LA OUIJA

y su extraña historia

 

Aglaia Berlutti

 

La noción sobre lo extraordinario y lo asombroso se transforma época con época, pero sobre todo se convierte en un reflejo de la forma en cómo la cultura puede comprender lo sobrenatural. Un buen ejemplo de eso es la historia de la tabla ouija, tan confusa como los rudimentos que tratan de explicar su funcionamiento.

Desde la noción de la existencia de lo sobrenatural que simboliza hasta el fuerte arraigo en la cultura popular que le rodea, se trata quizá del único artefacto de la imaginería popular que metaforiza el terror colectivo hacia la muerte. Lo más desconcertante es la noción sobre lo desconocido que parece representar y que se extiende desde su curioso origen hasta algo más amplio y complejo de definir. Para buena parte de nuestra cultura la ouija es una puerta abierta a lo desconocido, pero también un reflejo de nuestra capacidad para metaforizar nuestros dilemas y dolores colectivos. La combinación entre ambas cosas crea una singular visión sobre la muerte que aún sorprende por su cualidad casi inocente.

El rastro histórico de la ouija atraviesa todo tipo de imprecisiones y, específicamente, los espacios vacíos de su propio mito: ninguna investigación parece concluir de manera muy clara el lugar y fecha donde se utilizó por primera vez. Aun así, varios historiadores coinciden en que la huella más antigua acerca de su posible origen se encuentra en Grecia: hay indicios de que Pitágoras utilizaba, alrededor del año 540 a. C., un instrumento similar para acceder a «conocimientos invisibles». Se trataba de una «una tabla mística que se movía a través de letras y símbolos» y que componía mensajes en apariencia provenientes de entes invisibles que utilizaban la tabla como medio de comunicación con el mundo real. No obstante, Pitágoras nunca aclaró si se trataba de un ejercicio mental y de lógica con algún truco de prestidigitación, como se aseguró en varias crónicas de la época. Con todo, las descripciones del «misterioso» instrumento del filósofo continúan siendo la primera referencia directa sobre un objeto capaz de entablar comunicación con lo desconocido.

También hay relatos y crónicas chinas que aseguran que alrededor del año 340 a. C. se usaba en buena parte del continente asiático una tabla rodeada de piedras que permitía la comunicación con espíritus inquietos. Se trataba de un largo ritual que incluía ayunos sacramentales y ofrendas en pan para asegurar que los ancestros pudieran expresar letra a letra sus visiones sobre el pasado y el futuro. Pero, a pesar de las descripciones detalladas sobre su uso y la connotación sobrenatural acerca del instrumento, no hay una sola prueba que pueda demostrar si tenía el mismo uso que actualmente tiene la tabla ouija, más allá de ser parte de una tradición mayor. La connotación misteriosa parece unir de manera directa a la tabla de piedras china con la posterior reinvención que se popularizó por el resto del mundo.

Los primeros datos ciertos sobre la ouija como instrumento espiritista y ocultista aparecen por primera vez en Francia, cuando el psíquico M. Planchette creó una tabla muy semejante a la actual, a través de la cual aseguraba comunicarse con los recién fallecidos.

Posteriormente, el norteamericano Elija J. Bond le hizo algunas modificaciones y la vendió como curiosidad de feria en Nueva York.

Por último, William Fuld compró los derechos y la patentó, llamándola por primera vez «la tabla parlante», término que se popularizó y que posteriormente patentó como parte de una serie de herramientas de «uso psíquico», sin verdadero objetivo ni sentido inmediato. Un largo trayecto que convirtió a la herramienta en una curiosidad y, después, en un objeto de curiosidad colectiva.

Resulta intrigante que la ouija se convirtió en un icono de lo oculto desde las estanterías de las jugueterías estadounidenses: en febrero de 1891 los primeros anuncios que comercializaban a la llamada «ouija, la maravillosa tabla que habla» despertó la curiosidad de la ciudad de Pittsburgh, donde comenzó a venderse en una tienda de juguetes y curiosidades. La pequeña campaña publicitaria describió a la tabla como un «dispositivo misterioso» capaz de responder preguntas «sobre el pasado, el presente y el futuro». Fue un éxito inmediato: de pronto, el tablero parecía ser el juguete predilecto de los niños estadounidenses y su fama se extendió alrededor del país, donde fue considerado una «reliquia enigmática» y también una extraña conexión con lo desconocido. No obstante, pronto la tabla ouija dejó de ser considerada un juguete y comenzó a formar parte del imaginario sobre la muerte y lo desconocido a lo largo y ancho del mundo.

El historiador Robert Murch dedicó casi dos décadas a investigar cómo un objeto en apariencia trivial se convirtió en una leyenda urbana por derecho propio. Murch no solo estableció paralelismos entre la obsesión norteamericana del siglo XIX con el espiritismo sino también con cierto pesimismo filosófico de la época. El resultado es una verdadera certeza sobre la posibilidad de comunicación entre vivos y muertos sostenida sobre la noción de la existencia de un mundo espiritual paralelo al que la tabla ouija brindaba acceso en apariencia real. Claro está, se trató de un fenómeno circunstancial: el espiritismo había existido durante casi una década en Europa, pero fue hasta 1848 cuando llegó a EE. UU. convertido en un fenómeno de masas.

Robert Murch

Kate y Margaret Fox, dos hermanas residentes en Nueva York, convirtieron la presunción de los mensajes entre vivos y muertos en un espectáculo realista que atrajo multitudes y también la curiosidad periodística. Muy pronto, el espiritismo parecía estar en todas partes y el debate sobre la existencia de los espíritus — y la certeza de su capacidad para comunicarse con los vivos — pasó a ser debate común en un país en lo que lo sobrenatural suele ser asumido e interpretado como una idea vaga e incluso supersticiosa.

Sin duda, el espiritismo captó la atención estadounidense porque era de alguna forma compatible con el cristianismo. Era una actividad que no contradecía los dogmas de la Iglesia y no parecía especialmente reñido con la presunción bíblica sobre vivos y muertos. El movimiento también fue un consuelo en una época donde los conceptos sobre la muerte y la enfermedad eran poco menos que positivistas y creaban una presunción sobre la posibilidad de vida más allá de la muerte. Especialmente durante la Guerra Civil norteamericana el espiritismo ganó adeptos en masa. Las muertes y desapariciones durante el conflicto transformaban a los médiums y sesiones espiritistas en la única manera de obtener respuesta acerca de lo que ocurría en el campo de batalla. Se trató de un fenómeno que convirtió al espiritismo no solo en un tipo de creencia de enorme popularidad, sino también una curiosidad cultural de enorme importancia.

Fue cuestión de tiempo para que la ouija y el espiritismo coincidieran en intenciones, pero sobre todo en popularidad. La Kennard Novelty Company, los primeros fabricantes en distribuir el tablero ouija, notaron de inmediato las posibilidades que ofrecía mezclar la noción sobre lo desconocido de la tabla y el entusiasmo que las sesiones espiritistas despertaban en buena parte del país. Según Brandon Hodge, historiador del espiritismo, la tabla permitió que las sesiones no solo fueran más rápidas sino también más exactas. Además, logró que la creencia sobre la posibilidad de vida después de la muerte tomara un nuevo cariz y, sobre todo, se extendiera con una rapidez inesperada. Ya no era necesario convocar una sesión ni mucho menos solicitar los servicios de un médium. De pronto, comunicarse con los muertos resultó más sencillo que nunca.

Los periódicos se llenaron de extrañas historias en las que la ouija era la protagonista evidente: en 1920, los servicios telefónicos estadounidenses tenían información de que había una recurrencia de llamadas telefónicas de hombres y mujeres que aseguraban haber resueltos crímenes «gracias a la ouija», en especial el del jugador Joseph Burton Elwell, que recibió enorme publicidad y jamás fue resuelto. En 1921, el New York Times informó que una mujer de Chicago había sido internada en un hospital psiquiátrico debido que los espíritus «le susurraban secretos sobre su madre muerta». En 1930 los lectores de los periódicos se emocionaron ante el relato desconcertante de dos mujeres de Buffalo (Nueva York) que asesinaron a otra siguiendo instrucciones de un espíritu con el que habían entablado comunicación a través de la ouija. Una y otra vez, era evidente que la tabla servía no solo como una forma de expresión de inquietudes y temores, sino como una mirada a la extraña comprensión del ciudadano promedio norteamericano sobre sí mismo.

No obstante, el fenómeno trivializó las exigencias y la noción sobre el espiritismo y, casi dos décadas después, el interés por las sesiones espiritistas y también el uso del tablero ouija como objeto misterioso había disminuido tanto como para considerarse una rareza sin importancia. El antiguo fervor fue sustituido por el análisis científico y pronto muchas de las supuestas pruebas que avalaban la veracidad de comunicaciones genuinas con espíritus fueron consideradas fenómenos físicos por completo medibles o directamente fraudes fraguados por los participantes. El éxito se convirtió en el prolegómeno de una serie de cuestionamientos sobre la creencia y, para la segunda mitad del siglo XX, tanto la tabla como las elaboradas sesiones de comunicación con el más allá habían pasado a ser una curiosidad cultural intrascendente.

Casi 120 años después, la ouija y su curiosa influencia sobre la imaginería popular continúa sorprendiendo a historiadores y folcloristas. Desde su comercialización como oráculo místico, entretenimiento familiar y, por último, puerta abierta hacia el más allá, la tabla ouija parece haber representado una evolución de conciencia en la psique norteamericana sobre el bien, el mal y, sobre todo, la concepción sobre lo que ocurre después de la muerte. La tabla atrajo hacia lo sobrenatural a todo un amplio espectro de edades, profesiones y educación, lo que la convirtió en un cuestionamiento válido sobre el miedo a lo desconocido y las razones por las cuales nos inquieta su mera existencia. De una u otra manera, la tabla no solo permitió expresar las inquietudes genuinas de varias generaciones sobre la muerte, sino también buscar sus propias respuestas.

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AQUÍ puedes saber más de las hermanas Fox.

AQUÍ puedes ver la página de Robert Murch.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

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