¿POR QUÉ NO PODEMOS OLVIDARNOS DE DAVID?
Jorge López Landó
Tal vez alguien no lo recuerde por su nombre, pero ¿qué tal por sus gritos de dolor o su metamorfosis? ¿O qué tal cuando sueña que está en un sueño o se mantiene dormido en una cama de hospital en medio del bosque? Me refiero al actor David Naughton y al personaje que representó en una película que salió en 1981: David Kessler. ¿Aún no lo recuerdas? La cinta se titula An American Werewolf in London (AAWIL), escrita y dirigida por John Landis y que, gracias al trabajo de Rick Baker, se instituyó la categoría en el Oscar para Mejor maquillaje.
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¿Ya lo recordaron? ¡Claro! ¿Cómo olvidar esa secuencia de la transformación, a plena luz, de hombre a bestia? En mi caso, cuando vi el largometraje por primera vez antes de los 10 años de edad, me marcó al grado de que escribo lo que escribo y en cada uno de mis libros de cuentos hay una historia de licántropos; es mi sello.
Pero ¿cómo es que esta cinta sigue funcionando 45 años después? Son muchos factores. Primero, los dos personajes principales terminan muertos para cuando ya están pasando los créditos al final. Eso es importante porque durante la cinta el director se dedicó a generar empatía por estos personajes de distintas formas. Chuscas algunas, lamentables otras, pero siempre buscó la manera de que conectáramos con David y Jack, su amigo que termina despedazado por otro monstruo, pero que después reaparece pudriéndose porque ya es un cadáver.
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El asunto aquí, y lo que más recordamos de la historia, es esa secuencia de la transformación. De entrada hay que aclarar que desde un inicio fue planeada para llevarse a cabo sin cortes ni con sombras o a media luz. No, el plan de Landis era que tenía que ser en planos donde todo se viera y, gracias al audio, se percibiera como un proceso verdaderamente tormentoso para la víctima, David, a quien le ocurre esto y está consciente de los cambios en su cuerpo, aunque no los entiende.
Vamos por partes. Esta secuencia histórica en el cine de terror inicia hasta pasados los cuarenta minutos de la película y dura solamente tres, pero ese lapso le valió quedar grabada en la historia como, hasta el momento, la mejor metamorfosis de todos los tiempos. Porque sí, no nos confundamos, la transformación de Aullido (cinta que es la única comparable con AAWIL), que dirigió Joe Dante y cuya trama está ligeramente basada en la novela de Gary Brandner, tiene un trabajo bueno a cargo de Rob Bottin, pero este no fue sino el discípulo de Baker, quien abandonó ese proyecto para irse con Landis, aunque esa es otra historia. El proceso que sufre Robert Picardo como Eddie Quist en esa cinta es interesante, pero está basado en vejigas que se inflan con un mecanismo y todo está a media luz, pero hasta ahí. Lo que se hizo en AAWIL es algo diferente. Desde la mano de David estirándose mientras él la ve sin saber qué ocurre, pero le duele, hasta la forma en la que su rostro pierde su forma original, reestructurándose y convirtiéndose en un hocico. Todo, mientras escuchamos no sólo los gritos de desesperación del afectado, sino también cómo crujen y truenan huesos y tendones reformándose.
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Esta es la pieza clave de la historia, la gran aportación de Landis al séptimo arte. Retó a su amigo Rick Baker a crear un diseño de metamorfosis que jamás será igualado. Psicológicamente, ya habíamos visto el sufrimiento del personaje principal cuando Lon Chaney Jr. cambió de hombre a bestia en The Wolfman (1941), pero lo hizo estando sentado en una silla y con cortes a oscuras. Acá no. En Londres vimos cómo, en una pequeña sala de un departamento, un gringo era obligado a tirarse al piso porque sus piernas se deformaban mientras él escurría en sudor y le brotaba pelo por todo el cuerpo.
Asumo que para diseñar todo el efecto tuvieron que estudiar algo de anatomía y psicología, porque actoralmente no debió ser fácil la filmación. Soportar tanto maquillaje y estar gritando todo el tiempo requiere de compromiso. Así es como Landis conectó con el mundo, generando empatía. Primero con un personaje, Jack Goodman (Griffin Dunne), quien es destrozado por las fauces y garras de un hombre-animal que primero nos asustó sin que pudiéramos verlo, sólo oírlo, mientras acechaba a los dos jóvenes estadounidenses en los páramos una noche lluviosa; luego ya lo vimos triste por estar en el limbo pudriéndose. Después llegó el cambio de David, quien no sólo sintió los cambios en su cuerpo, sino que estuvo observándolos durante tres minutos sin entenderlos. Esa sola secuencia es quizá la más terrorífica de todo el largometraje, porque pudimos ser testigos en la pantalla de algo que de forma natural no es posible, violando toda regla biológica. A quienes gustamos de este género, nos deleitó como nadie había podido lograrlo y de una forma que no ha sido superada.
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Quizás el secreto de la fórmula haya estado en mostrarnos el cambio de hombre a bestia, pero no a la bestia completa ya deambulando por Picadilly Circus, en pleno centro de la capital inglesa, destrozando personas. Podemos ver las patas delanteras del monstruo y su hocico. Inclusive apreciamos cómo le arranca la cabeza a un inspector de la policía londinense, pero nunca lo vemos completo ni corriendo, salvo en la secuencia en la que destaza a un hombre en una estación del metro, pero la toma tiene un plano específico para hacernos notar el tamaño de la criatura, no así el detalle. Se tata de una criatura que anda en cuatro patas, contrario a lo que hemos visto tradicionalmente con una bestia bípeda.
Generando una estratagema, Landis publicitó su película como una comedia, engañando al espectador que creyó que acudiría a reírse, cuando lo que vio lo hizo sentirse incómodo. Es una película muy cómica para ser de terror, pero demasiado terrorífica para ser una comedia. Y es precisamente ese balance desbalanceado —por calificarlo de alguna forma— lo que hace de este éxito cinematográfico un deleite para quienes gustamos de historias sobre humanos que se convierten en algo más y después descuartizan a otras personas.
Obviamente, también está el factor romántico donde interviene Jenny Agutter como la enfermera Alejandra Price, quien funge como el vínculo por medio del cual David mantiene ese nexo con su parte humana o lo poco que queda de ella. Pero no hay balas de plata ni esas cuestiones esotéricas ligadas al monstruo en cuestión. Inclusive hasta se hace mofa de ese detalle sin perder objetividad para con el universo al que pertenece la historia, donde es el ser amado el que de alguna u otra forma interviene en el deceso de la bestia, dando paso al regreso de su humanidad, aunque sólo sea para quedar muerto en la calle.
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No es una película para quienes se asustan fácilmente y, sobre todo, para quienes luego de verla, siguen recreando al cerrar los ojos las secuencias más terroríficas, incluyendo el audio.
En pleno 2026 no hay tecnología capaz de igualar los efectos que Baker ideó para la obra máxima del cine de licántropos. ¿Crear un cabeza-robot que se moviera con un control remoto para dar la impresión de una reestructuración craneal? ¿Hacer una toma del mismo mecanismo para resaltar cómo se le mueve la columna? A nadie se la había ocurrido antes. ¿Mover las piernas de plástico del monstruo, desde abajo del piso con unas escobas, simulando los espasmos por el estiramiento y modificación del fémur, tibia y peroné? ¡Qué locura! ¿Mantener durante toda la metamorfosis los ojos humanos del actor y cambiárselos hasta el último minuto por ojos amarillos, para crear el efecto de que estuvo consciente durante todo el proceso doloroso del cambio en su cuerpo? Eso fue genial, sin duda.
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Habemos quienes buscamos en YouTube la secuencia de la metamorfosis para verla mientras subimos el volumen a nuestros audífonos. No puedo explicarlo, así somos. Esta obra del séptimo arte nos cambió a muchos. Desde Michael Jackson, quien pidió que Landis dirigiera su video-cortometraje “Thriller” y que el maquillaje lo hiciera Baker, hasta este autor juarense quien, lejos de los reflectores y desde la sala de sus padres a los nueve años, vio y escuchó tres minutos en la tele que quedarían grabados en su memoria para siempre.
Gracias, John Landis y Rick Baker, porque sin ustedes no sería el Jorge que soy ni escribiría esos cuentos que tanto me divierten. Por siempre me mantendré en el camino, dudaré de andar por los páramos y me cuidaré de la luna.
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Jorge López Landó
Nació el miércoles 26 de diciembre de 1973 en Ciudad Juárez, Chihuahua, México.
Es periodista, editor, traductor y docente. Ha participado con poesía, narrativa, ensayo y crónica en diversas publicaciones
nacionales y extranjeras.
Es autor de los poemarios De Mónica o el revólver, Mónica odia el bossa nova (pero los fines de semana baila swing), Mónica abre el rompecabezas de fuego (y descubre que aún hay jazz) y de la plaquette El día que Art Blakey murió.
También, de las colecciones de cuentos Feral y Branquias,
Además, es coautor (junto con Mario A. Alcalá) de Lupus y Cuentos para noches de insomnio, así como de Cuando en la guarida (junto con Óscar Armando Rascón).
Es cofundador de la editorial Huargo, especializada en terror y ficción de lo extraño.
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