HISTORIAS DE FANTASMAS

Los muertos que regresan tienen una historia que contar

III

Aglaia Berlutti

Primera parte

Segunda parte

 

El regreso a los silencios

Mucho antes que el espiritismo convirtiera la incredulidad colectiva en un nuevo tipo de asombro, el género del terror se reinventó para un tipo de lectores completamente nuevo, lo que allanó el camino para que lo que vendría después. La primera gran obra considerada de la llamada “literatura fantasmal” fue El castillo de Otranto, que reveló la prosa ingeniosa, macabra y refinada de Horace Walpole. Corría 1764 y el mundo literario manejaba el miedo desde lo moral, por lo que la obra de Walpole —cargada de simbolismo esotérico y crueldad— sorprendió a los lectores ingleses: se trataba de un recorrido aterrador por las penumbras de lo que se suponía debía atemorizar. Walpole se atrevió a saltar todo tipo de reglas tácitas sobre el terror y sentó las bases para lo que sería un tipo de narraciones, que tomaron la noción de lo terrorífico como algo más cercano a lo psicológico y retorcido.

Por extraño que parezca, todas las obras que siguieron a El castillo de Otranto tenían la misma percepción ambigua sobre los fantasmas que después desencadenaría el espiritismo. Incluso Anne Radcliffe, la indudable reina de los relatos góticos, en su etapa más temprana utilizaba el recurso desde la óptica del engaño y el melodrama subversivo, una percepción que con el tiempo pareció enlazar con esa versión de la realidad interpretativa a la que el espiritismo brindó un nuevo lugar.

Los cuentos de fantasmas (a menudo sin autor y publicados en facsímiles de mano en mano) se volvieron tan populares que en 1811 y 1815 se publicó la primera antología de relatos fantasmagóricos. Con sus cinco voluminosos tomos, Johann August Apel y Friedrich Laun recopilaron en Fantasmas de Gespensterbuch las narraciones más siniestras y hábiles de cuantas pudieron encontrar en periódicos, publicaciones privadas y revistas de género de la época. El resultado fue una hábil selección que abrió las puertas no sólo a un nuevo tipo de literatura, sino también demostró que los antiguos relatos orales sobre fantasmas se habían transformado en un robusto género por derecho propio. Incluso la propia Mary Shelley llegaría a admitir que buena parte de sus ideas provenían de aquella colección variopinta y extravagante, en la que lo gótico se mezclaba con relatos de corte naturista y un tipo de terror por completo novedoso e inquietante que formaba parte de la psiquis del hombre.

En 1828, The Tapestried Chamber de Sir Walter Scott se convirtió en el primer relato fantasmagórico publicado por una editorial de cierto renombre, rompiendo así el viejo prejuicio sobre los relatos terroríficos y su connotación casi doméstica. Scott dotó a su relato de una inusual atmósfera y a sus fantasmas de un enorme simbolismo, por lo que rompió con la percepción de Radcliffe y Walpole de la pequeña trampa narrativa que usaba el recurso sobrenatural como mera excusa para giros argumentales sorpresivos. Con Scott las historias de fantasmas encontraron una solidez apreciable, que las emparentó con la percepción de lo siniestro de las antiguas historias orales europeas.

En América, la llegada de los relatos sobre fantasmas y sucesos sobrenaturales fue más lenta que en Europa y, de hecho, se trató de un reflejo de lo que ocurría al otro lado del mar. El primer cuento sobre fantasmas en Norteamérica fue escrito por Nathaniel Hawthorne, que tomó los mejores elementos de las historias terroríficas y los convirtió en un interesante vehículo para la crítica política. Su cuento “El campeón gris” se convirtió en todo un símbolo de los primeros años del país como República y una ingeniosa manera de analizar el patriotismo. Pero sería Edgar Allan Poe quien brindaría a las historia de terror en el Nuevo Continente una personalidad propia: la deslumbrante “Ligeia” no sólo analizó lo fantasmagórico desde su estricta naturaleza romántica y sobrenatural, sino que asimiló las corrientes europeas hasta crear algo nuevo a la medida de un mundillo literario joven como el estadounidense.

Aun así, los relatos de fantasmas continuaron siendo rarezas en medio del género de terror, por lo que su existencia tenía relación con todo tipo de colecciones y recopilaciones menores sin verdadera importancia editorial. Pero una vez que el espiritismo cautivó la imaginación de Norteamérica y convirtió al hecho de los fantasmas en algo más que una muestra de superstición, las narraciones con temas sobrenaturales tomaron un segundo y definitivo aire que les convirtió en un género clásico dentro de la literatura. Para 1870, el espiritismo tenía millones de seguidores de un lado a otro del Atlántico: el reflejo del furor por los temas esotéricos se reflejó de inmediato en la literatura. Desde tratados filosóficos con cierto aire místico, como los de Emanuel Swedenborg y las narraciones de supuestos testimonios de médiums y contactados recopilados por Catherine Crowe en su clásico de 1848 The Night-side of Nature, transformaron la eventualidad del relato terrorífico en algo más que una curiosidad librera.

No obstante, no todo ocurría en debates tertulianos literarios: los eventos sangrientos de la Guerra Civil norteamericana golpearon a la sociedad de entonces con una visión sobre la muerte escalofriante y cercana. La violencia dejó una multitud de dolientes que encontraron en el espiritismo, y después en las historias de fantasmas, un solaz para el peso del duelo. De hecho, se considera que el surgimiento del espiritismo en el siglo XIX fue la combinación de un gran luto colectivo y una actitud reaccionaría hacia el positivismo helado y directo que contradecía cualquier posibilidad de vida después de la muerte. Con su sencillez folclórica y accesible, el Espiritismo se convirtió en el consuelo que los púlpitos e Iglesias no podían brindar y que la ciencia negaba de origen.

De modo que, para los pudientes victorianos de ambos lados del océano, la posibilidad de atravesar el velo de la muerte a través de un método sencillo era mucho más apetecible que los descubrimientos científicos que negaban semejante posibilidad. También lo eran los relatos que reflejaban el nuevo ánimo mundial con respecto a la incredulidad: “Mrs. Zant and Ghost” de Wilkie Collins, “Since I Died” de Elizabeth Stuart Phelps o “The Shell of Sense” de Olivia Howard Dunbar fueron ejemplos muy evidentes que la necesidad de contar historias que incluyeran la posibilidad de lo sobrenatural propició un cambio en la literatura consistente e irremediable. De pronto, el terror era mucho más accesible —y comprensible— que los densos volúmenes sobre filosofía que intentaban demostrar que el pensamiento mágico carecía de valor, cuando buena parte de los lectores consideraban justo lo contrario. De ese choque exponencial de criterios y percepciones sobre la realidad nacieron extraordinarias joyas como “The Last of Squire Ennismore” de Charlotte Riddell y “№1 Branch Line: The Signal-Man” de Charles Dickens.

En 1904, la primera colección de historias de fantasmas se publicó en una Norteamérica convencida de la posibilidad de comunicación entre el mundo de los vivos y los muertos: Historias de fantasmas de un anticuario de M.R James se convirtió en una de los libros más leídos, criticados e influyentes de su época, además de reflejar el hecho de la transformación de los sencillos relatos de horror en algo mucho más complejo y elaborado. De las apariciones casi frágiles y románticas de las décadas pasadas, los fantasmas se transformaron en criaturas siniestras y aterradoras, a las que James dotó de una perversa inteligencia. James, que aseguraba “haber sido testigos de misteriosas apariciones”, no sólo aterrorizó a sus lectores, sino que abrió las puertas hacia la noción del miedo como algo más que un conjunto de situaciones en las que lo sobrenatural buscaban sentido a través de la emoción.

“Me gusta que la gente tema dormir después de leer mis historias”, confesó James en una de las pocas entrevistas que concedió durante su vida. Y la frase parecía resumir no sólo el nuevo aire de la literatura de terror sino la manera en que la literatura de terror influiría en el futuro, no sólo en el ámbito de los relatos y novelas sino en toda la percepción occidental sobre lo misterioso y lo terrorífico.

Al final, se trata de un cuestionamiento que todo amante del terror se ha planteado antes o después. ¿Por qué leemos historias de fantasmas? ¿Por qué las contamos? ¿Qué nos provoca el terror? ¿La esperanza que somos algo más que un cuerpo destinado a morir? Cualquiera que sea el motivo o la razón, las historias de fantasmas llegaron al siglo XX para cautivar a la psiquis colectiva, y aún siguen haciéndolo. Una vieja experiencia primitiva convertida en algo más que desazón.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

TheAglaiaWorld 

 

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