EL POSTERROR Y OTRAS IDEAS SOBRE EL CINE DE GÉNERO

Algunas reflexiones sobre lo macabro en la actualidad

I

 

Aglaia Berlutti

 

 

Hace unos años hubo un debate muy extendido sobre los motivos por el cual el cine de terror continúa sobreviviendo a pesar de sus momentos más bajos, del cinismo cultural y de toda una nueva generación de espectadores educada por internet y, de alguna forma, insensibilizada para el miedo. La gran conclusión de un grupo de expertos —entre quienes se contaban el director John Carpenter y el escritor Stephen King— fue que el terror apela a un sentimiento primitivo de fascinación y curiosidad destinado a prevalecer a pesar de cualquier sofisticación técnica e intelectual. Como si se tratara de una herencia antigua e inclasificable, las películas de terror no sólo reflejan nuestra identidad más violenta sino también una definición inquietante sobre lo instintivo y lo misterioso que aún se oculta en la psiquis colectiva. De la misma manera en que lo hacían las historias alrededor del fuego, el terror esencial apela a una noción de tribu y de masa anónima —unida por un hilo conductor por completo visceral— de enorme poder de evocación.

¿Pero qué hace que nos atraiga la violencia, el horror y el desenfreno que rechazaríamos en la vida real? Se trata de un fenómeno bien conocido que se relaciona con la simulación, la máscara rota del inconsciente y la búsqueda de símbolos y análisis específicos sobre la identidad del hombre como individuo. Los psicoanalistas sostienen que las películas y la literatura de terror apelan a instintos reprimidos y, también, a la percepción de una dimensión mucho más profunda —y peligrosa— sobre nuestra manera de comprender la agresión y el desenfreno. Como si se tratara de un espejo distorsionado, las películas de terror no sólo reflejan la oscuridad interior sino también sus implicaciones. O eso parece sugerir la evidencia.

Por supuesto, nada es tan sencillo. La mente humana y, sobre todo, la herencia cognoscitiva que nos define y construye nuestra percepción de la realidad está más relacionada con la alegoría y la metáfora que con cualquier idea concreta. Las películas de terror son una fábula consciente de lo que tememos, pero también lo que nos atrae y nos seduce desde la oscuridad. El terror es el límite entre lo desconocido y la incertidumbre que se extiende más allá, y las películas de género reflexionan no sólo sobre esa identidad oculta y conjuntiva sino también acerca de las infinitas variaciones de las sombras interiores que representan. Entre ambas cosas, el género se convierte en una herramienta poderosa para analizar la violencia como un síntoma social, pero también como expresión del yo íntimo. Después de todo, una buena película puede provocar el mismo horror que una tragedia o un hecho de violencia real, pero dentro de un parámetro muy específico que permite mirar las causas sin sufrir las inmediatas consecuencias. Como si de una caja de resonancia se tratara, las películas de terror se asumen a sí mismas como un concepto retorcido sobre la especulación, el deseo e, incluso, lo erótico. Una reacción psíquica y física que se mezcla para dotar de significado a los elementos más simples de lo que asumimos como terrorífico.

Pero hay algo más intrigante: la mezcla de repulsión, miedo, angustia y dolor en una película de terror provoca una reacción casi religiosa. Una experiencia cognoscitiva muy cerca del éxtasis frenético. Una pulsión violenta equiparable al órgasmo o una reacción física puramente sensorial que coloca a las películas de terror en una línea muy específica sobre el impulso, el anhelo y una mezcla de insatisfacción en estado puro. El resultado es una necesidad concreta y una reacción que sólo toma sentido a través de las emociones que despierta. Una sed atávica de emociones relacionadas con el antiquísimo instinto por la cacería y la violencia audaz que aún prevalecen en alguna parte del cerebro límbico. Como si se tratara de una frontera entre lo racional y algo más turbulento y duro de asimilar, el terror es una visión modulada sobre lo que se esconde debajo de la sofisticación de la mente moderna.

Una película es información pura. Una gratificación inmediata de los sentidos y del instinto básicos a través de todo tipo de estímulos y percepciones sobre los que tememos, pero a la vez nos atrae y nos subyuga. Se trata de una experiencia controlada en un contexto lo suficientemente seguro como para que podamos paladear el terror como experiencia sin sufrir sus consecuencias. El estímulo a espacios mentales ancestrales que reproducen situaciones límites sin que el peligro sea real. La combinación de ese juego tramposo y sofisticado es una comprensión del miedo mucho más cercana a la realidad y mucho más visceral que cualquier otra experiencia. Una reinvención de la fantasía del superviviente y, sobre todo, una meditada reflexión sobre el peligro. El terror es real, pero no lo que lo causa, y ese límite hace que los libros y películas de terror sean un caleidoscopio de la naturaleza humana en estado puro.

Claro está, todo lo anterior hace que las reflexiones sobre el cine de terror aumenten en profundidad y en su capacidad para la alegoría década tras década. Lo que equivale a decir que lo que nos asusta se hace más complejo o, en el peor de los casos, más cercano a una línea de pensamiento definida. ¿Han sido explorados todos los temores posibles en libros y películas? ¿Aún hay un espacio muy concreto hacia dónde explorar la oscuridad interior que las sostiene? Quizá se trate de un mecanismo más complejo que apenas comenzamos a explorar, pero que tiene una serie de especulaciones anecdóticas de enorme importancia. Una mirada al individuo desde las sombras y la violencia.

Continuará…

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Todas las ilustraciones son de Aleksandra Waliszewska.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

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