FRANKIE, MANIAC WOMAN
del altar de neón, carne y magia al cosmos furioso de Pierre Tsigaridis y Dina Silva
Miriam Gálvez Mancera
Existe una devoción casi litúrgica en el cine de bajo presupuesto cuando este se niega a la contención sobria. En una época donde el llamado elevated horror busca desinfectar el género para volverlo digerible, respetable y decorativo (1), el trabajo del francés (radicado en L.A.) Pierre Tsigaridis emerge como un acto de profanación necesaria. Su cinematografía no pide perdón ni busca la validación; es un altar barroco levantado a fuerza de estéticas frenéticas, ritos verdaderos y una fe ciega en el poder hipnótico de la imagen.
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La arquitectura del aquelarre de Two Witches y Traumatika
Para comprender la magnitud del fenómeno que representa Frankie, Maniac Woman (2025), es preciso rastrear la geografía esotérica que Tsigaridis ha trazado en la sombra. En su ópera prima, Two Witches (2021), el director dejó en claro que la brujería en la pantalla no responde a los clichés cosméticos del cine mainstream. Había ahí un conocimiento auténtico del folclor oscuro, la nigromancia y la lógica matriarcal de la herencia maldita, donde la violencia física y la posesión mental se transmiten como peste inevitable. Filma hechizos con la precisión de un practicante y la agresividad visual del giallo más desinhibido.
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Posteriormente, con Traumatika (2024), el cineasta perfeccionó la construcción de atmósferas claustrofóbicas y alucinatorias al articular la demonología con el trauma infantil. La película utiliza la posesión y distorsión del hogar como metáforas del abuso y negligencia en entornos disfuncionales, exponiendo desde la mirada vulnerable del menor cómo las secuelas psicológicas y la violencia doméstica se transmiten entre generaciones. Para articular esta visión, se rodeó de un ensamble recurrente de colaboradores y actores (Rebekah Kennedy, Tim Fox, Ian Michaels, etcétera), consolidando una red de trabajo que dista de ser una coincidencia logística: es la manifestación de un cine progresista en su estado más puro. Así, demuestra que la escasez de recursos no es una limitante, sino el territorio donde la libertad creativa se mantiene intacta frente a las fórmulas pirotécnicas y convencionales del terror tradicional.
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El germen de la histeria: I Who Have No One
Antes de que la violencia de Francis detonara en pantalla grande, el personaje tuvo su prueba de fuego con el cortometraje I Who Have No One (2019). Aquella pieza breve funcionó como el mapa genético y la declaración de principios de lo que estaba por venir. En ese formato comprimido, el realizador y su musa imprescindible Dina Silva destilaron las coordenadas del proyecto: el aislamiento abrumador, la melancolía pop, el ritmo desatado y una protagonista cuya herida emocional es tan profunda que sólo puede expresarse a través del exceso; no sólo probó el anhelado organismo vivo, sino que esperó el largometraje para devorarlo todo. (AQUÍ puedes verlo.)
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Topografía del horror: entre Zé do Caixão, Leatherface y Nicolas Winding Refn
En Frankie, Maniac Woman, este universo alcanza la madurez estética fascinante gracias a la red de influencias que conviven sin fricción. La aparición en pantalla del propio director remite de inmediato a la presencia física, mítica y megalómana de José Mojica Marins (Zé do Caixão), el autor brasileño que rompe la cuarta pared para adentrarse en su propio mito y dictar las leyes de la perdición de sus personajes.
A nivel plástico, la cinta opera en tensión constante entre el gore más sucio y la estilización extrema. La presencia de una máscara de piel que simula la humana nos devuelve a la visceralidad física y la claustrofobia rural de The Texas Chainsaw Massacre (1974) de Tobe Hooper. Sin embargo, esa carne expuesta se tiñe bajo luces saturadas, baños de color rosa y azul sintético que dialogan directamente con la pulcritud obsesiva y el fetiche visual de The Neon Demon (2016) de Nicolas Winding Refn. Tsigaridis toma la esencia del cine serie B y lo baña luminoso, creando esta atmósfera pesadillesca estéticamente impecable que pudiera desmentir en cada fotograma su presupuesto modesto.
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Dina Silva: la voz y venganza contra el molde
Si Tsigaridis es el arquitecto del templo de sombras, Dina Silva es la llama que lo quema todo. Su trabajo en el largometraje sobrepasa la categoría de la interpretación notable; es un tour de force absoluto. Como coescritora, músico, productora creativa y protagonista, Silva toma las riendas del relato para moldear a Frankie desde la entraña.
Dina dota al personaje de un carisma desbordante, manejo quirúrgico del humor negro y su capacidad vocal deslumbrante; simplemente la adoras. Frankie canta, llora, se alimenta, descuartiza y ama con la misma intensidad desmedida.
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Es precisamente en esa desmesura donde el filme clava su dardo más político: utilizar la sátira macabra y el slasher para dinamitar, denunciando la gordofobia, la violencia estética, los trastornos alimenticios y la mirada eurocéntrica. Frankie no busca la compasión del espectador ni encaja en el cuerpo normativo que el género suele torturar o fetichizar; reclama su lugar en el mundo a través del melodrama, la melodía y la matanza.
Esta rebelión cobra fuerza aún más radical desde el posicionamiento de la propia Silva: como mujer latina, racializada y de origen mexicano, su presencia en pantalla fractura de golpe la blanquitud colonial que ha dictado históricamente los parámetros de la delgadez y el deseo. Su monstruosidad no es una patología, sino la afrenta poética y furiosa contra los cuerpos “disciplinados” por la norma hegemónica.
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Frankie, Maniac Woman reafirma que el cine de horror más vivo sigue latiendo en la marginalidad. Pierre Tsigaridis y Dina Silva han concebido una joya de culto instantáneo con un soundtrack brutal en donde el manifiesto de amor al género desde la brujería, lumiraria y música hasta la furia femenina se unen para recordar que el terror nunca ha necesitado de grandes presupuestos, sino de la recalcitrante visión dispuesta a irse a la hoguera, pero ante todo con la conciencia social que al mundo le falta.
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1) Elevated horror: subgénero nacido del discurso crítico con la particularidad de presentar narrativas asertivas, vanguardistas, trascendentales y bien contadas desde lo psicológico que, para algunos, no existían dentro de esta categoría y que los aficionados no ven con buenos ojos, ya que este término acuña la incomprensión del género per se y lo separa del cine como forma de arte. O’Regan, Emmett. Oct 18, 2022, «Why Elevated Horror Is a Disservice to the Genre». CBR [en línea] https://www.cbr.com/elevated-horror-bad-term-unneeded/
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Miriam Gálvez Mancera
SuperHeroína coyoacanense. Bakeadicta. Cazadora de imágenes.
Pesadilla, malestar creado por la mente enferma de algún noctámbulo en insomnio desesperado.
Fundadora de The Junkie Cinema Club y colaboradora de Fantasmagoría: festival de cine fantástico y de terror de Medellín.
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