EL CUENTO DE HORROR

COMO UNA FORMA DE COMPRENDER LO SOBRENATURAL

II

 

Aglaia Berlutti

Primera parte

Del miedo iniciático al poder de las imágenes: El terror llega al cine

El llamado “Folk Horror” es el reflejo más cercano en la pantalla grande del primitivo relato de horror nacido de la tradición oral. De hecho, todo los símbolos e imágenes asociadas a su estructura narrativa están directamente relacionados con la imaginería que por siglos alimentó y sostuvo la forma en que se comprendió el terror literario: campos solitarios, aldeas y paisajes románticos destruidos por la intemperie pero, sobre todo, cierto aire pagano que parece provenir de la utilización de alegorías sobre el bien, el mal y lo divino que poco o nada tienen que ver con la concepción cristiana sobre el tema. La gran mayoría de las películas del género poseen un trasfondo que alude a la posibilidad de un tipo de poder primigenio  — que puede ser maligno o benigno, según la percepción de la historia —  que se refleja en construcciones megalíticas, ritos y rituales de paso que resumen la concepción de lo mágico y lo extraordinario como algo en esencia irracional. No obstante, lo más intrigante de esa versión del terror  — que tiene sutiles pero evidentes diferencias con el terror tradicional —  es la compresión de la naturaleza humana como falible y corrompida y lo sobrenatural, como presencias peligrosas y sin identidad comprensible, que incluso pueden tener origen cósmico. La naturaleza ambigua del Folk Horror  — que transita desde el miedo en estado puro a una reflexión durísima sobre la identidad del hombre como criatura impenitente —  dota al género de un sustrato mucho más del complejo que otros semejantes y, sobre todo, de un peso existencialista de complejas connotaciones intelectuales.

Como fenómeno, el Folk Horror nació en la televisión británica en plena década de los sesenta y, con toda probabilidad, como reacción a las crisis sociales y culturales de la década. Nigel Kneale  — escritor y precursor inmediato del terror televisivo actual de series como Black Mirror —  crea lo que es la primera gran visión sobre el terror inaudito como producto masivo. Una de sus obras más conocidas, The Stone Tape — película emitida por la BBC en la navidad de 1972 — , es un ejemplo formidable de terror fantástico y la primera obra en la que los elementos del Folk Horror están presentes como una estructura de análisis y comprensión sobre lo ideal y lo temible. Con su puesta en escena sobria y severa  — la película está plagada de elementos góticos — , la historia combina los antiguos terrores sobre la supervivencia de la identidad humana a la muerte y lo tecnológico, para crear una presunción sobre la oscuridad y el horror más allá de toda explicación racional. El resultado es una pieza de soberbia envergadura metafórica, en la que el terror evade los lugares comunes y convierte la percepción del miedo en algo originario y poderoso. El terror en The Stone Tape no es sencillo ni tampoco evidente, y eso lo hace profundamente efectivo. Además, la concepción del miedo como emoción originaria  — y de lo sobrenatural como anuncio de un vasto paisaje sobre lo inexplicable —  posee una inusitada complejidad. La película transcurre en medio de un atmósfera malsana que analiza al hombre desde sus defectos y dolores  — los personajes están llenos de matices y contradicciones —  y avanza hacia el necesario enfrentamiento del bien y el mal, pero no bajo la habitual concepción moral sino algo más depravado y disoluto que sorprende por su dureza.

Pero la obra de Kneale no es el único referente inmediato al Folk Horror como género específico: la serie infantil inglesa Children of the Stones (1977) cuenta la aventura de un arqueólogo que investiga un desconcertante monumento megalítico que rodea un pueblo en apariencia corriente. De nuevo, la noción de lo bueno y lo malo se convierte en una comprensión casi perversa sobre la naturaleza humana. Además, el anuncio de un terror cósmico inimaginable y portentoso convierte a la concepción del miedo y el absurdo en algo más inquietante de lo que podría analizarse a primera vista. John Bowen también celebró la misteriosa herencia pagana inglesa, con capítulos seleccionados en series de enorme popularidad en la que incluía todo tipo de rituales de fertilidad y referencias a rituales precristianos. Para los primeros años de la década de los ochenta, la noción sobre el terror como un ente inhumano y violento era tan poderosa como sugerente y había tomado proporciones de subgénero de enorme importancia en la imaginación popular.

La visión del miedo originario y el legado del horror esotérico

Para 1960, el cine aún analizaba con cierta distancia y sobriedad el terror en su vertiente más intelectual. Fue la casa productora Hammer Films la primera en convertir el Folk Horror en algo más que una curiosidad televisiva. Por ejemplo, la película Las brujas (1966), dirigida Cyril Frankel y con guión de Nigel Kneale, muestra el horror bajo la percepción de la magia y lo desconocido convertido en un instrumento estético. Desde el vudú al satanismo, la obra de Frankel avanza en la percepción del poder originario, más semejante a una expresión irracional sobre los terrores primitivos que a una concepción cristiana sobre el deber moral. La Hammer comenzaba así todo un recorrido por la percepción del relato de horror cinematográfico, reconvertido en una comprensión sobre un tipo de amenaza primigenia e inclasificable. Para la casa productora se trató de un descubrimiento: el éxito en la crítica y el público convirtió la percepción sobre el terror con tintes panteístas y paganos en toda una original reflexión sobre el miedo simbólico.

A finales de la década de los setenta el estudio Tigon British Film Productions tomó el relevo de la decadente Hammer y creó sus propios productos de Folk Horror, aunque mucho más cercano a la serie B y al Gore que a la sofisticación de sus predecesores. Desde la conocida película El inquisidor (o Cuando las brujas arden, 1968), dirigida por Michael Reeves  — con toda su carga alegórica y metafórica sobre el horror nacido de la venganza y del espíritu humano —  hasta Satan’s Skin (o The Blood on Satan´s Claw, 1970) de Piers Haggard  — con sus inquietantes escenas de dolor y placer entremezcladas con una visión del miedo más cercana al éxtasis — , la casa productora logró brindar al género una personalidad propia, a mitad de camino entre el relato existencialista y una idea muy amarga sobre la naturaleza humana.


No obstante, fue la British Lion Films la que finalmente dotaría al Folk Horror con toda su carga anecdótica y perversa que conocemos en la actualidad y que parece reflejar los antiquísimos relatos de terror tribal de los que procede. En The Wicker Man (1973) de Anthony Schaffer  — adaptación de la novela Ritual de David Pinner —  el miedo se sustrae de toda consideración moderna y crea una concepción temible por su vastedad. La película tiene una ambiciosa visión sobre la angustia existencial y la convierte en no sólo en un medio para convertir al terror en un elemento naturalista y primitivo sino, además, dotarlo de ciertas reminiscencias tradicionales.


El Folk Horror continúa siendo una de las visiones del terror más depuradas y sofisticadas del género. En 2016 Robert Eggers, con The Witch, meditó sobre la figura de la bruja a través de una nueva percepción del horror que sorprendió por su belleza metafórica. Con la misma pausada mirada de Nigel Kneale y la sofisticación de las obras de Hammer, la película avanza en el difícil terreno de la estructura psicológica con toques sobrenaturales que crean una percepción sobre el bien y el mal tan profunda como dolorosa. Al final, la noción del bien y del mal no son importantes como la mirada hacia lo antiguo, lo oculto y lo misterioso: los mismos elementos que sostuvieron a los primitivos relatos de horror y que aún ahora continúan cautivando la imaginación y subvirtiendo la convicción sobre lo que tememos y los que nos inquieta; quizá los mismos motivos que alimentan el fuego de la perversa curiosidad del hombre por lo desconocido.

 

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

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