HOPE: EL MONSTRUO AL FINAL DE LA CARRETERA
una nueva versión de la clásica invasión alienígena
Aglaia Berlutti
En Hope de Na Hong-jin (2026) el miedo a lo desconocido se transforma en una amenaza inquietante. Todo a través de una criatura inexplicable, un pueblo convertido en campo de batalla y un cineasta dispuesto a jugar sucio. Nada es lo que parece en esta obra singular, violenta y temeraria destinada a convertirse en un clásico instantáneo.
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En Hope el dilema del monstruo que ataca no es tan sencillo como una criatura brutal destinada a devastar todo a su paso, sino un enigma destinado a ser descubierto con trabajo y esfuerzo. De hecho, el director evita dar indicios claros de qué es lo que se supone está ocurriendo sobre la presencia que ha destrozado un remoto pueblo minero de Corea del Sur, y esa demora se convierte en su verdadera maquinaria narrativa. En especial, porque la idea sobre la voracidad de una entidad intergaláctica que aparece y desaparece según lo que parece un misterio que debería resolverse es un concepto mucho más elaborado de lo que sugiere la idea de esta amenaza a punto de arrasar todo a su paso. Pero para Na Hong-jin la idea de lo siniestro tiene una conexión violenta, elaborada y bien pensada con respecto a la naturaleza del miedo. Que es, de hecho, el punto central de esta película inclasificable que, seguramente, se volverá joya de culto.
Así que la trama de Hope evita lugares comunes para construir la percepción de la amenaza y procura sostenerse sobre la posibilidad de que el miedo es una combinación laberíntica de pequeñas insinuaciones sobre el peligro. De modo que mucho antes de que la historia entregue una imagen clara de la amenaza, Bum-seok (Hwang Jung-min), jefe de policía del lugar, recibe una llamada de Sung-ki (Zo In-sung), su primo cazador.
El aviso parece absurdo: un toro aparece muerto en plena carretera, con heridas tan profundas que convierten al animal en una pieza de evidencia grotesca. Y aunque pueda parecer sencillo, el hecho es que Na Hong-jin elabora la idea central del enigma a través de la forma en que el animal ha muerto. No hay nada que indique qué pudo provocar heridas semejantes, a dónde lleva cualquiera de ellas o el terrorífico patrón que incluso sorprendió a un cazador veterano. Por lo que algo queda claro: lo que se avecina es terrorífico e inexplicable. Aún peor: fuera del conocimiento humano.
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El miedo llega y arrasa con todo en Hope
Por supuesto, después llegan los cadáveres humanos, algunos decapitados, mientras las calles estrechas y las fachadas muestran señales de una violencia difícil de atribuir a una causa obvia. Para Na Hong-jin, todo el subtexto de Hope se basa en crear la sensación de que lo peor está por llegar y que ese horror es sólo el anuncio incluso de algo más retorcido que la imaginación humana es incapaz de concebir. Parte del triunfo de Hope es precisamente ese: la de analizar (como se pueda y de la manera en que se pueda) la concepción de que lo inexplicable no lo es porque carezca de interpretación humana, sino porque directamente supera nuestra experiencia. Pero en lugar de analizar esa idea desde lo filosófico o lo humanista, Hope de Na Hong-jin va en sentido contrario. Se vuelve más tétrica, retorcida y violenta a medida que avanza la trama.
Así que la investigación avanza a tientas y el relato aprovecha esa incertidumbre para cambiar constantemente la escala de lo que creemos estar viendo. Un instante parece propio de un thriller rural; al siguiente, la película adopta la lógica de una pesadilla mecánica donde cualquier figura al fondo del encuadre podría convertirse en una amenaza. La gracia está en que Na no organiza esa información para tranquilizarnos. La administra como quien guarda fósforos dentro de una caja húmeda y decide encenderlos todos cuando menos conviene. Durante buena parte del metraje, Bum-seok persigue lo que parece una serie de pistas sin sentido sobre un peligro brutal imposible de definir. Por lo que Hope se vuelve más críptica, violenta y compleja sin necesariamente agregar elementos espectaculares o directamente inquietantes.
La atmósfera se vuelve entonces irrespirable. Detonaciones, gritos, motores y estallidos que siempre llegan después de que algo terrible acaba de suceder. Esa estructura produce una extraña sensación de velocidad sin necesidad de explicar en exceso y parte del triunfo de la película es, precisamente, enlazar la idea del mal y lo desconocido con las frecuentes aristas de un escenario que parece incapaz de albergar una explicación a lo que sea que pasa. El pueblo parece demasiado grande para sus habitantes y, al mismo tiempo, demasiado pequeño para esconder semejante desastre. El resultado es una película que convierte la espera en espectáculo de horrores que se vuelve más nutrido y retorcido. La pregunta no es simplemente qué criatura está ahí escondida y esperando para atacar de maneras tan diversas que resulta desconcertante, sino qué clase de película estamos viendo mientras intentamos descubrirlo. Y esa incertidumbre, sostenida con una seguridad técnica impresionante, vuelve a Hope muchísimo más traviesa de lo que su premisa de ciencia ficción rural podría sugerir.
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Lo raro y lo extraño para Hope
Esa paciencia inicial para relatar los ámbitos de una película inquietante por lo poco que explica también permite que los detalles cotidianos adquieran un valor casi detectivesco. Una llamada, una marca en una superficie, un ruido detrás de una puerta pueden pesar tanto como una escena de acción, y eso se debe a que el director entrecruza toda la información sugerida con un panorama más grande. Na crea un misterio: necesita oxígeno, por lo que buena parte de la primera mitad de la película está enfocada en construir la idea del miedo a través de todo lo que ocurre fuera de la pantalla.
Por lo que Hope se divide en dos segmentos fundamentales. Una parte de la película funciona como persecución policial, aunque la criatura siempre parece dominar el mapa. La otra, se desplaza hacia el bosque con Sung-ki y varios cazadores, creando dos corrientes narrativas que terminan contaminándose y entrelazándose entre sí. Na Hong-jin utiliza esa división para producir una curiosa asimetría: mientras Bum-seok intenta reconstruir los hechos desde las ruinas, los otros personajes buscan una explicación siguiendo rastros, rumores y señales parciales.
Esa mirada doble se vuelve todavía más corrosiva cuando la película cambia el centro de gravedad y empieza a sugerir que los humanos quizás han entendido mal la situación desde el comienzo. Na apenas desarrolla la historia de las criaturas, y esa reserva puede resultar frustrante, especialmente porque el reparto asociado a ellas es demasiado llamativo para permanecer casi en las sombras. Taylor Russell, Alicia Vikander y Michael Fassbender (los actores encargados de darle vida a los monstruos) saben qué hacer para construir la idea de este mal al acecho con apenas frases y enlazados de manera elegante y bien pesada. Y parte del éxito de la cinta es precisamente eso: nada es lo que parece, nada es accidental, cada elemento de estos monstruos inquietantes cuenta una historia escondida entre insinuaciones. Por lo que Hope funciona mejor cuando acepta ese estado de contradicción: una superproducción rural extraña, técnicamente ambiciosa, a ratos brillante y a ratos agotadora, que convierte nuestro apetito por el heroísmo en parte del monstruo. Un giro inquietante que hace de esta survivor movie quizás una de las más originales e inquietantes de los últimos años.
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Todavía puedes ver Hope: el primer impacto en cines.
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Aglaia Berlutti
Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.
Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.
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