Ya la inmortalidad no es un don que pueda brindarse, sino que se ambiciona y, al final, condena a un horror inimaginable. El espíritu roto dentro de la carne atada al mundo de las cosas vulgares.

Por supuesto, la evolución de la monstruosidad también debatió una idea central: el mal no es una condición para el monstruo. También hay monstruos víctimas (como la criatura de Frankenstein imaginada por Mary Shelley, cuya condición marginal no le priva de la sensibilidad) o como lo concibió David Lynch en su ya clásica película El hombre elefante (1980). Basada de manera libre en la vida de Joseph Carey Merrick (un hombre deforme que fue mostrado como fenómeno de feria durante buena parte de su vida), la noción sobre lo monstruoso de Lynch está más vinculada al rechazo que a la emoción del miedo, un concepto curiosamente emparentado con la mirada curiosa y cruel de la Inglaterra del siglo XIX sobre los dolores y enfermedades. Para Lynch, Merrick no sólo es un monstruo por el mito que le rodea sino por el hecho de reflejar una de las obsesiones más antiguas del positivismo: el sentido de lo diferente y lo inexplicable. Con toda su carga alegórica e incluso de historia edificante y melancólica, la vida de Merrick pareció resumir toda la morbosidad de una época obsesionada por las rarezas, algo que la película reflejó por completo.

Merrick

El monstruo y la disolución final: la tierra llama a sus hijos

El zombi es quizá la encarnación más terrorífica del terror a la muerte. Se trata del tipo de inmortalidad parcial que, a diferencia de la del vampiro, no tiene su origen en la permanencia de la mente humana sino en lo más caótico de la naturaleza del hombre. El tipo de inmortalidad que representa el zombi tiene mucho más parecido a una maldición que a otra cosa. Grotesca y repugnante, provoca desazón y conmiseración por el hecho de que en realidad no representa el triunfo de la consciencia humana sobre su desaparición física sino la muerte misma. “La nada”, más allá de la oscuridad de la que debatía George Orwell, esa obscena supervivencia de lo primitivo sobre la razón, por no hablar de la carne descomponiéndose, el olor de lo realidad física de un cadáver, el mismo hecho que no representen otra cosa que destrucción.

La palabra zombi resume una amplia tradición mágica de un buen número de países caribeños, sobre todo de Haití, donde la denominación describe no sólo una percepción específica sobre las costumbres locales sino un ritual de paso considerado como parte nuclear de las creencias locales. Según distintas fuentes, el origen de la creencia sobre rituales mágicos capaces de revivir a los muertos fueron traídas por los esclavos africanos llevados a la isla en la época colonial. Una percepción que abarca no sólo la idea de la magia relacionada con la tierra y la carne que se corrompe como una forma de maldición —creencia compartida por varios pueblos africanos— sino como la posibilidad de traer —crear— vida a partir de la muerte misma.

Los primeros registros sobre zombis en el que se utiliza la palabra según la connotación de “muerto en vida” se remontan a la segunda década del siglo XX. En 1929 se publica el libro La isla mágica, en la que el autor William Seabrook describía con detalle a “cadáveres esclavos” sometidos a la voluntad de brujos y hechiceros en los campos de azúcar haitianos. Las narraciones del autor provocaron que un buen número de escritores y aventureros viajaran al Caribe para comprobar con sus propios ojos el fenómeno. Éste coincidía no sólo con una gran depresión económica mundial (que cercenó la esperanza y el progreso en buena parte de Occidente) sino con los tensos años “entre guerras”, en los que los recuerdos de las atrocidades de lo sufrido en campos de batallas europeos aún estaban muy frescos. De modo que la percepción del zombi como un monstruo —mitad engendro maléfico, mitad alegoría sobre la incapacidad del hombre para sobrevivir a la muerte física— había capturado la imaginación de Europa en el mismo momento en que el continente entero se debatía acerca del sentido de la existencia desde una percepción fatalista y turbia.

Concluirá…

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

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