DOCTOR SUEÑO

De cómo Mike Flanagan logró unir en una única puesta en escena el pesimismo de Stanley Kubrick y el misterio de Stephen King

 

Aglaia Berlutti

 

Los universos cinematográficos suelen ser complicados de elaborar, por una razón bastante simple: necesitan persistencia y un diálogo constante entre no sólo los elementos que unen a las diferentes propuestas en pantalla sino también lo que les une como lenguaje invisible. El director debe persistir en ampliar sus propios horizontes y elaborar algo más detallado que esa primera noción que inspiró la célebre primera línea de toda obra. Por ese motivo, las secuelas, y en ocasiones franquicias, suelen enfrentarse a la incómoda posibilidad de la repetición, la reiteración y, a veces, sólo convertirse en una estructura que se une entre sí para crear un resultado irregular y poco convincente. De modo que un universo cinematográfico desafía no sólo a quienes le construyen —a seguir las huellas, nuevas fronteras y episodios recién nacidos escena tras escena— sino también al público, que encuentra en las nuevas propuestas una forma de recorrer ideas semejantes planteadas de manera distinta, más profunda e inteligente.

Todas las películas de Stanley Kubrick están unidas a través de un lazo visual y conceptual de atmósfera inquietante. Una brillante versión de la realidad en la que conjuga cierta angustia existencialista y algo más semejante a una tensión visual que sostiene sobre una puesta en escena pulcra. Kubrick estaba obsesionado con el hecho que sus películas analizan los mismos temas a la periferia: del desarraigo a la suprema soledad moderna, para el director la versión de la realidad que creó para el cine tenía mucho que ver con un tiempo irreal, una verosimilitud relacionada con la vida interna de sus personajes. Para Kubrick la realidad era chata, elemental. De manera que siempre insistió en reconstruirla a su medida. Metódico, meticuloso, obsesivo y sobre todo profundamente convencido de la necesidad de reconstruir lo visible en algo mucho más bello y depurado, su prolífica carrera cinematográfica parece mostrar una realidad distinta, pulida y casi depurada. Una percepción por completa nueva de la estética como vehículo de expresión formal.

Stanley Kubrick

No en vano Kubrick era un hábil jugador de ajedrez: en sus películas hay mucho de esa noción de orden estricto y elegante que probablemente aprendió desde niño, en esa necesidad suya de elaborar a la medida una visión muy concreta de la realidad. Siendo un muchacho, demostró ese buen hacer visual y esa perspectiva limpia y dura como fotógrafo aficionado. En sus fotografías hay un equilibrio impecable, un juego mimético de luz y sombras que convierte los espacios en mensajes muy concretos, en un tipo de lenguaje muy especifico. Para Kubrick la imagen no sólo era el vehículo que permitía contar una historia, sino que era una historia de sí misma. El trabajo fotógrafo del joven Kubrick anunciaba lo que sería una decidida necesidad de dialogar con la nada existencial a través de belleza. La estética como una herramienta conceptual de peso esencial.

Lo mismo podría decirse de Stephen King, pero en lugar de una notoria obsesión por la estética podría decirse que el escritor encontró en una singular capacidad para crear el misterio desde lo cotidiano una hilo conductor conceptual entre todas sus obras. No sólo gracias a la saga The Dark Tower (obra constitutiva y génesis improbable de la mayoría de sus novelas) sino en su necesidad de brindar profundidad a las preguntas que la última página de cualquier novela deja sin responder. ¿Qué ocurrió con ese querido personaje que seguimos afanosamente capítulo a capítulo? ¿Qué ocurrió con el pueblo que aprendimos a conocer como si de un lugar real se tratase, desde sus misterios hasta sus miserias? Sin duda, King conserva el suficiente pulso narrativo para crear algo más que las narraciones nucleares de todas sus historias y, más allá de eso, para elaborar un discurso consistente que desborda cada una de ellas.

Stephen King

¿Qué ocurre cuando creadores obsesionados con las mismas ideas pero en direcciones contrarias colisionan entre sí? Kubrick creía en el mal como inherente a lo humano, King observa lo sobrenatural como respuesta a la incertidumbre. Pero ambos estaban convencidos de que lo maligno es el reverso oscuro de lo cotidiano, de la realidad creada a partir de una percepción provocadora sobre la naturaleza humana. Entre ambas cosas, lo más probable, es que surja una extraña mezcla entre lo onírico, lo inexplicable y lo terrorífico. Como esa escena en la que un niño avanza pedaleando en su pequeño triciclo en un largo pasillo tapizado. Con los hombros encorvados, el rostro contraído —¿de preocupación? ¿de miedo?— el pequeño Danny Torrance avanza de corredor en corredor mientras el Overlook observa. De pronto, en una vuelta inesperada, se detiene: una puerta cerrada invita a ser abierta. Una puerta que parece contener todos los secretos del Hotel que les cobija (y les contempla con el aire malicioso y envilecido de un depredador silencioso) y los de su padre, atrapado en la fina telaraña de terrores invisibles que se extiende a su alrededor. El niño contempla la escena con los ojos muy abiertos y la atmósfera parece espesarse, hacerse irrespirable. Porque hay algo aterrorizante en la visión, en la quietud ultraterrena de las niñas que no deberían estar allí y la mirada asombrada del niño sobre el triciclo. Y de pronto la imagen parece alargarse, hacerse enorme y contundente. Porque lo sobrenatural tiene un brillo propio, una identidad ineludible. Y ese silencio que envuelve la escena, con las niñas simplemente de pie y tomadas de las manos mientras Danny las observa, lo abarca todo. Tiene su propio peso y su propia cualidad inquietante. La normalidad rota en lo inexplicable.

Como cualquier cinéfilo que se precie de serlo, sabrá que la escena descrita forma parte de la película El resplandor (1980), pieza de culto dirigida por Stanley Kubrick que aterrorizó a toda una generación y que aún continúa provocando uno que otro sobresalto. La película, alabada por su fría belleza y su directo manera de presentar el miedo, es sin embargo una versión totalmente distinta de la obra en la que se basó. El libro expresa de forma mucho más profunda y compleja la raíz del temor del hombre, esa oscuridad que subyace en la mente, más allá de toda racionalidad. En cuanto al argumento cinematográfico, parece más interesado en la pérdida de la cordura y en la forma en que se analiza la bondad y la maldad de la naturaleza humana. Muy probablemente, tanto libro como película se complementan para crear un discurso nuevo sobre el miedo: el monstruo hombre, la victima de la circunstancia que se escuda en la violencia. No obstante, El resplandor, como obra literaria, ofrece quizás una visión mucho más completa y dura sobre esa escandalosa caída al infierno que padecen sus protagonistas, atrapados y devorados por un monstruo invisible encarnado en el mítico Hotel Overlook.

Tal vez por ese motivo, cuando Stephen King anunció que escribía una secuela de la historia, los devotos a la novela, a su ambiente enrarecido y opresivo, al horror que nace de esa progresiva caída en el desastre cotidiano, se preocuparon. Y también lo hicieron los fanáticos de la película. Y con razón: El resplandor es considerada una de las novelas más terroríficas del pasado siglo, reverenciada no sólo por su capacidad para elaborar un discurso poderoso sobre el origen del miedo y la violencia como parte del espíritu humano, sino combinarla con una visión de lo sobrenatural como eminentemente maligno. De manera que la pregunta lógica que cualquier lector del libro o cinéfilo podría formularse ante la posibilidad de una secuela es obvia: ¿Podría Stephen King mantener no sólo la fuerza de la historia que se cuenta sino además añadir algún elemento nuevo que la haga atractiva la reinvención? ¿Qué ocurriría con la presencia inevitable de la clásica historia en el cine?

Un planteamiento riesgoso de origen. Para bien o para mal, El resplandor tiene una doble identidad que parece indivisible de esa visión helada de la maldad que se desliza al borde de la locura, ese discurso intimista sobre la frustración y el dolor del cual se ceba el mal sobrenatural. Y también un hilo conductor que le une directamente al modo en toda la mitología que Kubrick creó para la película y que, de hecho, se contrapone en cierta medida a varias de las premisas esenciales del libro homónimo. ¿Qué podría agregar el autor a la idea? ¿Podría profundizarla? ¿Agregar nuevos planteamientos? ¿Y qué ocurre con esa noción de la historia única, de la narración que encaja como un mecanismo invidisible? En otras palabras: ¿Qué quedaba por contar dentro de la historia que cuenta el libro El resplandor?

Mike Flanagan tiene la respuesta. En una reciente entrevista que sostuvo junto a Stephen King, ambos coincidieron que Doctor sueño —secuela formal de El resplandor pero, a la vez, una pequeña joya del cine de terror— elabora una idea nueva sobre los reinos terroríficos que rodean al Overlook y sus espectros. Para King se trató de un experimento riesgoso. En sus palabras, durante años, muchos de sus lectores le preguntaron sobre qué había ocurrido con Danny Torrance, el niño que sobrevive junto a su madre al infierno desatado detrás de las paredes congeladas del Overlook. Admite que lo que comenzó como una idea apenas esbozada, comenzó a obsesionarle. ¿Qué podría estar haciendo el hoy adulto Danny? ¿Cómo sobrevivió a sus recuerdos de la terrible experiencia que padeció bajo el asedio del mal y el terror? Finalmente, la necesidad de contar la historia fue insoportable para King: “Quería contar la historia detrás de la historia de El resplandor, de los huérfanos del miedo y lo que ocurrió después”, comentó. Y es que quizás era el momento idóneo para hacerlo: luego de resucitar en las cenizas de sus propios errores y aciertos, el escritor estaba listo para crear una historia que, a pesar de estar basada en la original, tiene su propio brillo y profundidad.

Mike Flanagan

Flanagan admite que, antes de ocupar la silla del director de Doctor sueño, se preguntó si de alguna u otra manera el fantasma de Stanley Kubrick sería parte de la producción de la película… y decidió que sí. Después de todo, el libro homónimo es una historia de terror a toda regla, en la tradición de las mejores obras de King, pero también es una secuela propiamente dicha de El resplandor cinematográfico, con toda su carga emocional, la lucha del bien y el mal de la naturaleza del hombre, la noción sobre lo terrorífico que evade toda explicación. En el libro hay constantes referencias a la historia original y, sobre todo, una mirada renovada a los personajes y al planteamiento pesimista de la novela. Pero también es algo más: una visión mucho más cruda y esencial sobre el mal, sobre la raíz del miedo que en El resplandor sólo se esbozaba a medias.

Flanagan tomó todo lo anterior y lo combinó con una profunda inteligencia argumental. Lo hace además con una indudable elegancia y un consistente lenguaje visual que logra la curiosa proeza de ser una secuela a toda regla de la película de Kubrick, a la vez que rinde un sentido homenaje al libro Doctor sueño, pero también a esa pesadilla de la razón que Kubrick levantó alrededor del terrorífico Overlook. Flanagan equilibra tanto la visión del director (esa mirada inquietante al mal interior) con el recorrido sobre la bondad y la redención que King imaginó para su torturado Jack Torrance. En medio de ambas cosas, el director añade además la nostalgia para sostener al protagonista absoluto de esta nueva visita al hotel Overlook: Danny Torrance.

Para la ocasión, el director hace lo que mejor sabe hacer: profundiza en los personajes hasta lograr encontrar una identidad misteriosa que les une a la historia que la película narra en tono mesurado y brillante. Muy probablemente gracias a los matices de un Danny Torrance adulto, consumido por su propia historia y enfrentándose a sus propios demonios. De la misma manera que en el libro, Flanagan construye una nueva perspectiva del mal en Estado puro que permite al lector mirar lo ocurrido en El resplandor desde otro ángulo: uno mucho más inquietante y también personal. Y es que King, con su prodigiosa habilidad para contar historias y construir atmósferas, logra una nueva revisión de esa necesidad del mal como reflejo del hombre y su circunstancia. Pero también hay esa caída en los infiernos del dolor, el miedo y los terrores inconfensables que Kubrick recreó en brillantes planos simétricos que Flanagan homenajea con una colección de luces y sombras que deslumbra por su pulcritud.

Interpretado por un emocional y contenido Ewan McGregor, el hijo del desgraciado vigilante del Hotel más siniestro del cine, es una figura espectral, anónima y cansada que vive a la sombra de sus recuerdos y de una infancia destrozada por un suceso sobrenatural que le agobia con una siniestra sutileza. Danny, que de niño sufrió los rigores de un padre alcohólico y también un inaudito don psíquico, ha tenido una vida lo suficientemente difícil como para convertirse, al igual que su padre, en un bebedor de comportamiento violento. Flanagan utiliza tomas en la que la luz aparece y desaparece para mostrar todos los matices de este Danny marcado por heridas, pesadillas y horrores que le persiguen allí a donde va y, quizás, es ese comedido primer tramo lo que hace de la película una adaptación que roza lo brillante. El director logra que Danny sea un personaje independiente a la enorme figura de su padre cinematográfico —interpretado por el extraordinario Jack Nicholson—, pero también que la conexión entre ambos sea obvia. Hay un puñado de escenas homenaje y pequeños guiños que recuerdan al espectador en toda oportunidad posible que Danny es el hijo de Jack en más de una forma. Pero a la vez, que es un hombre que de niño fue capaz de vencer un tipo de oscuridad inexplicable que aún ahora le persigue.

Flanagan consigue que Ewan McGregor sea un sobreviviente, una línea que une al pasado y al futuro con tanta delicadeza que incluso los fanáticos acérrimos agradecerán la forma en que el director respeta al gran clásico del cine de terror. Al mismo tiempo, hay mucho de King en este personaje cabizbajo y aturdido que viaja a New Hampshire en un intento de encauzar su vida. Danny es una víctima, pero también podría ser un verdugo. Flanagan se encarga de que el espectador no lo olvide y lo analiza desde una perspectiva amable pero cautelosa.

En paralelo, la película cuenta además dos historias: la de Abra (Kyliegh Curran), una niña con un don psíquico tan poderoso como el que tuvo Danny durante en su infancia. Abra tiene la capacidad “brillar” y lo hace incluso con más fuerza que el pequeño Torrance que logró vencer a las fuerzas que habitaban el viejo Hotel Overlook. Y en la última arista de este complicado mapa se encuentra Rose the Hat (Rebecca Ferguson), una criatura inexplicable con un apetito insaciable por justamente esa capacidad inexplicable que tanto Danny como Abra comparten. De modo que la película es mucho más que un “¿qué pasó después?” que gira alrededor de Danny o una versión bien intencionada de su inesperada amistad con una niña que puede recordarle a sí mismo. Flanagan toma todas los hilos anteriores y los conecta entre sí en un cuidadoso equilibrio que le permite no sólo narrar dimensiones insospechadas de una misma versión del miedo, lo sobrenatural y lo que nos une al pasado sino, también, un recorrido por los símbolos más conocidos del cine de terror que Kubrick creó desde la imaginación y un potente apartado visual.

Es entonces cuando Flanagan logra yuxtaponer la versión de Kubrick y de King en una única historia que sorprende por su efectividad: la tensión entre los trozos de información que se entremezclan entre sí aumenta de manera paulatina, a medida que los personajes se hacen más ricos en matices, dimensiones y, en el caso de la criatura encarnada por Ferguson, más peligrosos. Flanagan cuida hasta el último detalle para que el escenario en cada uno de los hilos se sostenga por sí solo, pero se alimente del resto: mientras Danny es un héroe reacio, cansado y afligido, Abra es su contraparte más joven, llena de energía y curiosidad. Por último, Rose —quizás uno de los monstruos más interesantes de la factoría King de los últimos tiempos— toma cuerpo a medida que el dilema que le rodea —y envuelve también al grupo que le acompaña— se hace más complejo. En conjunto, la película funciona como un cuidado mecanismo de relojería en que la presencia de Kubrick es notoria, pero también la capacidad de King para sostener una historia desde la empatia —o repulsión— que provocan sus personajes.

Flanagan está consciente del legado que lleva entre manos y no disimula su intención de rendir homenaje: el Overlook se levanta de nuevo como epicentro de todo tipo de horrores y, de pronto, es también una metáfora sobre el mal tal y como lo imagino Kubrick, pero de la forma en que King lo concibió para su libro. Entre una y otra cosa, el argumento logra unir todas las piezas de información para elaborar algo más profundo, doloroso y siniestro, perfectamente orquestado. La película alcanza un tercer acto en el que la estructura de sus personajes colisiona para crear un enfrentamiento climático de cuidadas proporciones y brindar a la película un cierre brillante, inteligente y, sobre todo, emocional.

¿Provoca miedo Doctor Sleep? Quizá los acostumbrados sobresaltos inevitables es lo único que se echa de menos en una película sobria y casi severa. Flanagan juega mucho más con la melancolía y la nostalgia que con el terror; y aunque hay grandes momentos inquietantes, el film no llega a producir verdadero temor en ningún momento. ¿Eso es bueno o malo? En realidad, podría ser un poco decepcionante si la única intención del espectador es llevarse un buen susto, pero en realidad Doctor Sleep es mucho más que su capacidad para asustar. Y tanto los fanáticos de Kubrick como de King agradecerán que sea así.

¿Qué podrá encontrar entonces el fanático lector de Stephen King en Doctor sueño? Probablemente mucho más de lo que esperaba. Flanagan logra crear todo un nuevo replanteamiento sobre la historia original. Quizá se lamente un poco la pérdida de la profundidad en beneficio del argumento central y preocupe un poco la manera en que la historia parece avanzar en ocasiones con cierta torpeza. Para los fanáticos de la clásica película de Kubrick, también hay un recorrido pseudo nostálgico de macabra belleza. La narración se alimenta de pequeñas referencias no sólo al universo de El resplandor, sino que además crea uno propio. Entre ambos hay una interpretación del miedo mucho más elemental y evidente que lo que fue en El resplandor, pero igualmente efectiva. El temor ya no forma parte de una idea sobrenatural abstracta, misteriosa y que se crea a medida que los personajes se adentran en él, sino que lo maligno —como figura y elemento narrativo— existe más allá de eso: lo inquietante que se opone a lo puramente racional. Lo que se esconde entre las sombras, el monstruo venido de la oscuridad para atemorizar.

King & Flanagan

Quizá lo que mejor pueda describir la visión del terror de Doctor sueño de Mike Flanagan sea la última linea de su epilogo literario, en la que King, además de explicar con su habitual buen sentido del humor la experiencia de escribir sobre personajes tan significativos en su carrera como escritor, deja bien claro que el miedo siempre podrá reinventarse. “Siempre habrá oportunidad de preguntarse quién te mira desde la oscuridad”, concluye. Y añade, casi en tono burlón, “¿O qué?”

El miedo como una grieta siniestra en la cotidianidad.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

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