FAR CRY 3: BLOOD DRAGON
una visión ochentera del futuro
Uriel Velázquez
La Tierra. Canadá. En el pasado lejano del año 2013, los videojuegos tomaron nuevas narrativas. De las cenizas digitales de Far Cry 3, Ubisoft Montreal dio sangre a una nueva serie de spin off. Mitad parodia, mitad homenaje, pero sobre todo un Mundo interactivo.
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Y ya de vuelta en el aburrido 2026 —groovy!— se hizo trending topic el confiarle la imagen personal a unas IAs para que le dieran una estética ochentera. Vimos amigos y familiares con esas ropas. Y menos mal que las máquinas no son una Fashion Police, pues se hubieran revelado por la falta de variedad. Hay más que el New Wave. Y, por ello, podemos —y es nuestro deber como ciudadano— juzgar a las IAs por su falta de creatividad e ingenio. No hace falta caer en su juego. Solamente ver aquellos años y pensar en ello, pese se haya vivido o no. Pues, cuando se conoce el pasado, se especula sobre los distintos futuros y es entonces que se permite una exploración de una época, género, vanguardia, etc., etc., etc., etc… y traer una nueva perspectiva.
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Far Cry 3: Blood Dragon salió en 2013 como un DLC. En ese entonces, la mayoría de los DLC eran armaduras de caballos, mapas multijugador y misiones bajas en calorías. Far Cry 3 (el de 2012, a secas y sin luces de neón) ofrece una duración aproximada de veinticinco horas; mientras que Blood Dragon, unas ocho horas como mucho. “En dos sentadas te lo pasas”, diría el del Blockbuster, mientras ofrece Back to the Future en VHS, pa´ cerrar bien el finde.
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Blood Dragon se presentó como una idea descabellada. Una carta de amor que en lugar de versos y rimas trae montones de one-liners. El encargado fue Dean Evans. Él viajó a Francia, donde se encontraba el estudio principal de Ubisoft, y consiguió una junta. Sintió que era una partida de póker, pues ellos se mantenían más serios que el acero. Así fue, no maten al columnista. Aquí mis fuentes: The ‘80s Strike Back: The Complete Story Behind Blood Dragon. Como sea, ya para el final, se pusieron de pie y, en un apretón de manos que marcó el músculo magro del bíceps, llegaron a un acuerdo. Bueno, realmente no pasó eso, pero sí quedaron encantados con la propuesta. ¿Y quieren más? Les daré más.
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Evans, además de tener un casco de Robocop y unos jeans anchos Bugle Boy, miró la película Hobo with a Shotgun, logrando así una emoción en particular; un impulso que solamente una cinta de 6.1 estrellas —según IMDB— puede conseguir: contactar a su director: Jason Eisener. Entablaron una amistad a través del gusto por las películas serie B y otras cosas, quizá videojuegos y pizzas. Y pronto él se unió al equipo como asesor. Parecía que dos nerds de la nostalgia eran suficientes, ¿no? Pues no. Al parecer, los hermanos cara de acero estaban en una misión de Dios, pues Evans se encontró con un actor que daría voz al protagonista y aportaría una nueva visión al proyecto: Michael Biehn, a quien se le conoce por películas como Terminator, Aliens y más. Fue el hombre adecuado para interpretar al soldado perfecto: al sargento Rex Power Colt. Con la idea y el alma, la imagen y el cuerpo. ¿Qué faltaba? La respuesta la compraría por un dólar.
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Eisener puso en contacto a Evans con Power Glove. No, no el juguete de Nintendo; había trabajo que hacer. Más bien, el dúo de músicos australianos, que pronto se unieron al equipo, aportando esa pieza que faltaba. Evans les pasó un listado de películas y ellos hicieron la magia. Sintetizadores, baterías eléctricas y otras herramientas. La música de Blood Dragon comparte un leitmotiv que resuena con otras bandas sonaras. “Omega Force” recuerda a las películas de John Carpenter. “Rex Colt” nos lleva a ese Tron de 2011 (porque nadie vio la del 82). Y en las canciones está ese “Tan-tan-tan-tan” terrorífico, traído de Terminator. Y, claro, el “Love Theme” semejante a Blade Runner. ¿Qué puedo decir? Estaban armados hasta los dientes.
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Y como en todas esas películas, llega la parte introspectiva. ¿Qué es lo que diferencia la creación de un hombre respecto al de la máquina? Los detalles y la atención con la que los escogemos y los colocamos. El diablo está ahí. Por lo mismo, no me atrevo a decir que Blood Dragon es un monstruo de Frankenstein, como el que suele hacer la IA, que toma y construye algo familiar, pero da rechazo y extrañamiento al verlo. Sí, Blood Dragon toma el montaje de entrenamiento de Karate Kid y Rocky IV; también, diálogos sacados de Star Wars V y Die Hard; y la historia de los personajes y el lugar resuena con Universal Soldier, Predator, Rocobop. ¿Ya dije Terminator 2? Esperen ¿Cuál era el punto? Ah, sí. Pese a tener varios elementos referenciales, Blood Dragon cuenta su propio universo. La cicatriz que une la inspiración y la obra es visible sólo cuando vas con el bisturí para examinarlo. Mientras que, con ojo humano o cíborg, se contempla una creación proveniente del poder del amor.
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¿Y las cosas que explotan? Bueno. No suelo enfocarme en el gameplay porque soy de esos locos que les gusta buscar el valor literario y la creación en los videojuegos. Pero vamos a la acción. Está el fusil láser, la machine gun y la escopeta recortada —con munición explosiva— de Terminator. La pistola y el francotirador —también con munición explosiva— de Rocobop. Las armas ofrecen la fantasía de ser el héroe de acción. Con explosiones, chispas de neón y el olor de napalm por la mañana.
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Blood Dragon es una especie de test Rorschach, sólo que la tinta es púrpura neón sacada de cíberpulpos. Mire quien lo mire, encontrará su propia nostalgia. Una época lejana que resuena tan familiar. Ya sea por las referencias directas o las que aluden a otras obras —porque faltó hablar de He-man, Transformers y más videojuegos—, hay un que cíbercorazón que bombea. Y nos hace pensar que incluso las ideas aventuradas y desenfadadas pueden conectar con distintas partes del mundo cuando se crea algo original. Contrario a lo que se obtiene de una colecta de guiños azarosos, pues da para crear lo mismo una y otra vez. ¡Y encima se espera que las cosas cambien! Dios bendito. He ahí la definición de locura. Apoyemos las cosas geniales y hablemos de ellas.
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Uriel Velázquez Bañuelos (Guadalajara, 1998)
Nerd y amante de los gatos. Se ha juntado con muchos grupos literarios de géneros especulativos, pero nunca a una party de calabozos y dragones para tirar los dados. Y en verdad se muere por interpretar un bardo. Estudia la licenciatura en Escritura Creativa de la Universidad de Guadalajara y también El arte del discurso del maestro Cantinflas.
Cuando no lee ni escribe, le dedica un montón de horas a los videojuegos. Lo puedes ver por ahí de repente en el Lol, en Instagram posteando historias o ya de plano en una que otra revista/antología literaria.
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