LA INCOMODIDAD COMO FORMA DE BELLEZA LITERARIA
Paulina Arcos
Hay historias que después de leerlas se incrustan en nosotros como una astilla bajo la piel. Algo pequeño y punzante que persiste en nuestra memoria, incluso después de cerrar el libro.
La incomodidad, en este sentido, no es un error ni un exceso, sino la característica principal. Estos textos desencajan. No gritan, susurran en el lugar más sensible. Donde preferiríamos no mirar. Además, suelen romper el pacto implícito entre lector y relato: ese acuerdo silencioso que promete sentido, cierre, alivio.
En lugar de eso, ofrecen fisuras. Vacíos. Preguntas sin resolver. Y es justamente ahí donde emerge una forma distinta de belleza. No busca agradar, pretende afectar. No consuela, inquieta. No se entrega del todo, quebranta.
El lector avanza con una sensación imprecisa, como si estuviera entrando a una habitación donde todo parece normal, pero el aire pesa. Esa incomodidad no proviene de lo que el texto dice, sino de lo que evita decir. Y ahí radica su potencia estética.
La literatura incómoda entiende que el lenguaje no es transparente. Que las palabras no siempre nombran: a veces rodean, ocultan y fallan. Permiten que la grieta se vea, construyendo una belleza frágil, profundamente humana.
Un ejemplo de este tipo de relatos es “El chico sucio” de Mariana Enríquez; el que más me removió las entrañas de Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016). Aquí el horror no se apoya en lo sobrenatural sino en la mirada. El cuerpo marginal, la pobreza extrema y la fascinación que despierta en la autora generan un malestar ético profundo. El lector no sabe desde dónde mirar sin sentirse cómplice. Y creo que la belleza del cuento está en esa incomodidad moral que no ofrece redención.
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Porque lo inquietante no viene sólo de lo monstruoso, sino de lo cotidiano. Una casa que debería proteger y no lo hace. Un cuerpo que se deforma. Una familia que hiere en lugar de cuidar. La literatura que trabaja con estos materiales no busca el shock inmediato, sino una resonancia lenta, persistente.
En ese sentido, la incomodidad no se formula en frases cerradas, sino que se experimenta como una atmósfera. El lector no sale del texto con una enseñanza clara, sino con una sensación difícil de nombrar. Algo quedó descolocado. Y ese desajuste es, precisamente, la resonancia esperada.
Esta resistencia al cierre produce frustración, sí. Pero también produce espacio. Un espacio donde el lector continúa el texto fuera del libro, lo reescribe mentalmente, lo discute consigo mismo. La obra no termina en la última página. Se filtra en la vida, aparece de pronto en una conversación, en un recuerdo, en una sensación difícil de rastrear. Esa persistencia es una de las formas más profundas de belleza.
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Hay, además, una dimensión ética en la incomodidad literaria. No en el sentido de una moral explícita, sino en su negativa a simplificar. En su rechazo a ofrecer respuestas fáciles frente a experiencias complejas como el trauma, la violencia, el deseo, la pérdida. Al no embellecer el dolor ni convertirlo en espectáculo, estos textos respetan su opacidad. No lo explotan: lo rodean con cuidado, con ambigüedad, con silencios.
La incomodidad, entonces, no es crueldad. Es precisión. Tal vez por eso este tipo de literatura genera rechazo. Se le acusa de fría, de oscura y perturbadora. ¿Pero no hay algo profundamente sospechoso en una literatura que nunca incomoda, en textos que confirman lo que ya sabemos, que nos devuelven intactos?
La belleza incómoda no busca agradar a todos. Busca representar su forma de habitar el mundo. Leer estos textos es aceptar que la literatura no siempre viene a salvarnos. A veces viene a acompañarnos, a sentarse con nosotros en el malestar. A decir, sin decirlo del todo: esto también existe. Y quizás ahí, en ese reconocimiento incómodo, resida una de las formas más intensas de belleza que la literatura puede ofrecer.
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Esté será el tipo de textos (literatura liminal y especulativa: historias incómodas e inquietantes) que compartiré en mi columna “Letras Brutales”. Espero que te haya gustado esta nota y que me acompañes en la siguiente entrega para desmenuzar uno de mis cuentos favoritos.
También me puedes encontrar en mi blog personal: salidadeemergencia.link
¡Hasta la siguiente!
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AQUÍ puedes leer «El chico sucio».
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Mi nombre es Paulina Arcos, nací en la Ciudad de México en1990.
Actualmente radico en Toluca, Estado de México.
He publicado cuento y microficción en revistas digitales como Irradiación (cuento “Antojitos mexicanos”) y Enpoli (microficciones).
En septiembre de 2024, la editorial Rey de Ardillas publicó un fanzine del cuento “Rumores nocturnos”.
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