una mirada a las bestias de a tierra y el cielo

EL DRAGÓN Y SU VUELO EXTRAORDINARIO

II

 

Aglaia Berlutti

Primera parte

 

La belleza, la sabiduría y el poder: el dragón como símbolo del conocimiento

Mientras en la Europa medieval multitudes aterrorizadas temían que un dragón de fauces eternas les llevara al Infierno, al otro lado del mundo los dragones imperiales chinos se alzaban como espléndidas alegorías de nobleza y bienestar. Solían representarse en medio de ricos tejidos de seda, rodeados de perlas y abalorios de piedras preciosas y solían formar parte de las ricas decoraciones de salones imperiales y otros lugares en los que habitaba la nobleza del país. Incluso se insistía que el Emperador Yao ( 2356 a. C) descendía de un dragón, quien había amado tanto a su madre como engendrarlo. La línea imperial de dragones se hizo célebre en la visión popular del continente asiático sobre la monarquía y por siglos hubo vívidas descripciones sobre leyendas de dragones que protegían a la familia real, se enamoraban y odiaban con verdadera pasión humana, vivían en poblados lejanos e incluso habitaban con formas humanas durante largas temporadas de dolor y expiación.

Tan variadas, detalladas y profundas fueron las narraciones que para el año 1854 el geólogo victoriano Charles Gould, que recorría Asia en busca de leyendas antropológicas y mitológicas, llegó a creer a pie juntillas en la existencia del dragón tal y como lo concebían los pueblos orientales. “No hay nada imposible en la noción común del dragón tradicional”, escribió Gould en su libro Mythical Monsters, publicado en el año 1886. “Es más probable que alguna vez haya tenido una existencia real que ser un mero descendiente de fantasía”. Para Gould parecía impensable que las innumerables historias, los detalles de enorme belleza de cada relato, fueran fruto de la simple fantasía colectiva. Había en las leyendas una fe en lo fabuloso que Gould podía comprender y que tradujo como una de comprender la noción sobre China como territorio extraordinario e inexplorado. Una visión sobre lo desconocido.

Claro está, Gould provenía de una larga generación de científicos habituados a sorprenderse por la posibilidad real de lo imposible. Durante buena parte del siglo XVI, XVII y bien entrado el XVIII Europa parecía poblada de todo tipo de criaturas asombrosas: desde brujas, vampiros, hombres lobos, hasta extraordinarios dragones misteriosos que atravesaban la tierra en vuelos raudos. Buena parte del arte de la época muestra una geografía de lo imposible asombroso por su belleza: el arte de William Blake, Edward Burne-Jones y Aubrey Beardsley mostró una época donde las bestias temibles eran más comunes  — y apreciadas —  que los animales corrientes. Había algo hermoso en toda la fauna espléndida, musculosa y poderosa que llenaba las paredes de museos y páginas de libros.

Para Burne -Jones el dragón era una criatura colosal, precursor de los monstruos extraordinarios del cine, musculoso, hambriento de sangre humana y de una vitalidad asombrosa.

«The fight: St George kills the dragon VI», Edward Burne-Jones (1866)

Para Beardsley, obsesionado con el sexo y lo erótico, el dragón era capaz de seducir y mostrar un tipo de belleza exquisita, enervada y eléctrica, con su cuerpo sinuoso y casi fálico, su poder misterioso y fatal.

«Dragon», Aubrey Beardsley

Sin duda, como todos los monstruos, el dragón tiene el poder de la evocación y la belleza. Para buena parte de los escritores victorianos el dragón era la raíz de un tipo de búsqueda inquietante y profunda que avanzaba a través del tiempo como una noción sobre la trascendencia y la identidad. Una idea que el escritor WJT Mitchell pondera en su intrigante estudio casi postmodernista The Last Dinosaur Book, en el que la figura del dragón se transforma en el referente cultural de todos los monstruos, todas las ideas y todos los trasfondos sobre el miedo y la inquietud erótica a través de cientos de mitos que le transforman en deseo y advertencia sobre los peligros de la tentación. Tal vez por ese motivo, Carl Jung declaró que el dragón es un arquetipo de nuestros miedos inconscientes: la naturaleza primigenia, devoradora y caníbal de lo primigenio que devora nuestra consciencia y nuestra visión única de la identidad. Pero la vez, también el poder transformador dentro de nuestro espíritu (“el Gran Ser Interior”, en la frase de Jung), lo que coincide con la tradición oriental.

Tal vez ese sea el mayor secreto del dragón, escondido entre lo alegórico y lo evidente: su capacidad para conjugar las fortalezas y debilidades del espíritu del hombre. La profunda y primordial belleza de nuestros paisajes mentales.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

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