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SINNERS

MÚSICA, COMUNIDAD, LIBERTAD, VAMPIRISMO

 

Juan Manuel Díaz

 

En los círculos cinéfilos, tanto hollywoodense como de horror/terror, Sinners de Ryan Coogler —junto con Frankestein de Guillermo de Toro— fue el acontecimiento del año pasado. Micheal B. Jordan, actor protagónico de Sinners interpretando a dos hermanos gemelos, se llevó el Oscar este año. Y la película fue nominada a mejor película en los mismos premios. No que las películas premiadas por la Academia sean las mejores del año, de hecho, en mi opinión lo más interesante del cine queda afuera de los Oscars; sin embargo, creo que no debe pasar por alto que una película de género (ciencia ficción, terror, fantasía) haya sido nominada. Tampoco es que haya sido la primera vez. El señor de los anillos siempre se ha considerado como “cine serio” en Hollywood y en 1977 Star Wars fue nominada a mejor película. No es algo enteramente nuevo, pero el terror había estado un tanto más alejado de haber sido considerado como un género que se considerara más o menos serio.

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No quiero discutir aquí si el reconocimiento de Hollywood es el estándar para considerar una película, sino la movilidad del género de terror hacia el centro de las industrias culturales estadounidenses y, por lo tanto, en cierto grado mundial —aunque esto está cambiando—. Si me lo preguntan, me parece que pasa por mecánicas representacionales del propio género. Siempre el género cinematográfico es un laboratorio ideológico donde la sociedad se piensa a sí misma, reflexiona sobre sus orígenes y trata de construir una mitología contemporánea. Basta con ver el ejemplo del cine de oro mexicano o el western en EE.UU. Y el género, bajo la protección de la inocuidad de la ficción, puede esconder las tensiones que subyacen en la sociedad que lo producen. Ya lo mencionó Rahel Jaeggi: no hay nada más ideologizado como aquello que se presenta como desideologizado y sin pretensiones políticas.

En este tenor, estamos viendo una gran ola del terror comercial que justamente trata las tensiones que se encuentran bajo la superficie de la civilización occidental. Y no hay mejor forma que presentar estas tensiones y contradicciones de las sociedades occidentales que utilizando el arquetipo del vampiro. En Sinners, unos hermanos están abriendo un juke joint, un establecimiento que funciona como bar y como lugar para escuchar música y bailar durante la década  de los 30 en Mississippi, EE.UU. Los protagonistas son dos hermanos afroamericanos que acaban de regresar de Chicago y que —se menciona— tienen lazos con Al Capone, por lo que se configuran como antihéroes, pero cuya condición antitética al héroe tradicional nace de las condiciones de opresión y racismo que las minorías sufrían (sufren) en EE.UU. El juke joint se vuelve símbolo se resistencia y libertad ante la opresión blanca supremacista.

¿Dónde entra el arquetipo del vampiro? De ninguna manera haré un estudio de la evolución del arquetipo del vampiro, es muy extenso y estoy guardando ese trabajo para cuando escriba sobre Nosferatu. Pues bien, el vampiro no es otra cosa que la sombra jungniana del sujeto consciente. Aquello que queremos reprimir, pero que se presenta como una hambre insaciable. Son tanto los apetitos corporales que desbordan la psique consciente manifestando el máximo apetito prohibido: vivir para siempre. El vampiro pasó de ser un cadáver moviéndose a la figura aristocrática vinculada con Bram Stoker —Drácula— y hasta reinvenciones contemporáneas. No podemos negar, además, el deseo sexual irrestricto desde la potencia del patriarcado por el control de los cuerpos.

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En la cinta, se presenta como la alternativa de la libertad absoluta. Unos vampiros atacan el juke joint de los gemelos presentando una alternativa: puedes ser libre, pero a costa de la humanidad. Como si la moraleja de la historia fuera que para liberarte de la opresión tuvieras que dejar de ser humano o convertirte en algo más. El líder de los vampiros que atacan el establecimiento, Remmick (de origen irlandés), narra cómo hombres con cruces invadieron sus tierras y los obligaron a abandonar sus creencias. Remmick también fue un oprimido; a él también el vampirismo lo liberó.

Lo que separa a la cinta de otras cintas, además de los matices del género del home invasion (cinta de terror en donde invasores buscan invadir una casa; el mejor ejemplo es Funny Games de Micheal Hanneke), es la incorporación de la música, la cual se vuelve un elemento narrativo y estilístico preponderante en la cinta. La película casi se vuelve un musical con secuencias musicales tanto de protagonistas como de villanos. El elemento narrativo en la cinta indica que la música y que ciertos músicos dotados son capaces de invocar a los espíritus del pasado y del futuro. En una secuencia vemos cómo espíritus de músicos convergen en el juke joint gracias al virtuosismo de Sam, un guitarrista primo de los gemelos. Y de ahí la razón de la invasión de los vampiros. Remmick quiere que Sam toque para invocar a los espíritus de su comunidad exterminada hace mucho tiempo. La música se vuelve ese puente por medio del cual se construye una comunidad, independientemente de que los miembros de ésta hayan fallecido.

Aquí hay una relación entre cuatro elementos: música, comunidad, libertad y vampirismo. Temáticamente, estamos viendo los mecanismos de autonomía y rebeldía por parte de las comunidades subyugadas por las comunidades blancas. Inclusive, hacia al final de la cinta, vemos quiénes son los verdaderos villanos: el Ku Klux Klan, quienes buscan asesinar a los gemelos por atreverse a abrir un establecimiento para gente afroamericana. También, la música —en tanto cualidad liberadora— es pecaminosa, particularmente el blues, esa música que se originó en las plantaciones del delta del Mississippi. El vampirismo comparte dichas cualidades: es pecaminoso, pero liberador. Y ambas —la música y el vampirismo— crean comunidad.

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El grupo de vampiros de Remmick comparten una mente aunque retienen sus conciencias y personalidades, y se consideran a sí mismos como una familia. De esta manera, cada uno sufre la pérdida de uno de sus miembros. El lazo es filial entre los gemelos, pero también es un vinculo emocional con el resto de la comunidad. Ellos nacieron en el pueblo y han regresado a casa para construir algún espacio de libertad, pero dada la opresión, como ocurre en los espacios subyugados, los oprimidos terminan luchando por esas rendijas de libertad. Irlandeses y afroamericanos terminan luchando por las sobras del sistema de opresión blanco. No hay que olvidar que, durante el siglo XIX, los irlandeses eran racializados como “no blancos”, es decir, no eran considerados hombres blancos y ganaron su condición “blanca” cuando se incorporaron a los mecanismos de represión supremacista blanca capitalista; dicho de otro modo, se incorporaron a las fuerzas armadas y a la policía.

No me parece exagerado que Sinners (pecadores: término dirigido a afroamericanos, vampiros, minorías y aquellos que buscan liberarse de la opresión) se vuelve un juego de espejos para reflejar los mecanismos de control de la sociedad estadounidense, en sí misma supremacista, pero bajo la alegoría del vampirismo como mecanismo de liberación. En suma, el pecador no es otra cosa más que aquella persona que busca liberarse de su dominación. Sinners rechaza la idea de que aceptar tu condición de dominado y explotado te dará lugar en el paraíso; aquí se le llamará pecador al rebelde, porque al final es necesaria esa rebeldía.

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Juan Manuel Diaz de la Torre

Nací en la Ciudad de México un 11 de octubre de 1985.

Ese día fue viernes y debí nacer a las 6 de la mañana, pero llegué hasta las 8.

Tal vez por eso me gustan los viernes y dormir hasta tarde.

Soy escritor de poesía, cuento, novela y viñeta, aunque mi trabajo diurno es ser profesor e investigador.

En realidad, creo que mi chamba es comunicar: sin importar que sea una reflexión en forma de cuento, un análisis de una película o algún apunte sociológico, lo único que hago es comunicar.

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