EL METAMENSAJE, EL TERROR Y LA VISIÓN CINEMATOGRÁFICA SOBRE LA MALDAD

reflexiones sobre Irreversible de Gaspar Noé

 

Aglaia Berlutti

 

Usualmente el cine ha tocado el tema de la violencia desde dos extremos: desde la sutileza psicológica —el dolor y la crueldad que se sugiere— y desde lo explícito esa evidencia cruda e incontestable de lo que puede ser la crueldad del hombre; o mejor dicho, esa visión que se tiene sobre el sufrimiento, la agresión y el temor. En su libro La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas, el escritor Román Gubern insiste en que desde muy temprana edad el hombre necesita combatir el miedo con miedo, satisfacer una interpretación sobre lo que puede o no hacerle daño a través de un estímulo insoportable. “Es una conducta que implica la búsqueda de una emoción violenta, cuyo placer es fronterizo con el placer erótico, tal como lo revela el cuadro de respuestas fisiológicas del sujeto: el escalofrío, por ejemplo, es una respuesta común al estímulo erótico y al miedo”, señala el autor, lo que hace que el cuestionamiento sea inmediato: ¿Qué deseamos expresar cuando combatimos el miedo, la violencia y el sufrimiento a través de medios artísticos? ¿Cuál es el mensaje único que intenta transmitir esa visión del absurdo y el caos a través de ese lado más inquietante de la naturaleza humana? Las respuestas pueden ser múltiples y variadas, pero siempre conducen a una única reflexión: para el hombre —la cultura que construye, la sociedad que lo representa— la violencia es una forma de comunicación.

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Una idea sin duda desconcertante, pero que el cine aplica como fórmula más o menos exitosa con cierta frecuencia. Tal vez se deba a esa estructura básica de arte en busca de su lenguaje definitivo, pero el cine siempre ha buscado ese equilibrio —casi inexistente— entre lo que irrita y lo que agrada. Desde la directamente desagradable Pink Flamingos de Waters o lo erótico como metamensaje de crueldad de Pasolini, el hecho es que el terror, lo que asombra y lo que violenta esa necesidad del arte por arte ha sido una constante dentro del mundo fílmico. La transgresión esencial del cine siempre parece reflejar de manera deformada e intencionalmente distorsionada lo que consideramos real, elocuente, evidente, necesario; incluso bello. Porque mostrar la violencia y el sufrimiento como formas artísticas parece transgredir y sobrepasar ese análisis pragmático sobre su origen primitivo. Y es que para el cine, la mayoría de las veces, la violencia explícita —la que no se disimula— guarda un mensaje concreto y profundamente humano: la raíz del dolor y la cuestión humana procede del mismo espíritu del hombre; de lo que asume como real y, sobre todo, lo que se necesita asumir como inmediato. Una exploración interna del sufrimiento —sin disimulo alguno— que llega a rozar lo simplemente despiadado.

Una violación, una venganza feroz y el dolor oculto en medio de largos planos secuencias convierten a Irreversible (2002), del cineasta argentino Gaspar Noé, en una reflexión sobre el desconcierto, el miedo y, por supuesto, el morbo. La película no sólo es una durísima perspectiva sobre la violencia absurda y sin justificación —a pesar de las apariencias, Noé no se detiene en analizar las causas e implicaciones de los horrores que muestra—, sino también de ese sinsentido que las rodea como contexto. La sensibilidad del espectador se somete a una prueba de tolerancia y comprensión de la crueldad como una expresión de lo humano. Porque quizá lo más desconcertante en Irreversible es el hecho de que la noción sobre el espíritu humano permanece sobre lo irremediable y el azar. La necesidad de la justicia —brutal y primitiva— impera en todas partes y se elabora como una idea coherente en mitad de camino entre el deseo de venganza y cierta belleza conceptual.

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Para contar una historia semejante el director eligió un falso realismo basado en largos planos secuencia que convierten la cámara en un observador morboso y atento. Además, utilizó el tiempo para meditar sobre las consecuencias del horror y el temor. Con un orden cronológico inverso, analizó la identidad como algo más grande que lo evidente: la suma de las pequeñas piezas de cada decisión y cada concepción de la realidad.

Esa noción sobre lo doloroso y lo peligroso que se relaciona intrínsecamente con la naturaleza del cine es una de las obsesiones de Noé, como lo deja bien claro en Irreversible, quizá su obra más conocida. El film, abrumador, pendenciero y casi insoportable, ha sido tildado de homofóbico y fascista; aunque su director insiste en que sólo se trata de una visión de la violencia sin añadiduras. Y tiene razón: lo que sorprende en Irreversible no es sólo el metaanálisis sobre lo que muestra —o lo que no—, sino el hecho de que no emite opinión ni mucho menos pontifica sobre su crudeza a través de elementos disuasorios. La violencia está a la vista, se reconstruye y marca el ritmo incesante de una estructura visual que desconcierta desde la primera escena. No hablamos, claro, sólo de los valores artísticos de la película, porque, a pesar de la narración inversa y los planos de secuencia zigzagueantes y temblorosos que construyen una sinfonía del dolor y la ultraviolencia, lo que Noé pretende es crear un lenguaje visual que desmitifique el horror. Lo hace a través de esa reflexión sobre la indignación, el miedo y la crueldad que desborda incluso lo meramente visual. Porque Irreversible es un film creado para molestar, para incomodar y desconcertar. Insiste, una y otra vez, en la tesis de la violencia que crea violencia, esa necesidad del hombre de destruir para consolar la destrucción. En una serie de escenas que parecen carecer de lógica, pero que finalmente se concatenan para construir una visión casi grotesca de la realidad, la ficción parece solamente ser un reflejo de la realidad. Una interpretación inaudita sobre quiénes somos, a quién tememos y lo que nos produce angustia y placer.

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Por supuesto, Irreversible es un debate abierto sobre lo morboso y lo directamente provocativo. Pero para Noé, el insistente observador de la realidad, la película medita sobre un tema aún más profundo: cuestiona los límites de la representación y más allá: el lenguaje cinematográfico que desmenuza la realidad —lo que consideramos real— a través de una visión alterna. El director lo deja claro desde el principio: con Irreversible el público tiene dos opciones, aceptar la realidad tal y como se le muestra o negarse a ella, huir de su expresión más abrumadora. Entre ambas cuestiones parece existir una brecha para la opinión, para la discusión insistente sobre lo idóneo del lenguaje cinematográfico al servicio de la realidad y lo que es aún más inquietante: la ficción como evidencia de la violencia como elemento esencial del espíritu del hombre.

Porque, sin duda, Irreversible resulta intolerable para la mayoría del público y, aún así, la película se analiza a sí misma como un documento casi nihilista sobre el dolor. Convierte al espectador en un impotente observador, un testigo mudo de hechos tan descarnados y angustiosos que terminan cuestionando la esencia misma de la realidad y la ficción confrontadas en un lenguaje artístico. La atmósfera se hace irrespirable y las imágenes se hacen cada vez más duras, llegando a un límite tan grotesco que el observador —ese testigo involuntario, atado a la fascinación de la imagen que transcurre— se ve obligado a rechazar la violencia casi físicamente. La trama avanza en una espiral de vértigo para terminar en una última escena de profunda angustia moral y espiritual. ¿Cuál es el límite real entre lo que se muestra y se interpreta? ¿Qué tan insoportable es esta revisión incontestable de la crudeza de la naturaleza del mundo? La respuesta no es sencilla y, desde luego, Noé no la brinda de inmediato. O quizá no está interesado en hacerlo, ni antes ni después, en medio de la narración que oscila entre lo aterrador y lo emocionalmente destructor.

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De hecho, la película acaba sin que sepamos realmente si hay una manera de interpretar lo que hemos visto más allá de la simplicidad de una visión fragmentada de la realidad. Y así, Noé, en una muestra de evidente provocación, deja al espectador la decisión. La última escena de la película parece flotar entre un antes y un después frágil, carente de significado y, aún así, insistir en el acecho constante de la devastación moral, de la destrucción de la idea más elemental de nuestra mente y de la simple crueldad: la violencia es parte de lo cotidiano, de lo que tememos, y forma parte de la realidad.

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

TheAglaiaWorld 

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