Seleccionar página

OBSESSION

EL AMOR CONVERTIDO EN PESADILLA

 

Aglaia Berlutti

 

En Obsession (Curry Barker, 2026), un romance torcido se disfraza de fantasía cumplida y termina revelando algo incómodo: el amor no siempre es inocente y el deseo puede convertirse en escenario de una retorcida forma de devoción. Por lo que a veces el problema no es el deseo, sino quién lo formula. Un juego de palabras que la premisa transforma en una de las grandes películas de terror del año.

Obsession tiene mucho de la estética de la generación Z, con sus ritmos de edición rápidos y una estética limpia que proviene directamente del mundo de la conversación online contemporánea. Pero también, esta rareza sobre el amor convertido en territorio de horrores utiliza la visión perturbadora de nuestra época sobre el deseo, lo erótico y la intimidad para jugar con un discurso inquietante: la forma en que el amor y el romance pueden convertirse en alimento para pesadillas.

*

*

Por supuesto, Barker profundiza en la idea de la gratificación inmediata, de la necesidad insatisfecha, incluso de la urgencia de las apps de citas para explorar en su historia. Pero lo hace mezclando todas esas ideas (sugerentes por sí mismas) con la cuestión de lo que se esconde debajo de la necesidad de ser amado y amar. Porque Obssesion, tal y como su nombre lo indica, pasa rápidamente del amor como objetivo al deseo como arma. Y lo hace a través de un guion hábil (que también escribe el director), que avanza hacia ideas más complicadas que sólo convertir a una pareja en protagonistas de horrores sin cuento.

El año pasado Together de Michael Shanks indagó en ideas parecidas y las transformó en una búsqueda consciente y perenne sobre la percepción del mal que anida en la urgencia de ser deseado, en la posibilidad de que en la anarquía de las relaciones y la simple humanidad de la búsqueda del amor haya un tipo de oscuridad siniestra que no se muestra con frecuencia en el cine.

Pero —quizá debido a que la película se inclinó más por el body horror que por la exploración psicológica— la premisa pareció quedarse a medias en medio de escenas retorcidas y visualmente brutales. Obsession va más allá y esta vez sí pone en el centro de su argumento la idea más caótica que sostiene a su relato: la incapacidad de cualquiera de aceptar que el amor es voluble, que puede aparecer y desaparecer con facilidad. Y convertir esa sutileza tan humana en motor impulsor de una complicada película de terror.

*

*

El terror y el deseo fueron al campo un día

Para eso, la historia gira en torno a Baron, apodado Bear (Michael Johnston), un empleado gris en una tienda de instrumentos musicales con más inseguridades que habilidades sociales. Su mundo es pequeño, y dentro de ese espacio reducido Nikki (Inde Navarrette) brilla como un sol inalcanzable.

Ella es segura, encantadora, funcional en la vida cotidiana. Él, en cambio, observa desde la periferia emocional. Ian (Cooper Tomlinson), amigo cercano y especie de conciencia pragmática, intenta advertirle que esa fantasía romántica no tiene futuro. Pero Bear insiste. Porque si el cine ha enseñado algo durante décadas  es que insistir a veces “funciona”. Por lo que Barker decide retorcer esa idea hasta que se vuelve inquietante, siniestra y, al final, tan oscura como para ser sólo el escenario de una premisa perturbadora. El deseo (el visceral, el total, urgente e irracional) puede ser la puerta a lo sobrenatural.

*

Nikki & Bear

*

La idea de un pacto fáustico (o algo semejante) para obtener a la mujer de los sueños no es original y, probablemente, el riesgo de repetir una fórmula es uno de los mayores problemas de la cinta. Pero Barker lo supera de una forma elegante: desde el absurdo. De modo que el punto de quiebre para Bear llega con un objeto ridículamente barato: “One Wish Willow”. Cuesta menos que un almuerzo mediocre y promete lo que siempre suena bien en teoría y terrible en la práctica. Bear pide que Nikki lo ame más con desesperación, con delirio y, para rematar el anhelo, “a más que nadie en el mundo”. No hay ironía en su petición, sólo una mezcla de ingenuidad y egoísmo mal calibrado. Y Obsession no pierde tiempo en demostrar que ese tipo de deseo tiene letra pequeña, aunque no venga escrita en el empaque.

Al principio, todo parece alinearse con la fantasía: Nikki de pronto emerge como la mujer decidida a amar sin medida y Barker convierte su pasión (total, sin matices, cada vez más esforzada) en una especie de síntesis de la petición sobrenatural cumplida. Pero hay algo extraño, una tensión mínima que empieza a crecer. Su comportamiento, casi de inmediato, se vuelve directamente perturbador.

Porque Nikki no ama (y la trama hace un buen trabajo en dejar la sutileza como campo de batalla), sino que tiene un deseo inenarrable, incontenible y destructor. La condición del deseo (ese “más que a nadie”) empieza a deformar la realidad. Bear obtiene lo que pidió, pero el resultado no se parece a lo que imaginaba. Y lo interesante aquí es que Obsession no lo trata como víctima. Más bien lo observa con una mezcla de burla y castigo. Su incapacidad para aceptar un “no” previo se convierte en el motor de su propia pesadilla.

Para Barker, que equipara el deseo a una ruptura del consentimiento, el hecho de que Nikki se transforme en un monstruo es una consecuencia directa de la violencia y esa percepción de horror convertido, además, en consecuencia de algo más perverso, es lo que brinda a la cinta su sustancia como negrísima concepción sobre la brutalidad y del deseo sexual incumplido.

*

*

Del amor al horror sólo hay una cita

Lo que sigue es una escalada incómoda. Nikki pasa de amar con desesperación a vigilancia constante y, finalmente, a convertirse en un peligro latente. Cada gesto cotidiano se transforma en una demostración extrema de afecto distorsionado, brutal y hasta involuntariamente cruel. Y Bear, lejos de reaccionar con claridad, se aferra a la ilusión inicial durante demasiado tiempo sin notar que este amor enfermizo es, en realidad, una tragedia a punto de consumarse. Obsession encuentra entonces su tono más ácido, jugando con la incomodidad del espectador, que ve venir el desastre mientras el protagonista sigue atrapado en su fantasía rota.

Hay una decisión clave que separa a Obsession de otras historias similares: Bear no está diseñado para caer bien, ser simpático o resultar conmovedor en su miseria. Durante mucho tiempo el cine insistió en presentar a figuras como él como románticos torpes, casi entrañables, víctimas de circunstancias desafortunadas que les superaban y les condenaban a la soledad. Pero Barker toma ese molde y lo desarma para reconstruir el tropo en algo más sugerente: Bear es desagradable, insistente, incapaz de leer límites básicos y, sobre todo, profundamente egoísta en su forma de entender el afecto. El guion no lo disfraza ni lo protege. Más bien, lo deja expuesto, como un experimento social que salió mal.

*

*

Y es quizás esa audaz concepción sobre el terreno del mal y lo que lo provoca lo que hace que Obssesion sea profundamente aleccionadora sin ser sermoneadora; que siga siendo terrible e inquietante, a pesar de que jamás se aparta del todo de cierto pozo oscuro y burlón. Por lo que el desenlace (ambiguo y angustioso) no busca complacer. Bear va a recibir justamente lo que pidió. Lo recibirá, además, con toda la densidad inquietante y terrorífica de un deseo que se convierte en instrumento de pesadilla. El amor convertido en fuente de horrores al mezclarse con la necesidad tan utópica y tan poco comprendida de ser deseado. La lección más inquietante que la cinta deja a su paso.

**

YA en cines.

***

****

Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

TheAglaiaWorld 

¡COMPÁRTELO!

Sólo no lucres con él y no olvides citar a la autora y a la revista.