MISTICISMO

 

Emiliano González

 

El libro Misticismo (1911) de Evelyn Underhill, al ser objetivo y subjetivo, me lleva a mis propias conclusiones.

Para probar que las cosas físicas son sólo apariencias, Underhill da como ejemplo la realidad formada por los átomos, partículas que el ojo humano no percibe. Yo diría que no las percibe para que el humano no se tropiece al caminar ni tome una cosa por otra. Las cosas físicas, como apariencias para ocultar la verdad, son más comparables con los significados falsos que tienen que con la realidad de los átomos. Al tener significados verdaderos y exactos las cosas adoptan índoles trascendentes, espirituales. Underhill compara al humano ante las apariencias con el ojo incapaz de ver átomos, para dar verosimilitud a una imprecisión. Los atomistas griegos, estudiados en filosofía, le dan la oportunidad de referirse a los átomos.

Las apariencias pueden clarificar y ayudar, no sólo molestar o impedir el conocimiento. Como ilusiones, son positivas porque protegen al humano: no pueden ser comparadas con ilusiones engañosas. Gracias a la imposibilidad de ver átomos podemos caminar normalmente, sin tropezar ni caer; en cambio, las cosas con significados falsos son malignas y pueden provocar tropiezos y caídas. Por eso es bueno dar significados verdaderos a las cosas. De ahí el arte, la filosofía, el misticismo.

Para Ruysbroeck, la unión mística con el cosmos no implica pérdida de la personalidad sino sólo suspensión de ésta, como cuando se habla de suspensión de juicio o de incredulidad. La personalidad mística, voluntariosa, dominadora de las emociones, no se ve doblegada por su unión con la divinidad. La mística es una especie de “dialéctica del corazón”, de la sensibilidad, pues se propone disipar apariencias para llegar a la verdad, pero no la alcanza por la razón sino por la emoción y la intuición. Ser místico es “tocar el cielo”, para emplear palabras de Blake.

El joven rey, en el cuento de Wilde, al separarse de ropas que han implicado vanidad y crueldad, incluso homosexualismo, se une con la Naturaleza y aparece vestido con harapos y luego con los rayos del sol, es decir, desnudo, mostrando una inocencia edénica.

El cosmos y lo humano logran su movimiento gracias al amor. El amor del humano por la armonía cósmica de Dios –coincidencia de las partes con el todo– permite la experiencia mística. El espíritu o “daimon” que une cielo y tierra, mente y cuerpo, es el amor.

“Ama y haz lo que quieras”, dicen San Agustín y Aleister Crowley.

La unión de lo particular y lo general, de lo humano y lo divino, de lo natural y lo sobrenatural, de lo aparente y lo absoluto, de lo visible y lo invisible, constituye la experiencia mística. La unión de todos los elementos naturales forma la sobrenaturaleza, que puede encarnar en manifestaciones particulares.

La unión con la divinidad puede lograrse después de la contemplación, voluntaria y deliberada, y del éxtasis, inevitable y normal. La purificación lleva al místico lejos del orgullo y del egoísmo de los individualistas y al considerarse como microcosmos el místico es organizado y alcanza la armonía del macrocosmos, el ritmo universal.

Éxtasis es culminación del placer amoroso, pero también vuelo del alma lejos del cuerpo.

Emerson observa que al ser asimilada por el alma original, que ha creado todas las cosas y las hace subsistir, el alma humana fluye en todas ellas, que se mezclan. El humano simpatiza con sus estructuras y leyes. “Este sendero es difícil, secreto y acosado por el terror. Los antiguos lo llamaban éxtasis o ausencia: salir de sus cuerpos y pensar”.

Toda la historia religiosa contiene vestigios del trance de los santos: una beatitud, pero sin ningún signo de gozo, ni brillante ni solitario ni triste; “el vuelo”, lo llamó Plotino, “del solitario hacia el solitario, el cerrar los ojos…”. De ahí nuestra palabra Místico. Los trances de Sócrates, Plotino, Pascal, Swedenborg y otros vendrán fácilmente a la mente. Pero igual vendrá a la mente el acompañamiento de la enfermedad. La beatitud llega con terror y sobresaltos a la mente receptiva. Da un exceso de información al “alojamiento de arcilla” y enloquece a los hombres, o les da cierta inclinación violenta, que mancha sus juicios. En los principales ejemplos de iluminación religiosa, algo mórbido se ha mezclado, a pesar del incontestable incremento de poder mental. ¿Debe el más alto bien arrastrar una calidad que lo neutraliza y desacredita?

Inevitable como el éxtasis es “la oscura noche del alma”, en que debido a la ausencia de Dios aparecen demonios que enferman al místico, volviéndolo anormal. Underhill afirma que un éxtasis puede ser tan profundo que impide tocar o caminar, cuando los miembros del cuerpo están atados con el sentimiento del amor. Un éxtasis saludable es prerrogativa de los místicos, “tal vez porque una pasión tan grande, una concentración tan profunda puede ser producida por algo tan grande como el inflamado amor de Dios. Pero como la técnica de la concentración es empleada más o menos conscientemente por todo tipo de genios creativos (por inventores y filósofos, por poetas, profetas y músicos, por todos los seguidores de la Estrella Triple, no menos que por los santos místicos) también esta apoteosis de la contemplación, el estado extático, a veces aparecen en forma menos violenta, actuando sana y normalmente, en personalidades artísticas y creativas desarrolladas por completo. Puede acompañar las intuiciones proféticas del visionario, la lucidez de los grandes metafísicos, la suprema percepción de belleza y verdad de los artistas. Como el santo que es “atrapado por Dios”, así estos artistas y filósofos son atrapados por su visión: la aprehensión de la Vida Absoluta. Esas sensaciones gozosas, expansivas, abiertas, características de la conciencia extática, son también de ellos. Sus creaciones más grandes son traducciones para nosotros, no de algo que han pensado, sino de algo que han conocido, en un momento de unión extática con la gran vida del Todo”.

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Imagen de cabecera: The Ancient of Days de William Blake (1794).

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Emiliano González

Autor de Miedo en castellano (1973), Los sueños de la bella durmiente (1978, ganador del premio Xavier Villaurrutia), La inocencia hereditaria (1986), Almas visionarias (1987), La habitación secreta (1988), Casa de horror y de magia (1989), El libro de lo insólito (1989), Orquidáceas (1991), Neon City Blues (2000), Historia mágica de la literatura I (2007), Ensayos (2009) y La ciudad de los bosques y la niebla (2019).

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