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EVANGELION

Y LA ARQUEOLOGÍA DE LA HIBRIDACIÓN

Juan Manuel Díaz

 

Cada época imagina el fin del mundo a su manera. La Edad Media lo soñó como el Apocalipsis de San Juan: trompetas, jinetes y un juicio divino que separaría a los elegidos de los condenados. El siglo XX, después de Hiroshima y Nagasaki, sustituyó la ira de Dios por la posibilidad de la aniquilación tecnológica. Japón, en particular, convirtió la destrucción en una de las imágenes centrales de su cultura visual. Desde Godzilla hasta Akira, pasando por el cine de Shōhei Imamura o Katsuhiro Ōtomo, el desastre dejó de ser un castigo moral para transformarse en una experiencia histórica.

En 1995 apareció Neon Genesis Evangelion, la serie de Hideaki Anno que terminó por redefinir el anime contemporáneo. Muchos espectadores la recuerdan por sus combates espectaculares, sus criaturas monstruosas o sus personajes atormentados. Sin embargo, Evangelion es algo más que una historia de mechas. Es un fósil cultural. Un vestigio arqueológico que conserva las huellas de un Japón que había comenzado a dudar de sí mismo.

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La serie surgió en un momento particularmente convulso. La burbuja económica japonesa había estallado a principios de la década, poniendo fin a la ilusión de prosperidad infinita que había acompañado al país desde la posguerra. En 1995 ocurrieron dos acontecimientos traumáticos: el terremoto de Kobe y el atentado con gas sarín perpetrado por la secta Aum Shinrikyō en el metro de Tokio. La sensación de seguridad tecnológica y social comenzó a resquebrajarse. La modernidad japonesa, que durante décadas había sido presentada como un modelo de eficiencia y orden, reveló sus grietas.

Hideaki Anno atravesaba, además, una profunda depresión. Ese estado emocional impregnó la serie y la convirtió en una obra extrañamente íntima. Pero reducir Evangelion a la autobiografía de su autor sería insuficiente. La angustia de Shinji Ikari no es únicamente la angustia de Anno, es la expresión de una generación que heredó un país tecnológicamente avanzado, pero espiritualmente desorientado.

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Hideaki Anno

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Lo primero que llama la atención en Evangelion es la abundancia de símbolos judeocristianos. Cruces gigantescas iluminan el cielo después de cada batalla. Los enemigos reciben el nombre de ángeles. Aparecen Adán, Eva, Lilith, la Lanza de Longinus y el Árbol de la Vida de la tradición cabalística. Para un espectador occidental, esos elementos parecen anunciar una compleja alegoría religiosa.

Sin embargo, el asunto es más interesante que una simple adaptación del cristianismo.

Los símbolos no viajan intactos. Cuando una imagen abandona la cultura que le dio origen, pierde parte de sus significados y adquiere otros nuevos. Una cruz en Europa arrastra dos mil años de teología, persecuciones, liturgia y memoria histórica. La misma cruz, colocada sobre el cielo de Tokio-3 en una serie japonesa de ciencia ficción, deja de ser exactamente la misma cruz. Se convierte en otra cosa.

A ese proceso podríamos llamarlo hibridación cultural. No se trata de una mezcla superficial de elementos exóticos, sino de una traducción simbólica. Toda traducción implica pérdidas, desplazamientos y descubrimientos. Además, pensando desde la articulación de los conceptos de hibridación cultural —como Nestor García Canclini, Jan Nederveen Pieterse, Homi K. Bhabha, Brian Stross, Stuart Hall y Edouard Glissant—, la hibridación sería no una forma de fenómeno de excepcionalidad sino un proceso básico de formación sociocultural. Es decir, no es un fenómeno únicamente que ocurre en las fronteras como se podría suponer sino la gestación misma al corazón dentro de la sociología y la construcción de los pueblos.

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Esto es lo que ocurre en Evangelion con el dialogo tripartita entre la tradición judeocristiana, el shintoismo japonés y el devenir hipertecnológico del capitalismo tardío. El cristianismo funciona como un enorme repertorio visual y narrativo que es reorganizado desde sensibilidades japonesas. La serie toma figuras de la tradición bíblica, pero las inserta en un universo donde también operan concepciones del mundo cercanas al shinto y al budismo esotérico. El resultado no es una síntesis armónica, sino una tensión permanente entre formas distintas de entender lo humano y lo divino. En la tradición cristiana, Dios y el ser humano permanecen separados por una distancia ontológica. La encarnación de Cristo es excepcional precisamente porque une dos naturalezas que normalmente no pueden confundirse. En el shinto, en cambio, lo sagrado atraviesa la naturaleza y puede manifestarse en montañas, ríos, árboles o antepasados. La frontera entre lo humano y lo divino es mucho más porosa.

Los EVA encarnan esa ambigüedad. Son máquinas, pero también organismos vivos. Poseen armaduras metálicas y, al mismo tiempo, músculos, sangre y una voluntad latente. No son simples herramientas tecnológicas: son entidades liminales, situadas entre la carne y el metal, entre lo monstruoso y lo humano, entre la criatura y la divinidad. La Unidad 01, en particular, funciona como una especie de cuerpo sagrado. Contiene el alma de Yui Ikari y actúa como una madre artificial que envuelve a Shinji en el líquido amniótico de la cabina de pilotaje. El acto de pilotar deja de ser una operación militar y se convierte en una regresión simbólica al útero. Anno transforma así la tecnología en una experiencia corporal y afectiva.

Shinji

Shinji es quizás el personaje donde la hibridación adquiere una dimensión más profunda. No responde al modelo tradicional del héroe masculino. Es inseguro, evita el conflicto y busca desesperadamente el reconocimiento de los otros. Su identidad se construye a partir de una oscilación constante entre el deseo de ser aceptado y el miedo a ser herido.

Esa oscilación recuerda el célebre “dilema del erizo” de Schopenhauer, citado explícitamente en la serie: los seres humanos necesitan acercarse para obtener calor, pero al hacerlo terminan lastimándose con sus propias púas. La soledad de Shinji no es una condición individual, sino una metáfora de la dificultad contemporánea para establecer vínculos auténticos.

Rei

Rei Ayanami representa otra forma de hibridación. Es simultáneamente humana y artificial, individual y colectiva, sujeto y recipiente. Su cuerpo fue creado en laboratorio, pero alberga una dimensión espiritual vinculada con Lilith. Rei es, al mismo tiempo, una figura mariana y una entidad cercana al concepto japonés de kami. Su sacrificio final no pertenece por completo ni al cristianismo ni al shinto: surge precisamente del cruce entre ambos imaginarios.

Asuka

Asuka, por su parte, encarna la tensión entre Occidente y Japón. Su nombre, su educación y su comportamiento la presentan como una figura parcialmente occidentalizada, pero esa occidentalización nunca es completa. La serie utiliza su carácter explosivo para mostrar las contradicciones de una identidad construida entre referentes culturales distintos.

Uno de los símbolos más reveladores es el Árbol de la Vida. En la cábala judía, las sefirot representan las emanaciones divinas y el camino espiritual hacia la unión con Dios. Evangelion conserva la forma visual del símbolo, pero modifica radicalmente su función. El Árbol deja de ser un mapa de ascensión mística y se convierte en un dispositivo para impulsar la evolución humana a través del Proyecto de Instrumentalización. SEELE, la organización que dirige ese proyecto, actúa como una especie de sacerdocio tecnocrático. Sus miembros no buscan la salvación del alma en el sentido tradicional, sino la superación de la individualidad biológica. La trascendencia ya no depende de la gracia divina, sino de una operación científica y semiótica.

Y aquí aparece una de las intuiciones más poderosas de la serie: la realidad humana está mediada por símbolos. Lo que llamamos identidad, alma o sujeto no es una esencia fija, sino una construcción sostenida por discursos religiosos, filosóficos y culturales.

El cristianismo ofrece un modelo de subjetividad basado en el alma creada por Dios; el pensamiento japonés tradicional, especialmente ciertas corrientes del shinto y del budismo esotérico, concibe una energía vital que conecta al individuo con la totalidad del cosmos. Shinji queda atrapado entre ambos modelos. Su conflicto es también el conflicto de un Japón que intenta conciliar la herencia espiritual local con las categorías modernas importadas de Occidente.

La Instrumentalización Humana expresa el deseo de resolver esa fractura eliminando las barreras entre las personas. Todos los individuos se disolverían en una conciencia colectiva donde ya no existirían el rechazo, la culpa ni el sufrimiento. Sin embargo, la serie termina rechazando esa solución. Shinji comprende que una existencia sin separación tampoco permite el encuentro genuino con el otro. La individualidad es dolorosa, pero también es la condición de posibilidad del amor y de la libertad.

El desenlace de The End of Evangelion suele interpretarse como un final nihilista. Yo lo veo de otra manera. Después de la disolución del mundo, Shinji y Asuka reaparecen en una playa desolada. No hay una restauración triunfal del orden, pero tampoco una negación absoluta de la vida. Lo que emerge es una identidad consciente de su propia contradicción. Ya no es posible regresar a una pureza original, porque esa pureza nunca existió.

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La hibridación no es un accidente de la cultura, es su condición fundamental. Toda tradición es el resultado de encuentros, apropiaciones y transformaciones acumuladas durante siglos. Lo que llamamos “lo japonés” contiene influencias chinas, coreanas, budistas y occidentales. Lo que llamamos “lo occidental” está atravesado por herencias griegas, romanas, judías y árabes. Las identidades homogéneas son, en gran medida, una ilusión producida por la distancia histórica.

Por eso Evangelion sigue resultando tan contemporánea. Vivimos en una época donde los símbolos circulan con una velocidad inédita. Un adolescente puede descubrir la cábala a través de un anime, interesarse por el shinto mediante un videojuego y construir su visión del mundo mezclando referencias provenientes de tradiciones muy distintas. Esa circulación genera nuevas formas de creatividad, pero también nuevas incertidumbres identitarias.

La comunidad de espectadores ha ampliado todavía más ese proceso. Los fanáticos, investigadores y creadores han producido miles de interpretaciones, ensayos, ilustraciones y relatos derivados. El Árbol de la Vida de Evangelion ya no pertenece exclusivamente a la tradición cabalística ni a la serie de Anno, forma parte de un nuevo entramado de significados compartidos por una comunidad global de interpretantes.

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En ese sentido, poco importa si Anno planeó conscientemente todas las implicaciones filosóficas y religiosas de la obra. El sentido de un texto no termina en la intención de su autor. Las obras culturales adquieren nuevas capas de significado cuando son apropiadas por los espectadores y puestas en relación con otros contextos históricos.

Quizás ahí radique la verdadera grandeza de Evangelion. No nos ofrece una teología coherente ni una filosofía sistemática. Nos muestra el momento en que los símbolos dejan de obedecer a sus antiguas fronteras y comienzan a mezclarse, chocar y transformarse. La serie es el registro de una cultura negociando consigo misma.

Treinta años después de su estreno, seguimos mirando esas cruces sobre Tokio-3 y seguimos preguntándonos qué significan. Tal vez la respuesta sea que significan precisamente nuestra dificultad para encontrar un significado estable en un mundo donde las tradiciones ya no permanecen aisladas.

Evangelion es una arqueología de ese instante: el momento en que los dioses se volvieron mecánicos, las máquinas comenzaron a parecer organismos vivos y la identidad dejó de ser una herencia para convertirse en una pregunta abierta. En las ruinas del Tercer Impacto no contemplamos únicamente el fin del mundo imaginado por Hideaki Anno: contemplamos las fracturas de la modernidad y el nacimiento incierto de una nueva sensibilidad híbrida que, de muchas maneras, sigue siendo la nuestra.

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Juan Manuel Diaz de la Torre

Nací en la Ciudad de México un 11 de octubre de 1985.

Ese día fue viernes y debí nacer a las 6 de la mañana, pero llegué hasta las 8.

Tal vez por eso me gustan los viernes y dormir hasta tarde.

Soy escritor de poesía, cuento, novela y viñeta, aunque mi trabajo diurno es ser profesor e investigador.

En realidad, creo que mi chamba es comunicar: sin importar que sea una reflexión en forma de cuento, un análisis de una película o algún apunte sociológico, lo único que hago es comunicar.

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