EL SUEÑO DEL CERDO

III

 

Emiliano González

Primera parte

Segunda parte

 

Uno de los libros que influyen sobre Lovecraft es la antología titulada Una nueva biblioteca de poesía y canción (1876) de William Cullen Bryant, en que hay siluetas de demonios con alas de murciélago que van a dar al cuento de Lovecraft, y una ilustración impresionante de LaFarge, el decadente y visionario americano, sobre el obispo Hatto, que asesinó a un grupo de gente pobre, para impedir que comiera, durante un año de hambruna, y fue devorado por las ratas, en una isla del Rhin, como dice el romántico Southey en el poema “El juicio de Dios sobre un obispo maligno”. Bryant, el compilador de los poemas, es autor de “Tanathopsis”, poema que influye sobre Darío, autor del cuento de horror “Tanathopía”. El poema de Southey sobre el obispo maligno se vuelve luego el cuento “El clérigo malvado” de Lovecraft.

En el poema de Southey, la gente pobre (hombres, mujeres, niños, jóvenes y viejos) entra al granero del obispo y éste cierra la puerta e incendia el lugar, diciendo que se deshace de las ratas. El obispo trata de ocultarse en su torre, el lugar más seguro, pero las ratas lo alcanzan y lo devoran. La habitación enrejada del manicomio de Hanwell, en el cuento de Lovecraft, se basa en la habitación enrejada de la torre de Hatto, en el poema de Southey.

Cuando el obispo Hatto despierta en su torre, por un grito, y ve que “era sólo el gato”, se horroriza de cualquier modo, pues el gato, con ojos de llamas (detalle que Lovecraft repite en su cuento) ha presentido la llegada de las ratas. El capitán Norrys, de ideas materialistas, es un recuerdo del materialista dialéctico William Morris, que en el cuento “El estanque de Lindenborg” alude al cerdo, al sacerdote, al moribundo e incluso a “gente sin sexo”. Una pesadilla que acompaña a otra (al sueño del porquerizo) en el cuento de Lovecraft, es un banquete romano, en una fiesta parecida a la de Trimalción (de El satiricón), y el autor insinúa algo abominable en una fuente cubierta.

Inspirado por el sueño sobre el porquerizo, la basura y las ratas, Joseph Payne Brennan escribe el cuento “El basurero” (1963), sobre un futuro asfixiante, con vegetaciones artificiales, en que las ratas son enemigas de la humanidad y la basura quemada, el humo y el hollín envenenan el ambiente, provocando a una mujer sueños en que es ahogada por cantidades enormes de ratas o enterrada viva por el Estado, cruel e inhumano. Es también asfixiante el cuento “Las ratas del cementerio” (1936) de Henry Kuttner, en que un sepulturero es enterrado vivo y sofocado por las ratas en un laberinto subterráneo.

En el cuento de Brennan, todos los vegetales son artificiales, y en la novela de Albert Camus La peste (1947) no hay árboles, jardines ni palomas, ya que ocurre en Orán, puerto francés de la costa de Argelia. Las estaciones son demasiado calurosas y sólo el invierno es habitable. El comercio es la principal ocupación de la gente, que carece de tiempo y pensamiento y por ende no sabe mucho sobre el amor. De improviso, una rata muerta sorprende a un doctor, y en poco tiempo otras ratas muertas aparecen y una fiebre de tipo tifoidea, con vómitos, bubones y delirio empieza a extenderse por el puerto. Hay intentos de combatir a otras ratas, vivas, inyectando gas envenenado en las cloacas y supervisando el suministro de agua. Las cartas son prohibidas (pues pueden contagiar a los receptores), el puerto se ve aislado y cesa la actividad comercial. Como en el cuento de Lovecraft, las ratas se ven mezcladas con la religión y una Semana de Plegarias es organizada por las autoridades eclesiásticas para combatir a la peste “con armas apropiadas”. La gente del puerto, poco religiosa, más acostumbrada a tomar el sol que a ir a misa, se apiña en la catedral, debido a la peste. El sermón es sobre Egipto y la peste antigua, usada por Dios para castigar a los de corazón orgulloso y a sus enemigos. Sin embargo, prevalece el pánico general y la enfermedad progresa, mientras el calor crece, aumentan las muertes y resultan absurdos los carteles invitando a las vacaciones en Cannes o Bandol. El calor favorece a la epidemia y ésta mata todos los colores y proscribe el placer. Surge un nuevo periódico: Crónica de la peste, que informa sobre el aumento o disminución de la peste, da opiniones sobre su curso futuro y ofrece invitaciones a participar ayudando del modo que sea. Las olas de calor son aliviadas por momentos de aire fresco que dan esperanzas a la gente, y ésta “se droga con pláticas” o empieza a discutir y hacer el amor. Pero la peste bubónica es obstinada y se vuelve neumónica: ataca los pulmones. Un científico le dice a un religioso que todo sacerdote que visita a un moribundo sabe más acerca de la muerte que el sacerdote que ha dado el sermón. Otro personaje, un periodista, dice que la humanidad ha perdido la capacidad de amar, y el hombre “es sólo una pequeña idea preciosa” en tal situación.

Por fin, los esfuerzos humanos contra la peste, las inyecciones de suero, empiezan a tener éxito, los tratamientos antes fracasados se vuelven eficaces, el aire es respirable otra vez.

Algunas casas tienen ventanas con los postigos cerrados y son fúnebres, pero la mayoría no. El autor asegura que la gente se prepara para la tierra prometida. Los gatos toman el sol –como en las prosas de Rodó y Lovecraft– en los lugares de siempre. Los amantes se unen. Todavía se ven ratas, y se oyen tras el maderamen de las paredes. Pero lo peor ha pasado.

La gente se ve liberada de la prisión de la enfermedad y celebra grandes fiestas. El autor dice al final que el bacilo de la peste acecha, se toma su tiempo en habitaciones, sótanos, baúles y libreros y, para horror e iluminación de los humanos, levanta de nuevo a sus ratas y las envía a la ciudad y a la muerte.

Hay fragmentos significativos en la novela de Camus. La historia del obispo Hatto, que antes he narrado, viene a la memoria cuando leemos acerca del obispo egoísta que durante la peste de Marsella se aisló en su palacio, con comida y bebida, y sus feligreses apilaron cadáveres alrededor de su casa, para infectarla, y arrojaron cadáveres sobre las paredes para asegurar su muerte. Recordamos la abadía fortificada del príncipe Próspero, que pretende salvarse de la peste y es alcanzado por la muerte roja en una fiesta de disfraces, en el cuento de Poe.

Como Ausonio, Ariosto, Heine, Flaubert, Baudelaire y Lampedusa, Camus usa el motivo de las flores unidas a cadáveres para protestar contra el mal. En la novela (sueño inventado, no soñado) lo repulsivo, lo asqueroso simboliza al cerdo.

En el poema “El decadente a su alma”, de Richard Le Gallienne, el alma sentimental, dedicada a la iglesia, lamenta el fin de los días “de pasión y de sueño”, cuando la vida no estaba manchada por el pecado. El hombre droga a su alma, la lleva al burdel y hace que su alma provoque “esos éxtasis que rompen el corazón, de cuerdas menores entre las flautas frigias”. El sueño sobre Norrys y el recuerdo de Frigia en “Las ratas de las paredes” de Lovecraft se inspiran en este poema, que termina con unos versos raros en que Le Gallienne invita al lector a dejar que “el cuerpo sea una saludable bestia” y que el alma sea “un ave cantarina y elevada, pero no a “tentar al alma del cielo para que le toque la flauta al cuerpo en la pocilga”. La flauta nos lleva al flautista de Hamelín mencionado por Lovecraft en su cuento. Los “extraños platos” que el hombre come, oyendo cantos gregorianos, inspiran también a Lovecraft. Le Gallienne incluye gradualmente los elementos del sueño, el sacerdote y el moribundo en su poema. Cuando dice que el hombre sueña con un nuevo pecado, un incesto entre el cuerpo y el alma, imagina las nupcias de un serafín y un perro y la cosa purpúrea que nacerá de ellos. Esa cosa será probablemente un perro alado, que de seguro inspira a Lovecraft el cuento “El sabueso”.

El decadentismo del poema es la descripción del deterioro del alma del hombre, parecido al personaje de la novela Noviembre de Flaubert.

El poema de Le Gallienne figura en el libro Poemas ingleses (1892), que trae asimismo unos versos sobre la belleza maldita, versos recordados por Machen al escribir “El libro verde”.

Cuando el hombre del poema dice que antes era elevado, blanco y puro y ahora es bajo, ensangrentado y vulgar, gozando del dulce fango lejos de las colinas de flores matinales, nos recuerda a Sade, aspirando rosas y luego arrojándolas al fango. Lovecraft menciona a Sade en su cuento.

En la novela Ulises (1922) de Joyce hay un sueño sacro-profano sobre el burdel de Bella Cohen, moderna Circe que convierte hombres en cerdos. Así como en la Odisea la droga “moli” es un antídoto contra la droga de Circe, en Ulises Molly Bloom, la mujer de Leopold, es el antídoto contra el hechizo de Bella Cohen.

Para Machen el cerdo no es sólo símbolo de la pornografía sino también de la necesidad, pues la pocilga es útil, como dice en su libro Jeroglíficos (1906): “La esencia de la iglesia es belleza y éxtasis, la de la pocilga es utilidad, protección segura de los cerdos”. Y es que “el gran poema es como la gran iglesia: está hecho para la belleza, es éxtasis en palabras, así como la iglesia es éxtasis en piedra”. La pocilga es profana y la literatura y la religión son sagradas, por más paganas que sean. Una pocilga en español es también “cochiquera” o “chiquero”. Al reseñar el libro La casa de las almas(1906) de Machen, el crítico David Christie afirma que apoya la limpieza en el arte, sobre todo en la novela moderna, no sólo porque cae en manos de hombres y mujeres jóvenes. También dice que años antes conoció en Bélgica a un doctor de pueblo con el que habló de las pornografías del arte francés y que le dijo: “Hay, en el alma de cada uno de nosotros, un pequeño cerdo que pronto se vuelve grande”. Christie añade que conoce a su pequeño cerdo, aunque no le gusta tenerlo, y no desearía que sus costumbres se volvieran corruptas por asociarse con los pequeños cerdos de otros. Dice Christie que cuando hay charla sobre arte por el arte y ataques a los puritanos, podemos saber que el artista saca a relucir su pequeño cerdo para gratificar una vanidad lasciva. Dice que su pequeño cerdo siempre está hambriento, invisible y solitario en su pocilga. Machen contesta a través del personaje Meyrinck: “la gente que empujaba… le recordaba siempre a los pequeños cerdos hambrientos disputándose la participación más grande en la lavada”.

En “El cerdo”, cuento onírico de Hope Hodgson, el ojo mental, no el físico, percibe al cerdo, y éste necesita la parte psíquica del ser humano para alimentarse.

“La casa de la pesadilla” de Lucas White, cuento de fantasmas contra la crueldad, se basa en la balada “El cerdo espectral” (1830), cuento de horror en verso de Oliver Wendell Holmes, en que el protagonista es un fornido carnicero que no siente piedad alguna por el cerdo al que mata y luego cuelga. El poeta recuerda al sacerdote cuando dice que el carnicero debe leer el catecismo y decir sus oraciones, al tener la mente sangrienta. El carnicero se muere de risa ante las quejas de su hijo y se burla de la pena de su hija. El carnicero sueña que tropas de cerdos asesinados aúllan salvajemente. Cuando el reloj da las doce de la noche, el cerdo colgado lo escucha y se dirige a la casa del carnicero, y con su cola lo envuelve y lo lleva hasta la viga de roble en que antes estaba él colgado, y cuelga al carnicero.

Lautréamont deforma a Holmes en su fragmento sobre Maldoror soñándose en el cuerpo de un cerdo. Holmes elogia las “matemáticas saludables” y Lautréamont canta las “matemáticas severas”, imitando la poesía científica de Holmes, pero lejos del ambiente bonachón de Holmes y de su idea de la poesía como “la ciencia del corazón”. Lautréamont convierte a las tropas de cerdos asesinados de Holmes en legiones de pulpos alados. Borges en El libro de los seres imaginarios (1967) se refiere a una cerda fantasmal, a una “chancha con cadenas” que a veces se desliza por las vías del tren y a veces corre por los cables del telégrafo, cerda mencionada en un diccionario folklórico argentino de 1950. La condición fantasmal de la cerda nos recuerda el cuento de Lucas White, “La casa de la pesadilla”.

«Chancha con cadenas», de Inés de Iróstegui.

En el libro VIII de la Eneida de Virgilio, Eneas, de noche, se duerme en la ribera del río Tíber y en un sueño se le aparece el dios del río, que se refiere a una cerda blanca gigante que duerme al pie de las encinas de la orilla y que tiene treinta lechones recién paridos colgando de sus ubres. Ese será el lugar de saciedad y el descanso para sus fatigas. Partiendo de él, ha de ser fundada la ciudad de Alba y treinta ciudades latinas. Al despertar, Eneas ve a la cerda blanca tendida sobre la orilla verde, en la arboleda, con sus crías blancas. Eneas ofrece la cerda en sacrificio a Juno.

Los cuentos sobre cerdos espectrales o crueldades implican la deformación del mito original, que se da cuando el cristianismo sataniza a las deidades paganas y todo sueño se vuelve pesadilla. Norrys, el porquerizo de la gruta sombría de Lovecraft, implica la deformación del rey Ulises disfrazado de porquerizo y es una referencia a la deformación de los elementos del sueño de Morris hecha por Lautréamont (nótese que Lovecraft menciona al Marqués de Sade).

Continuará…

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Emiliano González

Autor de Miedo en castellano (1973), Los sueños de la bella durmiente (1978, ganador del premio Xavier Villaurrutia), La inocencia hereditaria (1986), Almas visionarias (1987), La habitación secreta (1988), Casa de horror y de magia (1989), El libro de lo insólito (1989), Orquidáceas (1991), Neon City Blues (2000), Historia mágica de la literatura I (2007) y Ensayos (2009).

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