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¿POR QUÉ LAS HISTORIAS DE LICÁNTROPOS?

 

Jorge López Landó

 

 

A muchos nos gustan los zombis, los fantasmas, los vampiros o los asesinos seriales, pero el hombre-lobo es un monstruo aparte, una bestia encantadora que lo mismo da miedo que lástima, porque vive atormentada y muere por amor. Por eso escribimos de ella.

Pero, ¿qué nos atrae de estas criaturas carnívoras incapaces de controlarse, que siempre ceden a sus instintos más salvajes, despedazando personas y muriendo a manos de quienes los aman? Se lo debemos todo, o al menos gran parte, a Curt Siodmack, quien escribió el guion de The Wolf Man, cinta protagonizada en 1941 por Lon Chaney Jr.

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En esta película vemos a un hombre adolorido por saberse enfermo y no poder estar con la mujer amada debido a su condición. El fenómeno lo vemos ya más acentuado con la obra máxima de John Landis: An American Werewolf in London (1981), una historia en la que el protagonista no sólo sufre por la dolorosa transformación, sino también porque se asume como una amenaza y se despide de sus seres queridos al intentar evitar ser protagonista de una carnicería más en la capital inglesa.

Ambas cintas nos ofrecen la médula que toda trama de licántropos seria debe tener: aflicción por saberse la causa del mal y resignación al comprender que sólo la muerte puede terminar con la maldición. ¿A dónde nos lleva esto? A la empatía del espectador por el protagonista, que no por el monstruo. Todo se resume en una enfermedad terminal que poco a poco hace perder la humanidad del paciente hasta reducirlo en un cánido que se rige por su ferocidad, incapaz de frenar su hambre insaciable y resistiéndose a ser domesticado.

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Por un lado, hay quien compara este fenómeno con la adolescencia, que es una búsqueda de la identidad con una mezcla de descontrol hormonal, dudas existenciales y la constante incertidumbre generada por un futuro que no sabemos cómo va a llegar, pero que amenaza con ser devastador y cimbrar hasta lo más profundo del individuo que experimenta esta metamorfosis. No se es niño, pero tampoco adulto, igual que el licántropo, que ha dejado de ser hombre para convertirse, al menos en las noches de luna llena, en una especie de animal que todo lo devora.

Creemos que el asunto termina con la muerte del monstruo o con la llegada de los 18 años de edad, cuando la vida se supone que empieza a tener sentido (al menos administrativo, porque socialmente seguimos en la búsqueda). Y es este descontrol precisamente el que pone en perspectiva las prioridades del contagiado, del enfermo, del licántropo. ¿Qué puede más? ¿Su raciocinio? ¿Su instinto salvaje? Sabe que no puede ser domado. Vaya, ni siquiera puede controlar su cuerpo durante la metamorfosis, pero cree que va a soportar la carga emocional de andar por la noche destrozando a quien se le ponga enfrente. La moralidad se antepone nublando su cordura. Este es, usualmente, el principio del fin.

Luego está eso de no tener memoria de nada, o al menos no completa. El hombre-lobo recuerda hasta el momento previo a su cambio y recupera la memoria hasta que vuelve a andar erguido y es un humano de nuevo, aunque sólo en apariencia. Comprende que la maldición debe terminar una vez que se percata de que esa persona a quien más quiere corre peligro. Los demás no importan tanto, los desmembró y ya, pero aquel ser amado es el que más le cala y no puede darse el lujo de matarlo. Por eso asume su destino, aunque muchas veces es tanta su soberbia que prefiere aguantarse el orgullo y seguir disfrutando de no ser un vegano, ingiriendo carne, aunque sea humana, cada mes.

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Y aquí es donde todo aquel que escribe terror y particularmente historias de licántropos debe elegir cuál camino recorrer. Por un lado está el del ser atormentado por la suerte maldita de que se le deforme el cuerpo mientras grita de dolor, terminando como un híbrido entre un hombre y un caníbal de cuatro patas (a veces, no siempre), mordiendo a diestra y siniestra a sus congéneres; por el otro, asumir su estado y disfrutar del placer mundano de comer sin culpa y matar sin distingo.

En lo personal, prefiero la primera opción porque, a final de cuentas, es esa la premisa de todo humano atormentado por la disyuntiva entre la moral y la calidad animal. Considero que es más fácil escribir sobre un monstruo que todo lo destruye, sin raciocinio ni emociones, a hacerlo sobre un humano que, bajo ciertas condiciones previamente establecidas y explicadas en el texto (porque no hay nada más burdo que una novela o cuento de hombres-lobo sin motivación ni explicación), está resignado a dar fin a su existencia por temer hacer daño a los demás.

Aquí entran otras opciones, factores que dan cierto cariz a la historia enfatizando con su crudeza o la carencia de ella el tono que se busca y el grado de empatía que vamos a generar en nuestros lectores.

Prefiero irme por el lado del débil, del enfermo que sufre al convertirse no solamente en monstruo, sino en un ente incapaz de socializar y que además le gusta mordisquear a otros, probablemente contagiándolos si quedan vivos, a menos de que tengan suerte y terminen muertos.

La literatura sobre estos seres es vasta. Desde Guy Endore, el clásico, hasta leyendas del siglo XX, como Stephen King o Clive Barker, han abordado de igual forma el tema. El dilema existencial entre el ser y el deber ser no termina nunca, por ello muchos seguimos escribiendo sobre criaturas feroces que entregan su vida por amor. El mismo Drácula es quizás el ejemplo más claro de esto al recorrer Londres buscando a la mujer deseada. Igual, el licántropo anda las calles o los páramos en pos de saciar no nada más su hambre, sino también su instinto explorador al husmear por todos lados probando distintos cortes: un brazo, una pierna, un pulmón o el hígado arrancados a un incauto que se le atravesó.

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Las novelas o cuentos de hombres-lobo son una afición distinta. Creo que tiene su origen en un dejo de empatía que la parte humana de la bestia provoca en nosotros los autores. Esto es lo que nos motiva a reescribir su historia una y otra vez, porque buscamos redimirnos impidiendo a nuestra parte humana y sensible darse por vencida ante la vorágine que implica vivir en un mundo que gira veloz.

Escribo sobre licántropos porque me dan miedo, pero también porque me duelen. No soy uno de ellos, nadie lo somos, pero busco redimirme, estoy seguro de ello, al narrar sus historias que siempre, aunque sea poco, tienen algo del Jorge que soy.

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En «De licántropos y otros enfermos» compartiré algunas reseñas y ensayos sobre obras literarias de terror y ficción especulativa.

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Jorge López Landó

Nació el miércoles 26 de diciembre de 1973 en Ciudad Juárez, Chihuahua, México.

Es periodista, editor, traductor y docente. Ha participado con poesía, narrativa, ensayo y crónica en diversas publicaciones
nacionales y extranjeras.

Es autor de los poemarios De Mónica o el revólver, Mónica odia el bossa nova (pero los fines de semana baila swing), Mónica abre el rompecabezas de fuego (y descubre que aún hay jazz) y de la plaquette El día que Art Blakey murió.

También, de las colecciones de cuentos Feral y Branquias,

Además, es coautor (junto con Mario A. Alcalá) de Lupus y Cuentos para noches de insomnio, así como de Cuando en la guarida (junto con Óscar Armando Rascón).

Es cofundador de la editorial Huargo, especializada en terror y ficción de lo extraño.

 

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