EL AMOR COMO FUSIÓN Y CONDENA
DE LA VOLUPTUOSIDAD DE LADY CHATTERLEY
A LA PESADILLA DEL BODY HORROR EN TOGETHER
Miriam Gálvez Mancera
Inspirada profundamente por las reflexiones sobre la subjetividad femenina que plantea el libro Women Writing Intimate Spaces: The Long Nineteenth Century at the Fringes of Europe (Rossi, E. y Wieckowska, K., 2024), reconozco que mi primer acercamiento a la sensualidad en la adolescencia sucedió a través de las páginas de Delta of Venus / Delta de Venus (1977) de Anaïs Nin y Lady Chatterley’s Lover / El amante de Lady Chatterley (1928) de D. H. Lawrence. A los ojos del siglo XX —en medio de una atmósfera recalcitrante de dogmas religiosos y moldes progresistas—, el amor romántico parecía el único marco legítimo para pensar e imaginar vínculos íntimos en mi caso (criada como testigo de Jehová).
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En la década de los setenta, la actriz holandesa Sylvia Kristel conquistó la pantalla grande convertida en el rostro licencioso del cine erótico europeo. Su papel en Emmanuelle (1974), dirigida por Just Jaeckin, convirtió la búsqueda del placer sin tabúes en un fenómeno de taquilla internacional. Aunque la crítica posterior revisó el filme como una “fantasía libertina” moldeada bajo la mirada masculina (male gaze), la figura de Kristel quedó marcada por ese hito.
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Fue en 1981 cuando el propio Jaeckin adaptó la obra de Lawrence a la pantalla. Ahí, Constance (Kristel), aristócrata cuya vida matrimonial se vuelve un páramo frío cuando su esposo, sir Clifford (Shane Briant), regresa tullido e impotente de la Primera Guerra Mundial. Ante el vacío emocional y la urgencia social por un heredero, Constance inicia un apasionado y secreto romance con Oliver Mellors (Nicholas Clay), el guardabosques de la finca. Lo que nace como un encuentro instintivo pronto muta en una profunda reconexión corporal, emocional y sexual que desafía las rígidas barreras de clase de la época. Para mí, esa representación del amor íntimo —donde el cuerpo se vuelve el vehículo para liberarse de las convenciones— quedó grabada como un faro de lo que significa desear y ser en libertad. También debo reconocer que me maravillaba ver anunciadas en cartelera este tipo de cintas en los periódicos que leía mi padre, aunque siempre me producía culpa.
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Hoy, la era de la tecnología promete nuevas geografías para relacionarnos. Se asume que el amor y el sexo van de la mano y que las barreras se han disuelto; sin embargo, las relaciones no son menos frágiles ni menos complejas que en el pasado. El tabú, con todos sus matices, simplemente ha cambiado de piel.
Cuando me preguntan por qué me apasiona el cine de terror, me gusta pensar que mi afinidad trasciende el entretenimiento convencional para convertirse en una postura estética y analítica, pero sobre todo política. Me atrae porque funciona como un potente espacio de resistencia y crítica social, capaz de desmenuzar las presiones de género, los roles impuestos y las dinámicas de poder a través de metáforas brutales e incisivas. Siento una fascinación particular por las narrativas donde el cuerpo se convierte en un territorio de disputa y transformación (body horror), reflejando la fragilidad humana, las exigencias estéticas o la maternidad. Asimismo, encuentro un refugio en el folclore y lo místico que apela a los miedos colectivos más antiguos. En última instancia, disfruto este cine porque me permite encontrar una profunda poesía en lo oscuro, dialogando con la vulnerabilidad, la memoria y el dolor para transformar el pánico en una experiencia de catarsis.
¿Y a qué viene toda esta parafernalia? ¿Se han dejado conmover alguna vez por una película de terror?
Admito que estuve a punto de pasar de largo frente a Together / Juntos hasta la muerte (Michael Shanks, 2025). Leí reseñas tibias en aplicaciones y plataformas que apenas le otorgaban una o dos estrellas, pero confieso que soy un hueso duro de roer si se trata de defender mi postura, creencias y gustos contra cualquier oposición (sobre todo la conservadora), pero siempre intentando con argumentos que puedan ser lo más objetivos en lo posible. Finalmente, decidí darle una oportunidad y me alegro de haberlo hecho. Como alguien que transita la mediana edad —o como diría Faith No More, atrapada en mi propia midlife crisis— y viviendo en este cuerpo humano al que le ha tocado cruzar la brecha de cambio de siglo (nací en 1975), trasladarme actualmente a la era digital en donde los lazos se tejen a través de pantallas no lo hace más fácil. Los patrones tóxicos persisten porque el mandato derechista del ideal de pareja «perfecta» sigue acechando. Y eso me lleva a una cuestión inquietante: ¿qué pasaría si la práctica voraz de querer poseer al otro nos obligara a pertenecerle para siempre?
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Tras un traslado que promete un nuevo comienzo, Millie (Alison Brie) y Tim (Dave Franco) se aíslan en un entorno tranquilo para reparar su quebrantada relación. Sin embargo, el esfuerzo por recuperar la intimidad deriva rápidamente en una codependencia claustrofóbica. Incapaces de fijar límites y consumidos por el miedo al abandono, la tensión emocional deja de ser abstracta para encarnarse en lo biológico: la aterradora metamorfosis comienza a deformar sus anatomías, haciendo que los cuerpos reaccionen al sometimiento mutuo y se unan de manera literal e irreversible. El ideal romántico de convertirse en «un solo ser» se pervierte en esta pesadilla de terror corporal donde buscar la independencia personal equivale a amputarse, exponiendo la violencia invisible de disolverse en el otro.
Together me dejó con un vacío helado en el pecho al trazar una dolorosa radiografía de todo lo que la pareja empeña en el camino: el abandono de los proyectos propios, el eclipse de la carrera y la renuncia gradual a una identidad única. Me hizo recordar cómo en otros tiempos solíamos memorizar la banda favorita del ser amado como un gesto de devoción, y cómo esa misma entrega puede transformarse en una prisión.
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Es conmovedor y aterrador presenciar cómo el individuo se diluye al intentar encajar en el molde ajeno. La película funciona como un recordatorio visceral de la fragilidad que separa al amor como refugio de su faceta devoradora. Más allá de la mutación explícita de la carne, su logro radica en exponer la arquitectura “sectaria” de la codependencia. No hace falta un líder mesiánico cuando la doctrina del amor romántico llevada al extremo basta para erigir un culto de dos. La cinta disecciona con precisión clínica la erosión del “yo” en nombre de un “nosotros” indivisible; la carne se deforma porque la psique ya aceptó su propia aniquilación, revelando la trampa de un afecto que promete la eternidad a costa de convertir la individualidad en un vestigio eliminado.
Si de un soundtrack se trata, para algunos es “2 Become 1” de Spice Girls, pero a mí sólo me vienen a la mente “No One Can” de Marillion y “Oh Well!” de Fiona Apple en dos momentos cruciales de mi existencia, porque estuve en ese lugar.
(Respiro hondo).
Oh what a cold and common low way to go. When I was feeding on the need for you to know me. Devastated at the rate you fell below me. What wasted unconditional love. On somebody. Who doesn’t believe in the stuff… Oh, well!
Qué manera tan fría, vulgar y ruin de acabar. Cuando me alimentaba de la necesidad de que me conocieras. Desolada al ver lo bajo que caíste respecto a mí. Cuánto amor incondicional desperdiciado. En alguien que no cree en esas cosas… ¡En fin!
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Ya la puedes ver en Prime Video.
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Miriam Gálvez Mancera
SuperHeroína coyoacanense. Bakeadicta. Cazadora de imágenes.
Pesadilla, malestar creado por la mente enferma de algún noctámbulo en insomnio desesperado.
Fundadora de The Junkie Cinema Club y colaboradora de Fantasmagoría: festival de cine fantástico y de terror de Medellín.
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