LA PARTE OSCURA DEL PASILLO

Alexis Bonifacio

MÉXICO

 

 

Ya era tarde. 2:48 de la mañana, para ser exactos. Una hora terrible, si lo piensas bien. Ni siquiera te permite hacer esa analogía de si es muy tarde o muy temprano, porque nadie se despierta a las tres de la mañana. Nomás las brujas y los demonios.

Me dio hambre. No era raro, mi horario es un desmadre. Hasta he llegado a dudar aquello que tanto repiten los doctores sobre las ocho horas necesarias de sueño. Lástima que ya hace un rato que dejé de contar las pocas horas que duermo.

No soy muy supersticiosa. Todo lo que sé sobre temas paranormales lo aprendí de películas o libros de ficción. Nada muy extenso. Ya hace varios años que dejaron de interesarme esas cosas.

Pero hoy tuve una sensación extraña. Estaba lista para zafarme de las cobijas y encaminarme hacia la cocina. Dejé mi celular sobre la almohada y un escalofrío me detuvo de pisar la alfombra de mi habitación. Hace dos días que me está bajando, así que atribuí el malestar a algún cólico mal enfocado. Ahora que lo pienso, mi flujo había sido inusualmente abundante. Pero hoy no. Hoy todo parecía normal.

Miré de nuevo mi celular y noté que faltaban siente minutos para las tres de la mañana. “La hora del demonio”, pensé. Incluso se me ocurrió esperar unos minutos. Tal vez a las 3:05 los demonios ya se habrían aburrido de buscarme. Tonterías. Me enfadé conmigo misma. Era yo una pobre niña temerosa de la oscuridad y de la hora en el reloj. ¿Por qué los demonios seguirían nuestro mismo uso horario? ¿Tendrían que salir a toda velocidad de sus casas de demonios si el despertador de demonios no cumpliera su función? “¡Diablos (jaja), me quedé dormido y tendré que irme sin duchar a comerme algunos niños!” Divagué un poco para tranquilizar mi paranoia de madrugada.

Dos cincuenta y siete de la mañana. ¿Por qué en las novelas los personajes pueden pausar el tiempo real y ponerse a pensar durante párrafos completos sin que las cosas a su alrededor avancen? Yo ya llevo cuatro minutos aquí sentada en la orilla de mi cama pensando en demonios apurados, reclamé después de mirar de nuevo el reloj de mi celular.

Me decidí por levantarme. Sería rápido. Planeé mi estrategia. Abriré la puerta de mi habitación con la luz encendida, lo que iluminará lo suficiente el pasillo como para abrirme paso entre las sombras, pero no tanto como para que alcance la puerta de mis padres y salga mamá a regañarme de nuevo por madrugar sin causa. Al final del pasillo tan solo serán unos tres metros de oscuridad para llegar a la cocina y refugiarme en la luz tenue que producen las pequeñas lámparas que cuelgan del techo. Todo esto, por supuesto, de puntitas. Pan comido.

Salté con valentía. Uno tras otro, mis pasos me acercaban al objetivo pero me alejaban más y más de la luz. Mientras más corta se volvía la distancia con la parte oscura entre el pasillo y la cocina, podía notar cómo mi pulso se volvía más fuerte, pero no más rápido, como en el clímax de las películas de terror. Paso a paso era más capaz de escucharlo dentro de mis oídos, como si mi cuerpo supiera que algo estaba a punto de pasar. Así como ustedes, que leen esta historia porque esperan un trágico evento que tal vez les enchine un poco la piel si el que escribe juega bien sus cartas. Ya era muy tarde para detenerme. Yo no soy ninguna cobarde. Podía saborear las cucharadas de cereal con leche. Nada iba a impedirme obtenerlas.

Cuando llegué a la parte oscura del pasillo y me estiré lo más rápido que pude para encender la luz de la cocina, un escalofrío recorrió mi espalda y un sudor frío estrujó mi cuerpo. Me tranquilicé en un minuto, abrí la alacena y extraje mi cereal de aritos. Lo mezclé con leche en un tazón naranja y tomé una cuchara.

Honestamente siento que les he fallado. Ustedes llegaron hasta aquí, pero yo para este punto ya me he quedado sin historia. No hay muchos detalles que pueda recordar. En este momento estoy tendida sobre el piso de la parte oscura del pasillo, pues mis piernas fueron arrancadas de un zarpazo (con todo y hueso, al parecer). Seguramente mis tripas están regadas y palpitando. ¡Vaya terrible imagen! Siento un líquido rodeando las palmas de mis manos, pero no puedo diferenciar si es sangre caliente o la leche fría derramada de mi tazón, que también yace en el suelo. No puedo moverme. No tengo ya la habilidad de levantar la cabeza y ver la escena. Incluso si pudiera, no hay mucho que observar: este fragmento del pasillo no se iluminará hasta que la luz del sol entre por la ventana, dentro de tres o cuatro horas.

Como ya mencioné, nadie se despierta a esta hora, por lo que la posibilidad de que me encuentren aquí antes de que muera desangrada es bastante nula. Lamento mucho no haber visto lo que sea que tomó la otra mitad de mi cuerpo. Me pregunto: ¿Por qué solo la mitad? Y, sobre todo: ¿Por qué esa mitad? Una creería que la parte más útil de su cuerpo es la superior. ¿Pero útil para qué? ¿Qué se puede hacer con medio cuerpo?

¿Habrá sido esto un castigo o solo tuve mala suerte? ¿Seguiría completa si me hubiera esperado hasta las 3:05 para salir de mi habitación? ¿Por qué siento el sabor a sangre en mi boca si lo que perdí fueron las piernas?

Alguna vez leí que la cabeza de un humano puede sobrevivir hasta 15 minutos después de ser desprendida de su cuerpo. Ojalá hubiera leído sobre todos los escenarios, así sabría cuánto tiempo más estaré aquí tendida, inmóvil, consciente de mis sentidos mientras se van debilitando, perdiendo fuerza.

 

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Alexis Bonifacio

Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la UCI.

Principiante en todo.

Twitter: @bonicleo 

Blog: https://bonicleo.wordpress.com/

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