SIETE CASAS VACÍAS

el horror cotidiano

 

Alejandra Rodríguez Montelongo

 

Durante años hemos asociado la sensación de miedo y terror con figuras espectrales, seres provenientes del averno o del otro lado del cosmos, criaturas violentas, amorfas o indescriptibles, ritos y poderes ocultos o entes sobrenaturales de toda clase. Sin embargo, en el último siglo el miedo, en su búsqueda por una nueva guarida, se ha instalado en aquellos sitios donde rara vez lo buscaríamos. Por fortuna, los escritores y escritoras de mitad del siglo veinte e inicios del veintiuno han logrado rastrear su huella.

Una autora argentina que se ha destacado por seguir el rastro de lo insólito y lo siniestro es Samanta Schweblin. Ejemplo de ello es su último libro de cuentos, Siete casas vacías, obra ganadora del Premio Internacional Narrativa Breve Ribera del Duero 2015, editada por Páginas de Espuma.

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La narrativa en Siete casas vacías se sitúa en ambientes cotidianos, lugares que no tienen nada de anormal, calles similares a las que recorremos cada día, vecindarios como los de cualquier ciudad, casas tan comunes como las nuestras. Sin embargo, conforme pasamos las páginas las acciones erráticas de los personajes van creando en el lector una sensación de incomodidad y angustia.

Siete casas vacías nos muestra individuos que son huida, seres humanos extraviados en sus propios pensamientos y obsesiones, anclados en duelos y ausencias. Recorremos los cuentos al lado de los protagonistas y nos percatamos de que cada uno es una casa próxima a quedar vacía, son sujetos atados a repeticiones mecánicas, personas que se sostienen en el mundo tan sólo por los objetos que cargan, mujeres conscientes de que su existencia se reduce al espacio que ocupa su cuerpo.

Algo inquietante ocurre en la forma en que los protagonistas asocian sus ideas. Advertimos que lo erróneo se instala en su manera de mirar e interpretar lo que les sucede. Y, aunque algunos son conscientes de su problema, se sienten incapaces de salir de aquel estado de insólita alerta. Lo peor de todo es que, por más extrañas que parezcan sus acciones, los motivos detrás de éstas llegan a resonar en el lector, creando un eco, insinuando que también nosotros, entes fuera de la ficción, podemos llegar a actuar igual.

El libro, al igual que un espejo, le devuelve la mirada al lector mostrándole que lo siniestro, lo insólito, se encuentra en los espacios que creemos más conocidos y seguros: nuestra familia, la casa donde vivimos y, sobre todo, el cuerpo que habitamos. Avanzamos por las narraciones y en cada hoja la pregunta se repite: ¿Qué tanto de mí, lector, hay en estas líneas? ¿Qué tan alejados estamos de ser cuerpos vacíos, seres resignados al absurdo y sin sentido de nuestra cotidianidad?

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Samanta Schweblin

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Schweblin nos muestra en su narrativa que hoy en día, en las primeras décadas del siglo veintiuno, no es necesario adentrarse en los bosques, bajar a lo profundo del océano o invocar entes paranormales para ver de frente lo siniestro. Basta permanecer en silencio unos minutos para escuchar nuestra respiración cavernaria; sólo se necesita mirar al otro lado de la calle y saludar al vecino. No se requiere más que prestar atención a las acciones que día a día realizamos y a los pensamientos que rumiamos de forma automática.

La autora, con una prosa directa y cruda, devela lo siniestro que nos habita, nos habla de un insólito interno y sin recurrir al horror o al terror crea en el lector una profunda sensación de angustia, al mismo tiempo que enlaza tales sensaciones a imágenes bellas e incluso poéticas. Al adentrarnos a la obra nos encontramos ante una narrativa que se vuelve pintura, fotografía, escena cinematográfica.

Las imágenes, al igual que la angustia, permanecen en el lector aun después de cerrar el libro: los jardines perfectamente nivelados como espejos de agua verde, bosques que cierran el camino, casas repletas de objetos apilados y cajas perfectamente etiquetadas, estaciones de subte donde el tiempo transcurre de forma cíclica, departamentos pequeños donde hay que esquivar muebles, repisas y vajilleros repletos de adornos, pasillos iluminados con un ligero verdor, lugares que no tienen salida como la vida misma…

Leer a Schweblin es acostarse en un mar de césped y permanecer quieto escuchando algo que se avecina, algo familiar y conocido que lleva años, eternidades, rondándonos. Es sentir el peso de nuestro cuerpo, es hundirse con lentitud en la angustia de lo que jamás cambia, en lo inmutable, lo cotidiano asfixiante. Leer a Schweblin es leernos a nosotros mismos y escuchar en la voz de los personajes las obsesiones, las angustias y ansiedades, la necesidad de control, la incomprensión ante las pérdidas y duelos, la lucidez rencorosa y lo irracional de nuestro existir.

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AQUÍ puedes leer un extracto del libro.

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STREGHERIA: AUTORAS FATÍDICAS

Columna dedicada a autoras latinoamericanas de mediados del siglo veinte y siglo veintiuno cuya narrativa se adentre a lo insólito, lo grotesco y lo fantástico, develando lo siniestro en el ser humano. Se dará prioridad a autoras vivas emergentes y a autoras que en vida no hayan tenido el reconocimiento debido. La intención será conjurar un círculo de autoras insólitas para perpetuar sus nombres.

 

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Alejandra Rodríguez Montelongo

Zacatecas (1993).

Psicóloga y maestra en Literatura Hispanoamericana.

Suele conjurar lo fantástico y lo siniestro escondido en la tinta de las escritoras.

Es autora del libro de cuentos Canto de enredaderas (2021).

Ha sido becaria del PECDA y fue reconocida en 2021 con el Premio Estatal de la Juventud (Zacatecas) en la categoría de Literatura.

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