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¿BÍPEDOS O CUADRÚPEDOS?

 

Jorge López Landó

 

 

A muchos nos gustan las películas y novelas acerca de licántropos, pero ¿los preferimos bípedos o cuadrúpedos? ¿Cómo debe ser la transformación?

Estos quizá puedan parecer detalles menores, pero son importantes para muchos que intentamos seguirles la pista a estos monstruos y escribimos sobre ellos. No genera el mismo impacto una bestia que rebasa apenas el metro persiguiendo a su siguiente víctima en cuatro patas, avanzando rápido, que otro ente de más de dos metros y que corre más lento pero que impone. Tampoco es igual una metamorfosis en la que apreciamos la angustia y el dolor a otra en la que se nota que hay un goce al saberse convertido en una máquina de destrozar humanos.

En Aullido, la película de 1981 que dirigió Joe Dante, vimos a una colonia de hombres-lobo corriendo en dos patas, contrario a la novela original en la que se basa la cinta, publicada en 1977 y escrita por Gary Brandner, donde las criaturas andan en cuatro patas como un cánido enorme.

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En esa misma cinta, Eddie Quist disfruta al transformarse en un licántropo sabiendo que despedazará a quien se le ponga enfrente. Es consciente de su condición y goza al saber que matará y provocará terror. Es un psicópata.

La metamorfosis ahí estuvo a cargo de Rob Bottin, quien basó su obra en vejigas que, al inflarse y con exceso de maquillaje y la ayuda de aditamentos mecánicos, todo a media luz, daban la impresión de que las manos, el pecho y el rostro de un hombre se distorsionan hasta que tiene un hocico y garras largas.

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Posteriormente, igual en ese mismo año, nos impactaron John Landis y Rick Baker con An American Werewolf in London, agregándole un toque de sufrimiento a la transformación de hombre a bestia. El personaje principal, David Kessler (de quien ya he hablado en entregas anteriores), desconoce lo que le va a ocurrir hasta que está en medio del proceso. Su cuerpo arde por el calor y el crujir de huesos le resulta insoportable. Todo esto aunado a la sorpresa de que en verdad le está pasando algo.

Inclusive, existe la teoría de que en esa cinta fueron eliminadas algunas escenas grotescas de la metamorfosis. Se maneja que David, al contorsionarse por el dolor y los cambios en su estructura ósea, siente cómo su caja torácica se revienta por el reacomodo de las costillas. Cabe mencionar que durante todo el proceso, él está consciente y no pierde su humanidad hasta el último momento. Esto lo podemos ver en sus ojos, que se tornar amarillos hasta el final del cambio, cuando ya está en cuatro patas respirando agitado y gruñendo.

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En un par de ocasiones he tenido la oportunidad de charlar brevemente en línea con Jonathan Maberry, autor de la novelización de The Wolf Man, protagonizada por Benicio del Toro y Anthony Hopkins, que si bien no es mi película favorita de hombres-lobo, sí es mi novela predilecta sobre el tema, porque, bueno, la combinación Londres victoriano-licántropos me resulta muy atractiva.

Maberry considera muy importante tomar en cuenta el aspecto psicológico del hombre que se convertirá en el monstruo. ¿Sabe lo que le va a pasar? ¿Comprende los cambios que ocurrirán en su cuerpo? ¿Los asume como una maldición o un privilegio? El mucho o poco dolor físico que le provoquen, ¿vale la pena? Y quizá lo más importante: ¿entiende que será un ente que despedazará a quien se le ponga enfrente?

Uno debe analizar estos aspectos antes de escribir una historia teniendo a estos seres como personajes. Existe una especie de simbiosis en estas criaturas, el hombre y el lobo, que al final del día, o bueno, de la noche, terminan siendo un término medio entre ambos, aunque la mayoría de las veces inclinándose por el instinto más salvaje.

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Entonces, ¿qué preferimos? ¿En dos o cuatro patas? ¿Licántropos que sufren o que disfrutan?

La disyuntiva es compleja, por decir lo menos. Por un lado está la tentación de hacer sin culpa ni conciencia social. Por el otro, la parte sensible, la más humana, la del remordimiento.

En Aullido las bestias sabían lo que eran y disfrutaban siéndolo. Claro, con reservas, pero siempre tranquilos y hasta cierto punto resignados. Tratando en ocasiones de seguir algunas reglas para no causar más daño del que debían.

En An American Werewolf in London no. Ahí hay una conciencia de que cada luna llena no habrá jaula que pueda contener a la mitad hombre y mitad animal, ya que será el instinto salvaje el que predomine. Y es ahí donde estriba el verdadero horror.

¿Qué nos gusta más? ¿Un ente que se autocontrola y decide dónde, con quién y cómo saciar su ferocidad? ¿O una bestia incapaz de frenar su brutalidad? Ambas son atractivas, pero no son lo mismo. En la primera, como espectadores podemos resultar sorprendidos con algún detalle fuera de lo estipulado como regla primaria, saliéndose de lo establecido y generándonos una sensación de incomodidad por el elemento sorpresa. En la segunda vamos a ciegas porque desconocemos hasta dónde puede llegar la fiera, separándose del hombre, descargando su salvajismo.

Como autores, podemos jugar con estos factores para incomodar en distinto grado a nuestro lector, porque de eso se trata el género. ¿Les describimos a un licántropo capaz de destrozar a la damisela si lo desea? ¿O mejor a uno que no puede detenerse en su carnicería? Prefiero An American Werewolf in London por eso, porque no sabe lo que pasa y desconoce por qué.

La genialidad de una metamorfosis como las que sufren estos personajes, lejos de los brincos que daban los hombres-lobo en Crepúsculo o el que aparece en Van Helsing arrancándose la piel, radica en el lado humano.

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Jonathan Maberry

 

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No nos confundamos, ya estipulé la diferencia entre el raciocinio y la reacción inmediata en estos seres. Me refiero a que son hombres por los que podríamos generar empatía, que después se convierte en repulsión. Podemos ver cómo se les revientan las articulaciones, los huesos les crecen y les brota vello. También podemos ver en su mirada si les duele convertirse en ello, hablando de psicología, o si lo están disfrutando. De cualquier manera creo que sufren. No son como todos los demás, están enfermos pero unos abrazan esta maldición/enfermedad, mientras los otros la maldicen y se quejan de ella, llegando a pensar en el suicidio para no causar más daño, sabiéndose máquinas de destazar humanos, poniendo en riesgo inclusive a sus seres queridos.

Pero volviendo a las patas, ¿qué resulta más doloroso? ¿Permanecer erguido o que las rodillas se doblen igual que los codos para estar tirados en el piso como animales?

Si bien podría resultar más imponente un licántropo de más de dos metros como los que salen en la película Dog Soldiers, debemos recordar que los primeros licántropos de los que se tiene memoria, de acuerdo a leyendas, son hombres que andaban en cuatro patas recorriendo aldeas y, según algunos recuentos, se convertían en lobos completamente.

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Maberry señala que la mentalidad del ‘infectado’ juega un papel determinante no sólo en cómo lo percibimos, sino que influye en el desarrollo del personaje, y argumenta que el éxito del mismo se centra en que al mismo tiempo es víctima y verdugo, y la clave es qué tanto se percata de su dualidad. Ahí, justo ahí, es donde creo que podemos encapsular su éxito, basándonos en qué nos provoca: odio o lástima. Al final de la historia, es un ser atormentado que podría jugar con su condición, siendo un monstruo despiadado, o sufrir junto con quien vemos/leemos su historia, logrando que nos compadezcamos al grado de no querer que tenga un final terrible.

Pero volviendo al salvajismo, considero que si bien en cuatro patas luce más feroz por carecer del elemento humano de andar erguido, esto se compensa con ataques más brutales y que, a detalle, debe hacer con el hocico, logrando así que parezca más amenazante por generar un efecto más familiar al parecer como un ataque de un tigre o un oso, despedazando sin piedad a su presa. En cambio, el monstruo bípedo utiliza sus garras más que sus fauces; el otro no tiene opción, pero es capaz de ataques más detallados sin tanta complejidad.

Ahora bien, esperemos que este diciembre Robert Eggers nos regale una versión corregida y aumentada de la bestia que tanto nos encanta. Ha prometido algo espectacular y nos tiene acostumbrados a cintas sombrías con detalles interesantes. Quizá revolucione las cintas de hombres-lobo y veamos algo que hasta hoy nadie nos ha mostrado. Mientras llega la fecha, manténganse alejados de los páramos y cuidémonos de la luna.

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Jorge López Landó

Nació el miércoles 26 de diciembre de 1973 en Ciudad Juárez, Chihuahua, México.

Es periodista, editor, traductor y docente. Ha participado con poesía, narrativa, ensayo y crónica en diversas publicaciones
nacionales y extranjeras.

Es autor de los poemarios De Mónica o el revólver, Mónica odia el bossa nova (pero los fines de semana baila swing), Mónica abre el rompecabezas de fuego (y descubre que aún hay jazz) y de la plaquette El día que Art Blakey murió.

También, de las colecciones de cuentos Feral y Branquias,

Además, es coautor (junto con Mario A. Alcalá) de Lupus y Cuentos para noches de insomnio, así como de Cuando en la guarida (junto con Óscar Armando Rascón).

Es cofundador de la editorial Huargo, especializada en terror y ficción de lo extraño.

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