WEAPONS Y LAS ALEGORÍAS DE LAS ARMAS
Juan Manuel Díaz
El terror siempre ha funcionado como mecanismo catártico y de confrontación sobre las tensiones sociales. En mi opinión, una película nunca es sólo una película, funciona, en realidad, como un testamento de la sociedad y los tiempos que la produjeron. En general, debo decir, el arte es más una producción social, una imagen que retrata a la sociedad que lo produce, que un mero ornamento. Inclusive, la pretensión misma de hacer pasar al arte como ornamento vacío de contenido político y social, en mi opinión, es una postulación política sobre el arte, la vida y la sociedad. No importa, en realidad, si la colectividad —ya sea la sociedad o el grupo de creadoras que producen una película— sean consciente de los propios entramados de la imagen filmográfica. Una cinta no es irreductible a la mera intensión de sus autoras ni se agota su interpretación en un significado único, como objeto estético, y aquí me refiero a estética en el sentido kantiano, en donde dicho campo se refiere al ámbito de estudio de las percepciones, emociones y sensibilidades del sujeto y, por lo tanto, de una sociedad. No es el mero estudio de la belleza; otra, sin dudas, pretensión que busca despolitizar al arte.
Después de esta larga introducción sobre las presuposiciones de las cuales parto para pensar en el cine y, en general, en el arte, propongo, como ya lo decía, que el terror cumple una doble función en el espectador: una catarsis, pero también una confrontación. Libera, al mismo tiempo, las tensiones producidas por las contradicciones sociales en las que está inmerso el espectador, pero, además, dicha catarsis nace de la confrontación que la cinta de terror presenta a su audiencia. Dicho de otro modo, el terror muestra imágenes violentas que incomodan, pero en esa incomodidad liberamos tensión. La cuestión aquí es que hay de terror a terror, es decir, hay terror que no llama a la denuncia y se queda en la mera liberación de tensiones pulsionales. Algo así como un paliativo para seguir sosteniendo la explotación capitalista.
Sin embargo, hay otro terror que ha estado surgiendo en Estados Unidos. Un terror que nace de las propias condiciones materiales provocadas por el colapso del imperio estadounidense. Y es que, desde mi punto de vista, la sola llegada de Trump a la presidencia y el discurso de extrema derecha que se revela como hegemónico en ese país es una demostración del colapso del hegemón. Vivimos una época dorada del nuevo terror: desde las obras de arraigadas en el folk horror de Ari Aster, pasando por las cintas sui generis de Jordan Peele con un profundo comentario racial, las cintas de Oz Perkins y el director cuya película comentaré: Zach Cregger y su cinta Weapons (2025).
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En Latinoamérica la cinta se llamó La hora de la desaparición, y la premisa es sencilla: un grupo de niñxs desaparece a las 2:17 de la mañana. En realidad no desaparecen, sino que salen corriendo de sus casas para perderse entre las calles del pueblo. Sólo un niño permanece en su hogar y es el punto de anclaje dramático. La cinta opta por una narrativa fragmentada en la que seguimos a diferentes personajes para ir reconstruyendo lo que pasó antes, durante y después de la desaparición. La historia muestra el impacto que lo ocurrido tiene en la maestra, en el niño (bien podríamos llamarle el único sobreviviente), en un padre, en un policía y un joven adicto. Así es como vamos recorriendo la vida del pueblo a través de personajes claves. Vemos el retrato de la vida suburbana en lo que parece ser un pueblo típico estadounidense.
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Hasta aquí parece ser una típica película de terrero. Es común el tropo del pueblo tranquilo que esconde una pesadilla, desde Salem’s Lot, pasando por IT y Hereditary. Inclusive se le ha llamado como el género del “gótico suburbano” para referirse a estas narrativas, las cuales, sin duda, uno de sus mejores exponentes es Stephen King. Siguiendo la tradición, algo oculto se encuentra en el pueblo. Aunque no sigue las reglas del gótico suburbano. La convención de este último es que el elemento generador de terror es un elemento antiguo que, en muchas ocasiones, precede al pueblo; ya es parte integral del pueblo. Aquí no es el caso. No revelaré la fuente del terror y la causa de la desaparición, pero el fondo simbólico, si bien no narrativo, se encuentra en un plano. En dicha secuencia el padre de un niño que desapareció tiene un sueño y, en la condición onírica, observa que aparece sobre una casa la imagen de un rifle de asalto; al poco tiempo, el arma se disuelve en nubes nocturnas.
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Esta es la secuencia que le da sentido a la alegoría. El nombre mismo de la película resuelve el misterio: Weapons, en español Armas. Muchas veces se olvidan de que la primera clave para abrir el sentido simbólico de una obra de arte es el título mismo. No digo que esta cinta lo sea, pero el cine pertenece al reino de los productos estético-culturales, dentro de los cuales se cuenta el arte en su conjunto. Pues bien, el punto es que la alegoría es la siguiente: toma la anécdota sobrenatural para hablar de un drama profundamente estadounidense, un tiroteo en una escuela. Se puede pensar que es la misma exploración sobre estrés postraumático generado por la desaparición de toda una clase de primaria, ya sea en clave realista o en clave de cine de terror. Zach Cregger está convirtiendo la desaparición sobrenatural en una desaparición causada por un tiroteo escolar. Se puede usar el mismo recurso de las narraciones fragmentadas para observar la manera en que la tragedia afecta a las personas circundantes, incluida la culpa del sobreviviente. Me parece que es claro cuando Archer (Josh Brolin, quien interpreta al padre que busca a su hijo) lo dice cuando se refiere a un personaje que ataca a otro: “It’s like as if someone weaponized him”, en español: “es como si alguien lo convirtiera en un arma” (1). Y es que cuando una infancia se encuentra con un arma, ella misma se vuelve un arma. El crimen de los tiroteos no solamente es que les roben las vidas a niños y niñas al ser asesinadxs, el propio asesino es víctima de la violencia de las armas. Aunque viva, deja de ser un niño.
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Aquí me parece que se construye claramente la metáfora. No estamos ante un suceso paranormal. Mejor dicho, lo estamos en la superficie. A nivel anecdótico vemos la desaparición paranormal, pero de fondo una interpretación posible es la alegoría sobre el drama de los resultados de un tiroteo escolar. Algo que impacta a diario en Estados Unidos (2), pero que (y esto es mera conjetura mía —en realidad todo este comentario es una interpretación mía—) la politización de los debates alrededor del control de armas, en un clima político como el de Estados Unidos, termina porque sea más fácil la metaforización por medio del terror.
Para cerrar me gustaría defender la interpretación como acto necesariamente estético y en sí mismo como obra de arte. Como ya lo he dicho, no importa la intención original de las creadoras. Las pautas interpretativas están en forma de las secuencias de la cinta. Una interpretación —y más aún una crítica—, en tanto forma de arte, es un diálogo que se sostiene por medio de la materialidad de la obra. En este caso, de las imágenes. Esto es lo que hacemos en análisis cinematográfico. La construcción de la idea a partir de la imagen termina por crear una obra subsidiaria, mas no secundaría. De ahí el valor de la crítica como obra que expande las interpretaciones de otra. Yo mismo, como escritor de ficción y poesía, me he encontrado que personas encuentran interpretaciones diversas que nunca había pensado. Poco importa, su lectura de las cosas se sostiene, siempre y cuando esté vinculada a la materialidad de la obra, a lo que podemos observar.
Es de esta forma que la cinta de Weapons permite, a partir de sus imágenes, una interpretación de las alegorías sobre el estrés postraumático en las víctimas de un tiroteo escolar. En este sentido, se pone en diálogo en películas que tratan el tema como The Fallout (Megan Park, 2021), donde vemos a una jovencísima Jenna Ortega. Sin embargo, es más fácil habitar estas narrativas cuando se presentan de otra manera. Y en realidad, el terror actual viaja através de los comentarios sobre las alegorizaciones de temas difíciles. El propio Zach Cregger con Barbarian (2022), su primera cinta, menciona los horrores de la gentrificación. El ya mencionado Jordan Peele con Nope (2022), Get Out (2017) y Us (2019) menciona las tensiones raciales en el corazón de Estados Unidos. Alien: Romulus (Fede Álvarez, 2024) metaforiza con el body horror sobre el control del cuerpo de las mujeres, así como el terror de ser madre. En fin, todas estas alegorías las retomaré en subsecuentes entregas.
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(1) El verbo en inglés to weaponize no tiene una traducción exacta al español. Se refiere a usar algo como arma. Inclusive podríamos pensar en usar a una colectividad, a una persona o ser vivo como arma.
(2) Sólo en 2025 hubieron 309 tiroteos, dejando a 302 personas fallecidas.
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Juan Manuel Diaz de la Torre
Nací en la Ciudad de México un 11 de octubre de 1985.
Ese día fue viernes y debí nacer a las 6 de la mañana, pero llegué hasta las 8.
Tal vez por eso me gustan los viernes y dormir hasta tarde.
Soy escritor de poesía, cuento, novela y viñeta, aunque mi trabajo diurno es ser profesor e investigador.
En realidad, creo que mi chamba es comunicar: sin importar que sea una reflexión en forma de cuento, un análisis de una película o algún apunte sociológico, lo único que hago es comunicar.
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