EL CUENTO DE HORROR

COMO UNA FORMA DE COMPRENDER LO SOBRENATURAL

I

 

Aglaia Berlutti

 

Por siglos, la costumbre de compartir historias bajo el calor de la fogata doméstica fue parte esencial de los ritos cotidianos. Y los relatos de terror fueron patrimonio casi exclusivo de esa tradición oral. En buena parte de Europa, el hábito de contar historias terroríficas pertenecía a la antiquísima costumbre de la reunión familiar junto al fogón, quizá luego de la cacería o una opípara cena familiar. La costumbre, además, formaba parte de la permanente idea de lo sobrenatural como parte de la vida cotidiana, y lo que ahora puede resultarnos por completo desconcertante: la percepción del miedo como una dimensión de la belleza y lo profundamente significativo. De manera que el terror no sólo era parte de las tradiciones más antiguas de pueblos y tribus, sino un reflejo de todo tipo de atributos y virtudes. Las historias terroríficas tenían una importancia específica y, también, un profundo significado en la memoria colectiva de buena parte del mundo antiguo.

Los primeros relatos de terror de los que se tienen constancia  — y registro — provienen justo de las costumbres familiares y tribales alrededor del fuego sagrado. Hacia el siglo II DC, las historias sobre monstruos, fantasmas y terrores nocturnos formaban parte de una riquísima herencia cultural en buena parte de Europa y también en Oriente medio. De hecho, se trataba de una costumbre que formaba parte de cierta jerarquía intelectual, y ya en Inglaterra “los cuentos de sombras” se conservaban en buena parte de las Iglesias y Abadías como ejemplarizantes y más allá: huellas de un pasado pagano que la Iglesia se empeñaba en cristianizar. Los antiquísimos relatos celtas y de otras tribus  — con su rico folclor y llenos de todo tipo de referencias mitológicas — se convirtieron en epopeyas religiosas en el que el poder divino triunfaba de manera invariable sobre el mal. Los Dioses se transformaron en demonios y los espíritus, en criaturas malignas capaces de tentar al pecado al hombre. No obstante, la noción sobre el miedo  — la incapacidad del hombre para explicar lo desconocido y, sobre todo, la incertidumbre sobre la existencia — continuó siendo parte de la percepción del terror como experiencia colectiva. Hay descripciones detalladas de celebraciones en las que la narración formaba parte integral de los ritos de paso, una visión muy amplia sobre lo sobrenatural que reflejaba las relaciones entre el hombre y el conocimiento. Una expresión de fe, de convicción pero, sobre todo, de asombro por lo invisible y lo inexplicable.

Gracias a esa comprensión del cuento de horror como elemento cultural, hacia el siglo XV la tradición había alcanzado una nueva dimensión: los relatos transmitidos de boca en boca, comenzaron a ser copiados y recopilados para su conservación y difusión. De la época datan las versiones tempranas de cuentos como “La cenicienta” y “Blancanieves”, que por entonces eran consideradas como “leyendas de fuego” por su ingrediente estremecedor. No obstante, aún el miedo  — o su capacidad para provocarlo — no era el elemento más reconocible en la mayoría de los cuentos, de manera que no recibían otra denominación que leyendas. A pesar de los intentos de copistas por conservar la mayoría de las historias tradicionales en papel y tinta, buena parte de las narraciones sobre monstruos, demonios, brujas y princesas continuaban formando parte de ritos y creencias domésticas que se transmitían de generación en generación como una forma de conocimiento familiar.

En el célebre ensayo “Un tratado sobre cuentos de horror”, del crítico estadounidense Edmund Wilson, se analiza también el origen del cuento de terror como intento de transcripción y, sobre todo, racionalización de un tipo de costumbre oral que se mantiene a través del tiempo como objetivo cultural. El autor sostiene que los cuentistas originarios fueron los que intentaron brindar una nueva comprensión al cuento y dotarlo de ciertas características literarias de las que carecía. De esta época de transición provienen los primeros intentos por brindar al cuento de terror una cierta noción moral, e incluso dotar a lo terrorífico de cierta personalidad humana de la que hasta entonces habían carecido. La oralidad había transformado los cuentos y relatos terroríficos en una forma de entretenimiento. La recién nacida tendencia literaria vino a dotar de refinamiento y profundidad a la visión del terror como parte de la identidad del hombre y de su mundo intelectual. Según Wilson, esta lenta evolución permitió a la historia de terror encontrar no sólo una nueva forma de difusión  — el papel podía conservarse y formar parte de una idea general sobre el relato mucho más específica —  sino también, una visión elemental sobre su significado. Además, la escritura y reinvención del cuento de terror lo dotó de un inesperado simbolismo. «Los autores no estaban interesados en apariciones por sí mismas; sabían que sus demonios eran símbolos, y sabían lo que estaban haciendo con esos símbolos», explica Wilson en su texto.

Otro escritor que también asume el hecho del cuento de terror como una transformación de lo oral a un género literario por derecho propio es David Punter que, en su obra The Literature of Terror. A History of Gothic Fictions from 1765 to the Present Day, relaciona el término “terror” con la narrativa gótica de origen anglosajón, directa heredera de los primitivos relatos celtas basados en horrores inexplicables ym sobre todo, la fábula moral reconvertida en noción espiritual e intelectual. Para el autor, el género del terror pasó a ser una colección de visiones sobre lo terrorífico a sostener toda una comprensión más o menos elaborada sobre el mundo del hombre y su circunstancia. Para el siglo XVII, el cuento de terror ya formaba parte de una dimensión muy amplia sobre la personalidad humana. Y es esa búsqueda lo que permite que la narración que analiza el miedo como parte del paisaje humano se haga cada vez más profunda, perversa y obtenga un enorme valor estético. Punter además insiste en el hecho que la rápida capacidad del terror para absorber todo tipo de tendencias lo convirtió en la herramienta ideal para contar los vericuetos y dolores más inquietantes de la naturaleza humana. “De Mary Shelley a Ambrose Bierce, de Dickens a J. G. Ballard, en todos los cuales hallamos rastros de lo gótico. Los conceptos de “gótico” y “terror” han aparecido entrelazados a lo largo de la historia de la literatura y lo que se precisa es una investigación de cómo y por qué ha llegado a ser el caso”, sostiene Punter que, además, asume que el terror como hecho folclórico es una indudable herencia de nuestra época. “El miedo nos simboliza y nos refleja”, apunta en su libro.

No obstante, la percepción del cuento de terror como un análisis sobre el miedo  — y lo que lo provoca —  se mantuvo durante parte del siglo siglo XVIII y principios del XIX, sobre todo en Alemania e Inglaterra, en las que los relatos eran una combinación de la visión lóbrega de las leyendas paganas con cierto preciosismo elemental nacido del refinamiento intelectual de cortes y diversos círculos intelectuales. A mitad de camino entre el racionalismo y la estética del neoclasicismo, el terror como género se transformó en algo más que una sombra de una larga tradición y la cultura del relato familiar como parte de una concepción esencial sobre la historia que se transmite como herencia doméstica. Además, la meditada idea sobre el terror como parte de la naturaleza humana se combinó con los elementos originarios del terror gótico  — que se popularizó en Inglaterra entre el 1765 y 1820 —  y de la que heredó sus elementos más reconocibles como castillos embrujados, valles y parajes tenebrosos, criptas, casas solariegas derruidas y decadentes cementerios sombríos, niebla, fantasmas y vampiros. De la combinación de ambas tendencias, el cuento de terror creó una nueva expresión sobre la naturaleza humana y su oscuridad, que perdura hasta la actualidad.

Por supuesto, se trata de una evolución que convirtió al terror y, sobre todo, al terror basado en los viejos relatos orales en todo un suceso cultural a lo largo y ancho de Europa. El crítico y especialista estadounidense Jack Sullivan insiste que el cuento de terror  — tal y como lo conocemos en la actualidad —  se dio a partir de la llamada “muerte” de la novela gótica  — a mediados de la década de 1830 y que coincidió con la difusión de novelas por entregas que ridiculizaban el género —  y alcanzó su mayor preeminencia en los primeros años del siglo XX hasta casi alcanzar los años postreros de la Primera Guerra Mundial, en la que el género decae y se transforma en una noción mucho más compleja y a la cual se le añade una reflexión psicológica pesimista que transformará el género en algo más complejo.

Continuará…

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Imagen de cabecera: “Cult of Cthulhu”. por loganarchy.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

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