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TRES LIBROS QUE EXPLORAN EL ECOTERROR

 

Alejandra R. Montelongo

 

Normalmente se tiende a ver a la naturaleza como una fuente inagotable de recursos, un espacio dispuesto para su explotación; sin embargo, esta visión antropocentrista ha propiciado problemáticas actuales como el calentamiento global, la sobreexplotación de los recursos y diversas crisis sanitario-ecológicas. Ante ello, la literatura, por medio de los géneros especulativos, ha cuestionado la manera actual en que nos relacionamos con el planeta; como ejemplos: El cielo de la selva (2024) de Elaine Vilar Madruga, Un pájaro en el ojo (2021) de Xóchitl Lagunes y Mugre rosa (2020) de Fernanda Trías. Obras que analizaremos a continuación desde la ecocrítica y el body horror.

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El cielo de la selva

Elaine Vilar Madruga

“Vendrá la noche y junto a ella el latido de los grillos. La hacienda se convertirá en un montoncito de nada que la oscuridad se tragará con su boca de monstruo”.

Así inicia El cielo de la selva de la escritora cubana Elaine Vilar Madruga, una novela polifónica con una escritura colindante a la prosa poética, la cual narra la historia de un grupo de mujeres refugiadas en una selva. Ellas han llegado hasta allí escapando de la violencia, sin embargo, para poder permanecer bajo el cuidado de la selva, cada cierto tiempo deben ofrecer en sacrificio a sus hijos, hundiendo el cuchillo en la carne de los niños para que la selva beba y sacie su sed y hambre.

La novela se enmarca en el registro del gótico botánico u horror vegetal, un subgénero originado en la época victoriana con la exploración de zonas tropicales, el coleccionismo de plantas exóticas y la divulgación del estudio de Darwin sobre las plantas insectívoras. Sin embargo, en El cielo de la selva no es sólo un elemento vegetal el amenazante, sino todo el entorno. Remitiendo a obras como La vorágine de José Eustasio Rivera o Los pasos perdidos de Alejo Carpentier, donde se desmitifica el estereotipo “edénico” de los espacios selváticos, en la narrativa de Elaine el escenario se transforma en un personaje hostil y sádico, una diosa devoradora, una especie de “infierno verde”.

El ser humano a lo largo de los siglos ha buscado la manera de separarse y domesticar la naturaleza, ese espacio visto en muchas ocasiones como hostil y amenazante por las fuerzas telúricas y desconocidas que lo dominan. Es ahí, en la naturaleza, que los primeros monstruos surgieron al intentar el hombre encontrar explicaciones a los fenómenos y es también aquí donde el ser humano corre el riesgo de des-domesticarse y regresar a sus instintos, recuperando así su parte bestial.

La selva propicia que los personajes se extravíen en ella, ya sea de forma física, moral o psicológica; deambulan como si éste fuese un espacio donde los límites entre lo vivo y lo muerto se diluyen, de la misma manera en que el tiempo y el espacio se distorsionan. Es interesante notar que, simbólicamente, la selva es asociada a lo femenino, a la matriz, debido a que es fuente de regeneración y abundancia; pero también, al mismo tiempo, es símbolo de lo inconsciente debido a su profundidad y a la oscuridad. Así, ese deambular por la selva no representa sólo perderse de forma física, sino también adentrarse a lo inconsciente, a nuestra bestialidad negada, a las pulsiones, los deseos sexuales y ansia por sobrevivir así sea aniquilando al otro.

De tal modo, en la novela no sólo se desmitifica el espacio selvático, sino también el hogar y la madre. Lo siniestro se abre paso dentro de lo familiar. Las figuras y lugares que deberían de ser un refugio se tornan amenazantes de la misma manera en que el entorno latinoamericano ha adquirido esa connotación debido a las diversas problemáticas sociales como las revueltas políticas, el narcotráfico, la trata de personas y los efectos del cambio climático.

La novela de Elaine Vilar Madruga evidencia la dinámica basada en la explotación de los Otros a través de la figura de la selva devoradora y las mujeres obligadas a gestar y parir criaturas que ya no consideran hijos sino crías para consumo. En la actualidad, líneas de pensamiento como la ecocrítica y el ecofeminismo han denunciado que tanto la dominación sobre las mujeres como la explotación de los entornos naturales obedecen a la misma lógica patriarcal y capitalista que ve a los Otros como objetos de consumo y mide su valía a partir de su productividad.

Así, en la novela observamos desde los primeros capítulos la preocupación y coraje de la protagonista, Santa, al darse cuenta de que ha dejado de menstruar y, por lo tanto, con la llegada de la menopausia dejará de ser útil para la dinámica familiar. Santa asume la injusticia del sometimiento que ha tenido que vivir al ser reducida a gestadora; sin embargo, su coraje lo vuelca sobre sus hijos al ansiar probar también ella la carne producida por su útero. Lejos de romper el patrón, Santa anhela tomar el rol devorador de la selva.

Elaine Vilar Madruga consigue con esta novela abordar la maternidad y lo femenino de manera cruda. Encontramos madres que imponen destinos a sus hijas, mujeres que se niegan a gestar, madres adoptivas que aman a sus crías incluso más allá de la especie, mujeres sumidas en la prostitución y la droga que con ternura abrazan a sus muertas, niñas perversas que disfrutan el horror ajeno… La novela nos invita a adentrarnos en una selva de voces y rostros femeninos para mirar la bestialidad humana y cuestionar los sistemas devoradores que hemos normalizado.

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Un pájaro en el ojo

Xóchitl Lagunes

Desde el dualismo cartesiano cobró fuerza una tradición filosófica que privilegió la separación entre la mente racional y el cuerpo como parte del mundo material, concibiendo así a ambas sustancias como cosas distintas. Esto ha creado una brecha y distanciamiento con nosotros mismos al privilegiar nuestros procesos mentales como fundamento de nuestra identidad. Un libro que apuesta por enfrentarnos a lo bestial para romper el límite entre lo humano y la naturaleza es Un pájaro en el ojo de la escritora mexicana Xóchitl Lagunes.

El libro está conformado por dieciséis cuentos que pueden enmarcarse en el body horror, un subgénero literario que se encarga de explorar el cuerpo humano desde su vulnerabilidad y transgresión a través de mutilaciones, enfermedades, parásitos o deformaciones. Algunos antecedentes de este subgénero los encontramos en obras como La metamorfosis de Franz Kafka, Frankenstein de Mary Shelley, y en películas como Blood Feast, Alien, La mosca o El hombre elefante.

El horror corporal explora la pérdida del control sobre nuestro cuerpo, se enfoca en la carne y su descomposición, mutilación o transformación. Presenta el cuerpo como un receptáculo frágil y nos permite abordar los temores que despiertan procesos biológicos como la enfermedad y el deterioro. Desde una visión feminista, nos permite también explorar cuerpos no normativos y cuestionar la sexualidad y la violencia mostrando cómo algunas estructuras sociales condicionan la identidad a partir de lo corpóreo. Se abre así la posibilidad de metaforizar la maternidad, la presión cultural o religiosa, la sexualidad.

De tal modo, este tipo de literatura logra desplazar la otredad al cuerpo mismo; el monstruo ya no se encuentra en el exterior, ni dentro, en la mente, sino que es nuestro contenedor, somos nosotros mismos. Si para Descartes cuerpo y mente son cosas separadas, el body horror pone a prueba esa separación y obliga a la mente a experimentar un cuerpo abyecto que ha dejado de obedecerle, mostrando la angustia ante la imposibilidad de mantener intacta la autonomía de la conciencia ante un cuerpo que se descompone o desarticula ante la corrupción. Si para la fenomenología de Merleau-Ponty los humanos no habitamos un cuerpo sino que somos un cuerpo, el horror corporal responde cuestionando: ¿Qué tanto la deformación transforma nuestra identidad? ¿La mutilación, hibridación o contaminación del cuerpo modifica quiénes somos? ¿La monstruosidad corporal nos vuelve monstruos?

Así, este subgénero pone en tensión nuestras experiencias corporales cuestionando y poniendo en crisis las categorías con las que hemos intentado comprendernos. Un aspecto que destaca en la obra de  Xóchitl Lagunes es la manera en que logra unir el género con elementos botánicos, fúngicos o entomológicos. Así, vemos hormigas caminar por debajo de la piel, seguimos el crecimiento de una crisálida dentro del útero humano, la hibridación de la piel con el musgo, un pájaro diminuto atrapado en la retina, la transformación del cuerpo en hongo y la infestación de gusanos dentro del cuerpo, entre otras situaciones que nos llevan a desdibujar la distinción cartesiana entre sujeto y naturaleza.

Lo orgánico, entendido como aquello que escapa al dominio de lo racional y por ende unido a lo salvaje y los instintos, se fusiona con los otros reinos biológicos. Al momento de que la autora hace énfasis en lo corporal y procede a invadir ese espacio que debería ser el más íntimo y seguro, lo que realiza es eliminar todo refugio y borrar las barreras entre lo humano y la naturaleza. Con ello, la autora cuestiona la obsesión por domesticarlo todo, desde nuestro entorno hasta nuestras pulsiones e instintos. Los animales, hongos y plantas se fusionan al cuerpo humano, lo enrarecen, lo deforman, lo vuelven algo amenazante, y los personajes pasan a ser espectadores atrapados dentro de su propia piel.

Lo fantástico aflora al no saber en muchas de las narraciones si la transmutación es producto de una alucinación o si, en efecto, las leyes del mundo se han trastocado convirtiéndonos a los seres humanos en entes vulnerables a la infestación de agentes externos. Desde la ecocrítica, Un pájaro en el ojo colapsa la piel como frontera y nos enfrenta a lo que hemos intentado dominar y domesticar. La carne humana vuelve a ser parte del sistema ecológico y los papeles de explotación, extractivismo y destrucción se invierten, en algunas narraciones, con violencia; en otras, con una inquietante sensación de paz y liberación.

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Mugre rosa

Fernanda Trías

Por años el antropocentrismo nos ha llevado a creer erróneamente que el ser humano puede sobreexplotar la naturaleza sin consecuencia alguna y que todo lo que se haga en nombre del progreso vale la pena. Ante esto, la novela Mugre rosa de la escritora uruguaya Fernanda Trías nos narra un futuro cercano donde los desechos de las empresas cárnicas han contaminado un río al grado de que los peces han muerto y las personas que se acercan a él contraen una enfermedad que los despelleja hasta quedar en carne viva. Por si esto fuese poco, cada cierto tiempo los fuertes vientos elevan las algas que producen dicha enfermedad y las arrastran hasta la ciudad, obligando a las personas a permanecer encerradas durante días.

Desde la sinopsis algunos lectores pueden pensar en su conexión o similitud con el encierro que vivimos en la pandemia de 2020; sin embargo, por increíble que parezca, la autora escribió la novela antes de la aparición del COVID-19. La inspiración para la trama llegó a ella tras una época de pesadillas recurrentes al vivir cerca de una planta nuclear y temer e imaginar el qué pasaría si hubiese un accidente. La autora, por medio de paratextos, ha llegado a compartir fragmentos de sus sueños donde, después de huir o creer estar a salvo, descubría lo contrario:

De pronto miraba hacia abajo, hacia mis piernas y mi vientre, y veía cómo la piel se me había desprendido en jirones del cuerpo. O miraba a los demás y los veía convertirse en animales monstruosos, hombres con patas de dinosaurio, su piel estallando como pústulas hasta exponer la carne.

Trías, Fernanda. (2023)

Al despertar, sin embargo, Trías debía ignorar sus sueños y temores y seguir viviendo, guardando cerca, al igual que el resto de sus vecinos, las pastillas de yodo por si las pesadillas se volvían reales. Dentro de la novela, la protagonista vive también en ese espacio apocalíptico donde la crisis ya ha estallado, pero ella y el resto de los habitantes se ven obligados a seguir con sus vidas, normalizando la enfermedad, sus horrores y la muerte. Fernanda Trías nos lleva a mirar de frente el colapso y nos impela:

Tarde o temprano todos deberemos mirar de frente el tamaño de nuestra pérdida. ¿De qué tamaño es? ¿Cinco mil libras, el peso del último rinoceronte blanco extinto en 2018? ¿Sesenta mil, la cantidad de koalas arrasados en el incendio forestal de Australia? ¿Dos punto tres millones, las hectáreas del Amazonas que se desforestaron solo en 2020? ¿Cincuenta y seis mil millones, la cantidad de animales que sacrificamos en un año para la industria de la alimentación? ¿O acaso el peso incalculable de la ausencia de futuro?

Trías, Fernanda. (2023).

Cuando leemos Mugre rosa no podemos dejar de pensar en el presente y sentir que el futuro ya nos ha alcanzado. Ahí está la lucha por Topolobampo, donde se quiere construir una planta de amoniaco pese al ecocidio que este proyecto representa y los riesgos sanitarios que implican la muerte de todo lo que se encuentre a 15 km a la redonda en caso de una fuga de tan sólo 5 minutos; ahí está también el pozo de PEMEX que desde hace más de 130 días presenta fuga de gas e hidrocarburos en Choapas, Veracruz, y ya ha aniquilado la vegetación y la fauna y ha contaminado los cuerpos de agua; tenemos el caso de la cuenca Lerma-Santiago tan contaminada que en el año 2008 un niño murió envenenado tras caer en sus aguas. Leer Mugre rosa es mirar un espejo de nuestra sociedad acostumbrada a la crisis y el horror, una sociedad que ha dejado de ver el peligro, que lo ha normalizado con tal de ignorar la ansiedad y seguir viviendo, seguir produciendo, seguir siendo funcionales para el mismo sistema que ha causado la crisis. Leer Mugre rosa es leernos y mirar hacia dónde nos dirigimos.

Hay un personaje en la novela que llama especialmente la atención, Mauro, un niño que padece el síndrome de Prader-Willi, una enfermedad genética real que provoca un apetito insaciable al afectar al cromosoma 15 y atrofiar el funcionamiento del hipotálamo, estructura cerebral encargada de regular el hambre y la sed, llevando a quien lo padecen a sufrir obesidad mórbida. El  personaje de Mauro funciona perfectamente como una metáfora de nuestra sociedad. Vivimos hambrientos de consumismo, de prestigio, de placer, de seguridad; somos una sociedad que se ha volcado en la producción y el capitalismo, existimos para ser productivos y para consumir. Hemos perdido cualquier sentido de vida que no sea el tener más, ser más, aparentar más. Y justo ese estilo de vida, esa falta de saciedad nos está llevando a destruir nuestros cuerpos y nuestro planeta.

Mugre rosa nos presenta un ambiente sumido en el ecoterror con elementos del body horror; sin embargo, a pesar de tratarse de una novela apocalíptica, lo inquietante de la narración aparece en la normalización de la crisis, en ese intentar seguir con las rutinas a pesar del caos y la angustia, esa búsqueda humana de procesar el duelo cuando todos los vínculos ya se han destruido y no queda más que rememorar y rememorar lo perdido en busca del momento en que pudimos hacer las cosas de forma diferente. Trías nos ofrece una novela profunda y nos invita a mirar de frente el desastre al que nos dirigimos, porque, después de todo, tal vez el papel de la literatura sea dar testimonio, no cerrar los ojos ante el horror, pues como su protagonista menciona: “Alguien deberá contar el fin del mundo, incluso aunque no haya a quién contárselo”.

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REFERENCIAS

Vilar Madruga, Elaine (2024): El cielo de la selva. Elefanta editorial.

Lagunes, Xóchitl (2021): Un pájaro en el ojo. Casa Futura.

Trías, Fernanda (2020): Mugre rosa. Random House.

Trías, Fernanda. (2023). “Ecoansiedad y el proceso creativo en Mugre rosa”. Mora (Buenos Aires), 29(2), 10. https://doi.org/10.34096/mora.n29.2.13931

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Alejandra Rodríguez Montelongo

Zacatecas (1993).

Psicóloga y maestra en Literatura Hispanoamericana.

Suele conjurar lo fantástico y lo siniestro escondido en la tinta de las escritoras.

Es autora del libro de cuentos Canto de enredaderas (2021).

Ha sido becaria del PECDA y fue reconocida en 2021 con el Premio Estatal de la Juventud (Zacatecas) en la categoría de Literatura.

Ganadora del Premio Nacional de Cuento José Alvarado 2026 por Camándula de acacias.

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