EL SUEÑO DEL CERDO

II

 

Emiliano González

Primera parte

 

En Los cantos de Maldoror de Lautréamont, antes del fragmento sobre el sueño y el cerdo, hay otro, sobre el sacerdote y el moribundo: “No me verán en mi última hora (escribo esto en mi lecho de muerte) rodeado de curas. Quiero morir mecido por las olas del mar tempestuoso, o erguido sobre la montaña… pero no con los ojos vueltos a lo alto: sé que mi aniquilamiento será completo” (traducción de Aldo Pellegrini).

En este fragmento, parece que no hay relación con el sueño ni con el cerdo. Pero sí la hay: en otro fragmento podemos verla.

Ilustración de Santiago Caruso.

Darío traduce el fragmento de Lautréamont:

“Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la humanidad! Así interpretaba yo, experimentando una más que profunda alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto de virtud había realizado para merecer de parte de la Providencia este insigne favor….

Mas… ¿quién conoce sus necesidades íntimas o la causa de sus goces pestilenciales? La metamorfosis no pareció jamás a mis ojos sino como la alta y magnífica repercusión de una felicidad perfecta que esperaba desde hacía largo tiempo. ¡Por fin había llegado el día en que yo me convirtiese en un puerco! Ensayaba mis dientes sobre la corteza de los árboles; mi hocico lo contemplaba con delicia. ‘No quedaba en mí la menor partícula de divinidad’: supe elevar mi alma hasta la excesiva altura de esta voluptuosidad inefable”.

También es interesante el siguiente fragmento de Lautréamont (en la traducción de Aldo Pellegrini):

“A veces, en noches de tormenta, cuando legiones de pulpos alados, que de lejos parecen cuervos, se ciernen por encima de las nubes, dirigiéndose con firmes bogadas hacia las ciudades de los humanos, con la misión de prevenirles que deben cambiar de conducta….”

El fragmento le inspira a Lovecraft la forma del dios-monstruo Cthulhu, un pulpo alado que es visto en sueños, junto con la ciudad de R’lyeh. La forma del dios-monstruo también tiene algo de los pulpos que Thomas Love Peacock, en Abadía Pesadilla, compara con los dioses hindúes.

Al comprar pulpos alados con cuervos, Lautréamont seguramente se acuerda del cuervo de Poe. El autor de Los cantos de Maldoror tiene doble personalidad, ya que también publica poesías con el nombre de Isidore Ducasse. Pero en vez de dominar la personalidad mala se deja dominar por ella en Los cantos de Maldoror. Lovecraft se basa en Lautréamont para elaborar a su personaje el poeta Alhazred, el árabe loco, transformación también de Jim, amigo negro de Huck en la novela de Mark Twain (en la que Jim interpreta a un árabe loco en una obra teatral) y del árabe errante al que alude Walter Pater en su cuento “El niño en la casa”, un árabe que duerme “entre ruinas embrujadas, o en viejas tumbas”. Lovecraft, al referirse a Alhazred en su Autobiografía no menciona a Twain ni a Pater, pero dice que a los cinco años, fascinado por Las mil y una noches, pasaba horas jugando a ser el árabe y se llamaba a sí mismo Abdul Alhazred, nombre propuesto por un adulto, al ser un nombre típicamente sarraceno. Lo cierto es que Alhazred es la versión lovecraftiana de Cide Hamete Benengeli, árabe imaginario, autor del Quijote, y que el reino imaginario de negros Micomicón, mencionado en la novela de Cervantes, le inspira a Lovecraft el Necronomicón. Bonalde en su traducción de “El cuervo” de Poe dice: “Una fosa a media noche, cuando tristes reflexiones / Sobre más de un raro in-folio de olvidados cronicones / Inclinaba soñoliento la cabeza…”

Los “olvidados cronicones” influyen sobre Lovecraft, que no menciona a Bonalde, ni a Lautréamont, ni a Love Peacock, ni a McPherson que en Ossian describe a Cuthullin, general de las tribus irlandesas, amigo del buen Fingal, rey de los desiertos. Como Lovecraft tenía la costumbre de volver culpables a los inocentes, para dar efectos de horror en sus cuentos, convirtió al héroe de Ossian en un dios-monstruo villano. Los pulpos alados de Lautréamont, dirigiéndose a las ciudades, le inspiran al poeta belga Verhaeren el título Las ciudades tentaculares. Lovecraft y Verhaeren transforman la locura profana de Lautréamont en locura sagrada. Cuando Lovecraft ve que Maldoror se considera a sí mismo más que un hijo de hombre y mujer (es decir, un super-hombre), sitúa a Cthulhu más allá del bien y del mal. En el poema “Implacable”, de Amado Nervo, la mujer pulpo dice que ha matado a Dios junto con Nietzsche y no ve la Vía Láctea sino “el cadáver de Dios en las esferas”. Esto influye sobre Lovecraft, que no menciona a Nervo. En “Implacable”, la mujer-pulpo, con sus tentáculos, causa dolor al poeta, lo estrangula y lo envenena, le exprime “la savia de la vida” y le chupa “los jugos de las venas”. Es decir, es vampiresa. Le atrofia al poeta el tendón de su dialéctica. Y es lobezna en otros versos del poema. En su cuento “Ellos”, de ciencia-ficción, Nervo se refiere a seres invisibles que devoran a los hombres, y cuando éstos parecen morir en realidad son devorados por esos seres. Nervo convierte la locura profana de Maupassant en locura sagrada, y Lovecraft hace lo mismo. Las concepciones del Horla y del Superhombre, muy similares, brotan de las mentes, desequilibradas por la sífilis, de Maupassant y de Nietzsche. Lovecraft, al concebir monstruos parecidos, domina la locura profana de su propio padre parético (sifilítico) y el crítico Maurice Lévy observa que Lovecraft, al ser hijo de parético, “tenía acaso ciertas legítimas razones para abandonarse a un ensueño angustioso sobre la perturbación siempre posible del patrimonio hereditario y la transmisión deplorable de ciertos caracteres adquiridos”.

En “El hombre de la muñeca extraña”, Hoyos y Vinent alude al demonio de la lujuria, al abismo en que duerme “el monstruo de los cien tentáculos”. El cuento de Hoyos y Vinent le inspira a la lovecraftiana Hazel Heald el argumento para su cuento “El horror en el museo”. En El acecho de Hoyos y Vinent, Lord Dindonderri tiene una risa “tan repulsiva y escalofriante” que hace pensar “en el revivir oscuro de ciertos glutinosos monstruos marinos a la proximidad de la comida”. Cuando Lord Dindonderri abraza a una joven, ella siente “los tentáculos de un pulpo gigantesco”. En la portada de El pasado, de Antonio de Hoyos, podemos ver a un hombre desnudo, perseguido por un monstruo verde (tentacular, con manos humanas) subiendo una colina para alcanzar un templo griego con columnas enguirnaldadas. El monstruo, metáfora de la lujuria, en las páginas del autor, es metáfora del pasado, en la portada art-nouveau para El pasado. Recuerda los monstruos dibujados por Julio Ruelas para el libro Crótalos de José F. Elizondo. Estas metáforas modernistas se vuelven realidades en los cuentos de Lovecraft. En “Sueño de misterio”, poema en prosa de Darío, el poeta ve, “en lo misterioso del ensueño, una arquitectura como de creta o piedra pómez realizada por un lapidario infernal”. Este fragmento le inspira a Lovecraft la ciudad de R’lyeh, vista en sueños. En su poema, Darío añade: “Los escultores del ensueño saben únicamente realizar lo que el agua y el viento”. Esto quiere decir que todo sueño, por más raro que sea, se basa en la realidad. Ni Lovecraft ni Chambers mencionan a Darío, cuya influencia es obvia en “La llamada de Cthulhu” y en “El signo amarillo”. Así como el pulpo es símbolo de la lujuria para Hoyos y Vinent, el cerdo es símbolo de la pornografía para Arthur Machen, maestro de Lovecraft.

El exceso sexual o la sexualidad sin amor llevan por igual a los humanos lejos del erotismo, que es la sexualidad amorosa. “Jurisprudencia”, panel de Gustav Klimt para la universidad de Viena, mostraba un pulpo entre mujeres desnudas y fue destruido por los nazis en 1945, como escandaloso ejemplo de decadencia. Sobreviven fotos del panel. El pulpo era símbolo del mal para Klimt.

Es imposible resolver el problema del defecto sexual (el cerdo) sin tomar en cuenta el exceso sexual (el pulpo). En el cuento “La llamada de Cthulhu”, los adoradores del dios-monstruo muestran “furia animal y libertinaje orgiástico” y se entregan a “una bacanal sin fin”. Por otro lado, en el cuento “Las ratas de las paredes”, los roedores hambrientos devoran a los cerdos y al porquerizo, repulsivo y defectuoso.

Precursores de Lovecraft son Edward Lucas White y William Hope Hodgson, autores de “La casa de la pesadilla” y de “El cerdo”, cuentos de horror. En el primero, una cerda enorme, hambrienta de carne humana, ataca al narrador en una pesadilla. La cerda es el espíritu de una cerda que fue torturada, espíritu que encanta la casa del cuento. En el segundo cuento, un cerdo en un sueño es descrito como “depredador de un mundo psíquico”.

Andrew Lang en su libro Sueños y fantasmas (1897) describe el sueño de la esposa de un obispo, sobre un cerdo en el comedor del palacio. El sueño es premonitorio, ya que al despertar la señora ve al cerdo en el comedor del palacio.

En todos los cuentos de autores lúcidos, la crueldad es criticada tanto como la deformación de la comida, deformación que nos recuerda la leyenda de las harpías, aves monstruosas que ensucian la comida del rey.

En una serie de dibujos de Hans Bellmer, de 1950, hay uno en que un cerdo antropomorfo sodomiza al esqueleto de un sacerdote, y en este caso, por su contenido satírico, el dibujo de Bellmer se acerca más a Freud que a Lautréamont. El esqueleto del sacerdote nos lleva a La edad de oro, filme de Buñuel.

Volviendo al cuento de Edward Lucas White, podemos añadir que la piedra blanca enigmática del principio nos recuerda el polvo blanco del final de “El estanque de Lindenborg” de Morris, así como la piedra blanca de “El pueblo blanco” de Machen nos recuerda el polvo blanco de “La novela del polvo blanco” del mismo autor, y nos lleva al final de filme Vampyr, en que el polvo blanco sofoca al doctor vampiro.

En una edición anotada del Satiricón, Héguin de Guerle dice: “Petronio pretende que los judíos adoraban a la divinidad en forma de cerdo, siendo así que es un hecho notorio la aversión que mostraban a este animal inmundo. Tal vez los paganos creían que esta abstinencia de la carne de cerdo era una prueba de respeto religioso”.

Sin duda es enemigo de este respeto religioso el sádico Georges Bataille cuando afirma que “Dios, si existiera, sería un puerco”, afirmación inspirada por un fragmento del “Canto tercero” de los Cantos de Maldoror de Lautréamont, cuando todo trabaja, excepto el Creador: “El embrutecimiento de hocico de cerdo lo cubría con sus alas protectoras, y le arrojaba una mirada amorosa”. El Creador, borracho, es agredido por un erizo, un picoverde, una lechuza, un asno, un sapo y finalmente un hombre.

En su ensayo sobre Rachilde, en Los raros, Darío asegura que hay un fondo de amor y de dulzura “en el corazón de la terrible Decadente”. Rachilde habría sido disputada entre Dios y el diablo según Luis Dumur. ¿Ganaría Satanás?… Darío dice que Rachilde se salvaría y se pregunta: “¿No se salvó el Sultán del poema de Hugo por la súplica del cerdo?”

La súplica salvadora y el cerdo nos llevan de nuevo a “Las ratas de las paredes” de Lovecraft. En una pesadilla, el narrador mira hacia abajo, desde una altura impresionante, una gruta en penumbra, cuyo suelo está cubierto por una gruesa capa de basura; en ella hay un demonio porquerizo que pastorea un rebaño de bestias fofas y fungiformes cuya sola vista produce al narrador una indecible repugnancia. Un enjambre de ratas llueve del cielo sobre el abismo apestoso y devora por igual bestias y hombres. Y al final del cuento sabemos que el porquerizo es el narrador y una de las bestias fofas es su amigo el capitán Norrys.

Nos acordamos de la droga de Circe que transforma a los hombres en cerdos y lobos. El narrador De la Poer restaura el priorato de Exham, de sus antepasados, y oye –pero no ve– un ejército de ratas. Bajo un altar en el sótano hay un pasadizo que lleva a una gruta infernal con esqueletos humanos y pre-humanos: vestigio de un culto caníbal y castrante (para saber esto último debemos consultar La rama dorada de Frazer). El priorato es dinamitado y el narrador es enjaulado en una habitación del manicomio de Hanwell, por haberse comido a su amigo Norrys. El enfermo asegura que fueron las ratas y supone que van a llevarlo al centro de la Tierra, en que Nyarlathotep, el dios loco sin cara, aúlla ciegamente en la oscuridad, al compás de los caramillos de dos flautistas idiotas y amorfos.

La bestia fofa, con formas de hongos, de la pesadilla del narrador son una referencia a la deformación de los hongos de Eleusis (que se vuelven los falos arrancados de la Magna Mater) y el porquerizo es una referencia a la deformación de Ulises como porquerizo. Las bestias fofas son asimismo un recuerdo perverso de los cerdos ofrendados a Demeter.

Continuará…

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AQUÍ puedes leer «Ellos» de Amado Nervo.

AQUÍ puedes leer «La casa de la pesadilla» de Edward Lucas White.

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Emiliano González

Autor de Miedo en castellano (1973), Los sueños de la bella durmiente (1978, ganador del premio Xavier Villaurrutia), La inocencia hereditaria (1986), Almas visionarias (1987), La habitación secreta (1988), Casa de horror y de magia (1989), El libro de lo insólito (1989), Orquidáceas (1991), Neon City Blues (2000), Historia mágica de la literatura I (2007) y Ensayos (2009).

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