JUAN JOSÉ ARREOLA

ESCRITOR DE VANGUARDIA*

 

Beatriz Álvarez Klein

 

La invitación que me extendió Efraím Blanco –estoy segura que con la amable intercesión de Miguel Lupián– a participar en este festival de las letras, me llena de gratitud, pues me brinda la oportunidad de rendir un humilde pero indispensable homenaje al Maestro Juan José Arreola, el centenario de cuyo natalicio se celebró apenas ayer. Y al mismo tiempo, lo confieso, me ha intimidado, porque ¿qué se puede decir, a estas alturas, sobre la obra de Arreola que no se haya dicho ya?

Mucho se ha insistido en su estilo sumamente trabajado, que con una gran economía verbal, que lo lleva a utilizar solamente las palabras justas, logra extraer de éstas el máximo poder expresivo, de modo que su lenguaje es a la vez modelo de claridad y enigma.

Juan José Arreola

También se ha hecho ya muchísimas veces mención de sus múltiples facetas, que van desde la de “Juanito el recitador” en su niñez,  pasando por el desempeño de una gran variedad de oficios, a la actuación en la compañía teatral La Comédie Française, a su labor editorial en las revistas Eos y Pan, así como de traductor y corrector de estilo en el Fondo de Cultura Económica. En la colección Los Presentes publicó, entre cuarenta títulos, las primeras obras de Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, José Agustín, y también En algún valle de lágrimas de José Revueltas, quien para entonces ya tenía varios libros publicados. Enseñó literatura francesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, fue el primer director de la Casa del Lago y el fundador de Poesía en Voz Alta. Impulsó generosamente a una gran cantidad de escritores entonces jóvenes, en el Centro Mexicano de Escritores y publicando sus obras en la colección Cuadernos del Unicornio y en la revista Mester, así como impartiendo en su casa talleres literarios. Se prodigó en conversaciones ricas en poesía y cultura en la televisión. Realizó extraordinarios dibujos. Fue destacado ajedrecista, aficionado al tenis de mesa, coleccionista de objetos bellos y sibarita. Y, por si todo esto fuera poco, nos legó un universo en unas cuantas obras breves y sustanciosas: Varia invención, Bestiario, Confabulario, La feria y Palindroma, además de reflexiones recogidas en La palabra educación.

Es para mí un gran honor estar hoy participando en este homenaje a Juan José Arreola. Tuve la fortuna de conocerlo y conversar brevemente con él en un par de ocasiones durante mis visitas a la librería de su hijo Orso –Arreolarte–, que he extrañado mucho desde que tuvo que cerrar sus puertas. En esa librería pasé ratos muy agradables, y la recuerdo también por algunos raros hallazgos, por ejemplo, de libros de la editorial Horizonte, en la que publicaron sus obras los estridentistas Manuel Maples Arce, Arqueles Vela, Germán List Arzubide, Salvador Gallardo, Luis Quintanilla, y cuyas portadas e ilustraciones eran obra de Fermín Revueltas y de Ramón Alva de la Canal.

Tanto es lo que se puede decir de Arreola, que he juzgado conveniente acotar mi perspectiva esta noche, y aquellos buenos recuerdos me han sugerido la idea de abordar aquí la narrativa de Arreola bajo la óptica de la vanguardia.

Por supuesto, ver a Arreola como escritor vanguardista no es ninguna novedad: él mismo ha señalado la influencia de Papini, de Schwob, de Kafka, de Borges. Como este último, fusiona los géneros en cuentos que son ensayos que son poemas en prosa. Hay en su obra también algunas resonancias de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, por ejemplo, en ciertos pasajes del Bestiario. Cito[1]:

De “El sapo”: Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Despierta en primavera, consciente de que ninguna metamorfosis se ha operado en él. Es más sapo que nunca, en su profunda desecación.

De “Tiempo acumulado”: Un montículo de polvo impalpable y milenario; reloj de arena, una morrena viviente; eso es el bisonte en nuestros días. […] De esta victoria [la de domesticar al bisonte en la forma del ganado bovino] nos ha quedado un galardón: el último residuo de nuestra fuerza corporal, es lo que tenemos de bisonte asimilado.

De “El elefante”: Viene desde el fondo de las edades y es el último modelo terrestre de maquinaria pesada, envuelto en su funda de lona.

De “La jirafa”: Cuadrúpedos de cabeza volátil, las jirafas quisieron ir por encima de su realidad corporal y entraron resueltamente al reino de las desproporciones.

Los subrayados son míos.

Los inicios literarios de Arreola están estrechamente vinculados a la vanguardia, pues con los frutos de su trabajo –gracias al cual pudo leer, entre otros autores, a Charles Baudelaire– adquirió en Guadalajara varios libros, el primero de ellos Gog, de Giovanni Papini, en el que supo ver lo que tiene de innovador e irreverente, sin caer en los capitales defectos del futurismo, que son su afiliación al fascismo, su negación de todo pasado, su veneración de la velocidad y el poner a la literatura al servicio de las máquinas.

Pero, por fortuna, el mundo de las vanguardias literarias no se limita al futurismo italiano, sino que se manifiesta de múltiples maneras en todo Occidente, con frecuencia vinculadas a posturas sociales y políticas libertarias. Tal es el panorama que nos presenta el ultraísta Guillermo de Torre en esta breve definición:

En cualquier caso estos dos conceptos, primacía de originalidad, entendida como inventiva –susceptible de encajar en la tradición histórica o bien de abrir los caminos a otra nueva– y fidelidad a la época, el “Zeitgeist”, el espíritu del tiempo, son fundamentales en la formación y valoración de la literatura europea que media entre las dos guerras y que constituye la llamada literatura de vanguardia.[2]

Arreola reconoció que, lejos de oponerse al simbolismo, al decadentismo o al modernismo, las vanguardias son su continuación (pensemos, por ejemplo, en Poe, en Villiers de l’Isle Adam, en Leopoldo Lugones, que entre otros temas abordaron la ciencia-ficción y se proyectaron así hacia el porvenir); transmutó el título de la obra de Lautréamont para presentarnos, en sus “Cantos de mal dolor”, una serie de textos de extraordinaria lucidez, y al contrario de los futuristas, puso las máquinas al servicio de la literatura.

Como en casi todas las demás vanguardias (salvo el vorticismo inglés, que se parece mucho al futurismo italiano), Arreola encaja en la tradición histórica y al mismo tiempo abre caminos inéditos. Como Marcel Schwob en Vidas imaginarias, Genaro Estrada en Visionario de la Nueva España, Julio Torri en Ensayos y poemas y Jorge Luis Borges en Ficciones y muchos otros libros, cultivó un género que podríamos llamar “historia-ficción”, en los que creó un relato ficticio o un poema en prosa a partir de un personaje o circunstancia de la historia. Arreola se remonta a Babilonia y al intento de Nabónides de reconstruirla a través de la escritura; a la Grecia y la Roma antiguas, en textos como “De balística”, con su análisis de catapultas fallidas o jamás disparadas, por nombrar sólo uno, o a los albores de la patrística, en “Sinesio de Rodas” y sus ángeles que urden, como las Parcas, el tapiz de nuestras vidas, afeadas aquí y allá por los demonios; o sus viñetas medievales, como “La canción de Peronelle” o renacentistas como el “Epitafio” de François Villon. Pasa por el Siglo de Oro, con evocaciones de Santa Teresa, Cervantes, Quevedo, y textos alusivos a Góngora, y asoman a sus páginas Marat y Carlota Corday. A la manera de Marcel Duchamp, Arreola nos presenta a una Monna Lisa, ya no misteriosa y vampírica como la describe el Walter Pater del Renacimiento, sino frívola y cuyo “secreto” ha proclamado a voces ante todos los asistentes a una fiesta: “¡Me divertí como una loca!”

Con tintes de “El alimento de los dioses” de H. G. Wells y humor afín al de “Una modesta proposición” de Jonathan Swift, el relato “Baby H. P.” nos propone la adquisición de un exoesqueleto que a modo de batería acumula la energía despedida por los niños en sus juegos, y aún en sus pataletas, para transformarla en electricidad aprovechable.

En esa misma vena de “ficción publicitaria”, el cuento “Anuncio” se basa en la pregunta que se formula Charles Baudelaire en uno de sus proyectos –“¿Qué tal será una autómata como amante?” – y en La Eva futura de Villiers de l’Isle-Adam, para pregonar las muñecas sexuales motorizadas marca Plastisex, equipadas para satisfacer todos los sentidos del comprador. Muñecas que nos llevan a la exploración que hace Arreola del pigmalionismo, o atracción por las estatuas, en “La noticia”,  originalísima versión del rapto de las sabinas y la consiguiente extinción de su estirpe, y en “Tres días y un cenicero”, cuyo protagonista se enamora de una estatua de Venus hallada en la laguna de Zapotlán el Grande.

Otra máquina protagónica de las vanguardias, ligada siempre a lo fantástico y al horror, es la locomotora. Lo primero que viene a la mente cuando pensamos en Arreola es su magistral relato “El guardagujas”, en el que el propio autor reconoce la influencia de Kafka en ese absurdo exasperante de los trenes que pueden o no conducir al viajero a su destino, llevarlo a otro lugar o dejarlo varado en la selva, donde los viajeros abandonados por ese transporte fundan pueblos y ciudades. Al final del relato, el guardagujas, corre como un duende, linterna en mano, hacia el túnel por el que se acerca el tren y desaparece en su boca oscura. Por supuesto, esta imagen nos lleva al no menos maravilloso cuento titulado “El guardavía”, escrito por Charles Dickens y publicado en 1866, que inicia justamente con la imagen del guardavía de espaldas al narrador, asomando al interior del túnel. A diferencia de sus obras más conocidas, como las novelas David Copperfield, Oliver Twist o La vieja tienda de curiosidades, el lenguaje de este relato se adelanta varias décadas, de modo que, si ignoráramos el nombre de su autor y se nos dijera que es una creación del siglo XX, nos resultaría fácil creerlo. No nos cabe duda de que este cuento inspiró a Arreola, quien, como buen alquimista y taumaturgo de la palabra, habrá percibido este salto en el tiempo en el lenguaje de un cuento que trata, justamente, de un rizo en el tiempo.

La escena del guardavías a la entrada del túnel reaparece como viñeta de un libro rojo como la luz de la linterna del guardagujas, en el relato de Alfred Noyes, “El tren de medianoche”, publicado en 1935. En este cuento, el niño Mortimer no puede avanzar en su lectura más allá de esa viñeta; años después, ya en su edad adulta, se ve llevado a una casa donde encuentra el mismo libro, con esa ilustración, y al avanzar en la lectura más allá de ésta, encuentra la narración de su propia muerte. Obviamente nacido del de Dickens, este es un cuento circular. Lo cual nos lleva a la atracción que suscitaron en Arreola la cinta de Möbius y la botella de Klein, en la que vemos la fascinación por lo imposible materializado (los objetos bidimensionales y tridimensionales que son infinitos y cuyo interior es también su exterior). Recuerdo haber oído una anécdota en la que se le decía a Arreola que hay dos tipos de escritores –los posibles y los imposibles–, y él sintió consuelo al saberse considerado un escritor imposible.

Otro imposible en la obra de Arreola es la relación amorosa y su concreción en la pareja. Hay recetas para conmover a las mujeres con una falsa ceguera a fin de atraparlas por su vanidad y ahogarlas en la tina en que, como Narciso, buscan su reflejo, o salpimentarlas, o para momificarlas en un bloque de concreto inscrito con la palabra “Welcome” sobre la que pisan quienes entran en un jardín, que podría ser el del Edén maldito tras la caída. Encontramos en “El faro” y “La vida privada” triángulos en los que lo más tormentoso es la complicidad del marido con la mujer y su amante, o bien la figura del cornudo en “Pueblerina”, esa variación muy a la mexicana de la “Metamorfosis” de Franz Kafka, de la que Arreola integra el asunto y fragmentos en su obra teatral “¡Tercera llamada, tercera!” O las falsificadas esposas nuevas que un mercader cambia, como miliunanochescas lámparas, por las esposas viejas. O la “Mujer amaestrada”, que reparte besos a los espectadores que arrojan monedas al saltimbanqui que la presenta y que siente por ella un amor enfermizo, y ante la cual se arrodilla, reivindicándola, el personaje narrador. O el amor casto entre Peronelle y Guillermo de Machaut, ambos poetas y peregrinos. O el del Holofernes que se rinde ante Judith y la invita a un horroroso encuentro:

Bíblica

Levanto el sitio y abandono el campo… La cita es para hoy en la noche. Ven lavada y perfumada. Unge tus cabellos, ciñe tus más preciosas vestiduras, derrama en tu cuerpo la mirra y el incienso. Planté mi tienda de campaña en las afueras de Betulia. Allí te espero, guarnecido de púrpura y de vino, con la mesa de manjares dispuesta, el lecho abierto y la cabeza prematuramente cortada.[3]

En fin, la pareja imposible, con sus mil variaciones, es la de Adán y Eva en eterna caída.

Otro tema de vanguardia es la fotografía (como la que Adán y Eva, ya ancianos, desean tomarse el Día del Juicio junto con todos sus descendientes, en el Valle de Josafat), y lo es asimismo el cine, en este caso unido al tema fáustico del pacto con el diablo, o al de la Pasión de Cristo.

Siguiendo con los temas bíblicos, “En verdad os digo” presenta un artilugio científico por medio del cual se hace posible que un camello pase por el ojo de una aguja –a fuerza de desintegrarlo en átomos de un lado del mismo y reintegrarlo al otro lado­–, con lo cual los ricos podrán entrar al Cielo.

Este recurso de tomar una frase y construir un relato a partir de ella, lo aplica Arreola asimismo a ciertos versos de Carlos Pellicer, como “Yo acariciaba estatuas rotas…”, únicas figuras femeninas que quedan tras el rapto de las sabinas en “La noticia”, o “…moverán prodigiosos miligramos”, germen del que nace el relato “El prodigioso miligramo”, a la vez fábula y distopía.

Verdaderos miligramos prodigiosos son los cuentos y poemas en prosa brevísimos de Arreola, como “De John Donne”: “El espíritu es solvente de la carne. Pero yo soy de tu carne indisoluble”,3 en que hace un extraordinario juego de palabras a la manera del poeta inglés, o “Cuento de horror”, que nos recuerda aquel otro magistral cuento brevísimo: “El dinosaurio” de Augusto Monterroso. Leo: “La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones.” 3

Por cierto, cuento de horror extraordinario es también “La migala”, cuyo narrador, como el “Heautontimoroumenos” de Baudelaire, es un “torturador de sí mismo”, puesto que compra a un saltimbanqui una araña venenosa vista días antes en una sórdida carpa de feria, y la suelta luego en su casa, de modo que lo aceche siempre como la promesa de una muerte que en cualquier momento habrá de sorprenderlo. Esta amenaza de muerte convidada por el narrador le hace más tolerable “el infierno de los hombres”, el infierno del desprecio de la mujer amada.

Visionario, Arreola atisbó en un relámpago la ciencia de la antimateria y la nanotecnología. Su cuento “Flash” nos deslumbra con su anticipación del siglo XXI:[4]

Londres, 26 de noviembre (AP). –Un sabio demente, cuyo nombre no ha sido revelado, colocó anoche un Absorsor del tamaño de una ratonera a la salida de un túnel. El tren fue vanamente esperado en la estación de llegada. Los hombres de ciencia se afligen ante el objeto dramático, que no pesa más que antes, y que contiene todos los vagones del expreso de Dover y el apretado número de las víctimas.

Ante la consternación general, el Parlamento ha hecho declaraciones en el sentido de que el Absorsor se halla en etapa experimental. Consiste en una cápsula de hidrógeno, en la cual se efectúa un vacío atómico. Fue planeado originalmente por Sir Acheson Beal como un arma pacífica, destinada a anular los efectos de las explosiones nucleares.

Es legítimo decir que Arreola es un parteaguas en la literatura en nuestra lengua. El destello de su obra ilumina no sólo a los autores a quienes formó e impulsó, como Beatriz Espejo, Jorge Arturo Ojeda o René Avilés Favila, entre otros, sino también a Cortázar, que inspirado en “El guardagujas” y pasándose del tren al automóvil, publicó en 1966 su cuento “La autopista del sur”. Otro homenaje a este relato convierte a su autor en personaje –Juan–, que debe viajar en ferrocarril desde Nogales hasta la Ciudad de México para dar una conferencia en la UNAM y se topa con peripecias y dilaciones que vuelven su viaje kafkiano; se trata del cuento de Miriam Ruvinskis “Ha sido una noche en la que todavía estoy soñando”, dedicado a Arreola y publicado en 1971, en el libro Sala de partos verdes.

Miriam Ruvinskins

No quiero dejar sin mencionar algunas huellas de la obra de este autor en la de Emiliano González. En éste, como en Arreola, vemos una versión irreverente de la Pasión de Cristo en gran guiñol, representación que, según se la describe, tiene mucho de cinematográfica; conviven en una oración de Arreola las palabras “letrina” y “Calvario”, al igual que en el teatro donde se exhibe la Cristofagia en “Rudisbroeck o los autómatas”.  Hallamos ecos de “La migala” en el relato “El zurdo”, en que la mano izquierda cercenada de un asesino cobra vida propia; se oculta, como la araña de Arreola, tras un librero, y acecha al narrador con la intención de darle muerte. El personaje Gioia, que en el cuento “El discípulo” de Arreola es víctima, se vuelve victimario en “La mantis” de González. Y en la novela corta “El discípulo” de este autor, figura, como en el relato breve de Arreola, un retrato a lápiz de la joven amada por el protagonista. Por último, en el cuento “El peregrino amarillo”de Emiliano González encontramos también la locomotora como motivo de horror: el personaje Malamita acude a una estación de trenes con el propósito de trasladarse a Arkansas, destino que le resulta siempre inalcanzable, y desde el andén ve pasar ante sí, sin detenerse, un tren en el que todos los pasajeros son réplicas de él mismo.

Esta modesta ponencia no ha pretendido en modo alguno ser exhaustiva. Seguramente se podrían enumerar muchos otros autores influenciados por Arreola, así como muchas otras aristas de su breve pero riquísima obra. Tan sólo hemos señalado aquí algunos rasgos que nos permiten situarlo como un autor de vanguardia. Del mismo modo que el español Gómez de la Serna fundó la suya propia –el ramonismo– habiendo escrito, como Arreola, “prodigiosos miligramos” (a los que llamó “greguerías”), bien podemos hablar de “arreolismo”, vanguardia personal de este escritor profundamente mexicano y universal, cuyos escritos se sitúan en el punto preciso en que el Ouroboros del tiempo se muerde la cola.

(Foto de Rogelio Cuéllar, 1973)

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*Texto leído el 23 de septiembre en la mesa “Un prodigioso miligramo: homenaje a Juan José Arreola a 100 años de su nacimiento” en Abismo: I Festival de Literatura Fantástica (Cuernavaca, Morelos).

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[1] Juan José Arreola. Narrativa completa. De Bolsillo. Ciudad de México, 1ª reimpresión. Págs. 69, 70, 78 y 83.

[2] Guillermo de Torre, Historia de las literaturas de vanguardia, T. 1. Madrid, Ediciones Guadarrama, 1971, pág. 45.

[3] Ibid., pág. 312.

[4] Ibid., pág. 138.

 

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