TODOS ESTAMOS UN POCO TOCADOS

Edna Montes

Existe una palabra para definir el momento en que fantasía y realidad se mezclan: locura.

Laia Soler

 

Despierto de golpe. El corazón latiendo a mil por hora y la respiración agitada, trato de calmarme,  sólo fue un terror nocturno. Miro fijo la pared, entre desconcertada y molesta. Son las tres de la mañana. La madrugada es fresca, pero salir de mi cama, andar por el departamento y beber agua son mejores opciones que permanecer en ella hasta que el color de la pared o el patrón de las sábanas me vuelvan loca. El vecindario está milagrosamente callado de no ser por el viento que silba y se cuela entre las pequeñas grietas de puertas y ventanas. Una escena gótica de la vida real.

The Nightmare (Henry Fuseli, 1781).

Las casas embrujadas con sus fantasmas son amigos íntimos de la locura en el terror de la época por una buena razón. Un lector del género sabe casi por instinto que hay una zona gris entre los hechos sobrenaturales y la cordura de quien los relata. ¿Es Hill House tan terrible o Eleonor está fuera de control? ¿Los fantasmas que atormentan a la Institutriz de Otra vuelta de tuerca existen sólo en su mente? No hay una respuesta correcta o errada, el lector puede sacar cualquier conclusión y estar, de cierta forma, en lo correcto.

En la antigüedad, las enfermedades mentales se consideraban padecimientos «espirituales» y su origen místico podía ir desde un maleficio hasta una posesión demoniaca o un castigo divino. Era un terreno incomprensible, casi como el trato inhumano que padecían los enfermos. Tendría que llegar la década de los 1840 para que la comunidad médica considerara la locura como algo físico, una enfermedad que involucraba el cerebro. Claro, todo avance es limitado, y la idea machista de que los hombres eran mentalmente más estables que las mujeres no se abatió a la luz de la nueva tecnología; incluso se reforzó y perdura hasta nuestros días (pero esa es otra historia).

The Surgeon or The Extraction of the Stone of Madness (Hemessen, 1550).

El gran problema de la locura es que convierte al paciente en un narrador poco confiable en su propia vida.  Uno mismo no puede determinar si está cuerdo o no, el sello de aprobación viene siempre de fuentes externas: la familia, un médico, etc. A veces, como en la obra Gaslight de Patrick Hamilton, se trata de hacer pasar por loco a un cónyuge o familiar «incómodo» en persecución de objetivos moralmente dudosos. Otras tantas ocasiones, muchas, se trata sólo de «poner en su sitio» a una mujer demasiado vivaz para el estándar de la época.

Además, para los cánones de la literatura gótica, la locura ya no es una aflicción espontánea o diabólica como lo era en el medioevo. Es una especie de pendiente por la cual el raciocinio resbala lentamente hasta perderse. La señora Rochester de Jane Eyre no siempre estuvo loca por mucho que el texto mencione que tal deterioro mental era de esperarse por los antecedentes de enfermedad mental en su familia.

Otro gran ejemplo se presenta en  «El tapiz amarillo» de Charlotte Perkins Gilman, donde la protagonista sucumbe a la demencia cuando se le prescribe la famosa cura de «reposo».  La terapia, creada por el médico americano Silas Weir, consistía en reposo absoluto en cama y una alimentación de engorda. El tratamiento se usaba lo mismo para mujeres deprimidas, nerviosas o aquellas que necesitaban ser «disciplinadas». La misma Gilman recibió el tratamiento: su terrible experiencia la llevó a escribir el relato para dar voz a las mujeres sometidas a una terapia atroz.

Mi tío solía decir que todos estamos algo tocados por la locura. La idea siempre me pareció un tanto poética, como si tuviera más que ver con un regalo divino que con una falla en la misteriosa química cerebral. Desde luego, los padecimientos mentales no tienen nada de coolni glamorosos y no deben ser romantizados. Aun así, quienes vivimos con ellos, tratamos de entenderlos, como si hubiera alguna manera de aprehenderlos y comprender así las formas en que impactan nuestra visión del mundo. Tenemos que hablar de romantización porque es justamente en la era victoriana cuando el estereotipo de la «loca del ático» revierte la tendencia de la etérea dama melancólica, cual Ophelia shakesperiana.

Ophelia (John Everett Millais, 1851).

El miedo a la locura siempre ha existido, pero las historias reales sobre asilos victorianos y las novelas de la era lo refinaron. Si ahora nos quita el sueño que un primigenio lovecraftiano nos arrebate la razón es porque la empatía que desarrollamos con aquella «loca del ático» nos recuerda que podríamos ser nosotros quienes estuviéramos en su lugar. Aquellas historias nos aterran porque nos obligan a ser conscientes de que el descenso a ese estado es relativamente sencillo y no siempre depende de nosotros.

Mariana Enríquez dijo alguna vez que las historias de mansiones embrujadas nos aterran porque es justo en casa donde nos sentimos más seguros. Creo que antes que en un edificio, habitamos en nuestra mente. Se trata del hogar primordial y no hay nada tan terrible como saberlo invadido sin posibilidad de recuperación.

Mariana Enriquez (imagen de Sebastián Freire).

Quizá mi tío tenía algo de razón: todos estamos algo tocados por la locura y el miedo, es justo por eso que la ficción logra conectar con nosotros, llega con precisión a esas partes terribles y procura un alivio casi místico basado en la certeza de que no somos las únicas víctimas de tales males; que podemos mantener la cordura, sobrevivir a cada horror cotidiano; reclamar nuestro hogar para nosotros mismos a cada momento.

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AQUÍ para más información sobre la terapia de reposo: «Women and Madness in the 19th Century» de Elísabet Rakel Sigurðardóttir (en inglés).

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Edna “Scarlett” Montes
Lectora, escritora y friki irredenta. Egresada de Miskatonic con tarjeta de cliente frecuente en Arkham. Tiene tantos fandoms que ya hasta perdió la cuenta. Divaga mientras espera que Cthulhu despierte de su sueño en R’lyeh o al fin le entreguen su TARDIS; lo que ocurra primero.

@Edna_Montes

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