ROSA NECRONÓMICA

una lectura de W. B. Yeats a través del horror cósmico

de H.P. Lovecraft

Gabriel Santos

 

Come away, O human child

To the waters and the wild

With a faery, hand in hand

“The Stolen Child”, The wanderings of Oisin and Other Poems, W. B. Yeats (1889)

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The Old Ones were, the Old Ones are, and the Old Ones shall be.

“The Dunwich Horror”, Weird Tales, H.P. Lovecraft (1929)

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“Cada escritor crea sus precursores”, anotó Borges a propósito de Franz Kafka (“Kafka y sus precursores”, Otras inquisiciones, 1952). Propone que hay autores cuya obra tiene una voz tan significativa que la reconocemos no sólo en autores posteriores influenciados por ella, sino también en autores del pasado. El vínculo no está en los autores, sino en nosotros que leemos sus obras. El propósito de estos apuntes es explorar cómo una lectura de los “Mitos de Cthulhu”, ese universo ficcional concebido por H.P. Lovecraft y posteriormente compartido y desarrollado por innumerables autores [i], le da un “sabor” de horror cósmico a la lectura de dos relatos del gran poeta de Irlanda, premio Nobel de Literatura en 1923, William Butler Yeats. Hablo de sus relatos esotéricos “Rosa Alchemica” y “The Tables of the Law” (1897, incluidos en una colección de sus relatos sin desperdicio para aficionados a la literatura de lo insólito:  Mythologies, 1959 [ii]).

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Yeats fue un joven poeta de alma vieja y un caballero maduro de alma joven. Sus primeros libros de poesía (The Wanderings of Oisin, 1889 y The Wind Among the Reeds, 1899) tienen un brillo lírico crepuscular, pastoral y romántico. Cimentaron su fama y son muy estimados por los lectores de poesía en lengua inglesa. Su poesía posterior se impregnó de las angustias bélicas y políticas de su tiempo, y de un simbolismo esotérico y suntuoso que la hacen una lectura difícil pero fascinante (“Sailing to Byzantium”, “The Second Coming”, “Ego Dominus Tuus”, “Easter” de 1916). El impulso de ese tránsito está en parte en su participación en las búsquedas espirituales de su tiempo.  Fue un apasionado estudioso del folklore de su país, donde abunda lo sobrenatural (“The Celtic Twilight”, “Stories of Red Hanrahan”, incluidos en Mythologies) y de las exploraciones en los límites de la conciencia y la naturaleza humanas que eran furor en su momento. Le tocó vivir los últimos momentos de gloria del espiritismo, de las sociedades secretas (tuvo vínculos con Madame Blavatsky y su círculo teosófico, y después se hizo miembro de la famosa Hermetic Order of the Golden Dawn), los hallazgos de la escritura automática (fuente de su A Vision, 1925), de las ideas jungianas del inconsciente colectivo y del alma del mundo (expresadas en “Anima Hominis” y “Anima Mundi”, incluidos también en su imperdible colección Mythologies, que no me canso de recomendar). La bisagra entre esas dos etapas está simbolizada en los textos que nos ocupan aquí, “Rosa Alchemica” y “The Tables of the Law”, de 1897 y que anteceden por más de 30 años a la publicación de “The Call of Cthulhu” de H. P. Lovecraft (Weird Tales, 1928). Lovecraft escribió de Yeats que era quizás el más grande poeta de su tiempo (Supernatural Horror in Literature, 1927), pero no hay razones para pensar que la obra del celebrado irlandés haya influido en la del recluso de Rhode Island. Pero, como veremos a continuación, en estos relatos de Yeats hay elementos que la lectura de los “Mitos de Cthulhu” nos hacen reconocer como lovecraftianos.

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Ambos relatos, “Rosa Alchemica” y “The Tables Of The Law”, tienen algo en común: cada uno es el relato de una caída en la búsqueda de una experiencia trascendente por medios esotéricos y siguiendo la guía de un libro prohibido. Ya en estos elementos empezamos a notar un sabor lovecraftiano. Faltan los antiguos venidos de las estrellas, pero de su posible presencia en estas historias hablaremos más adelante.

En la primera historia Yeats nos presenta al “magus” hermetista pagano Michael Robartes (mencionado en algunos de sus poemas), que lo invita a iniciarse en los misterios de su Orden de la Rosa Alquímica en una casa que sirve como templo y donde se guarda una biblioteca que incluye un volumen sin nombre que expone la doctrina de la alquimia espiritual de la orden, que prepara al neófito para una ceremonia mágica y alucinatoria, donde los iniciados consiguen invocar a los inmortales a una danza mística. Pero el narrador descubre pronto que la ceremonia en realidad es un evento de horror cósmico. Las presencias inmortales tienen ojos que no parpadean y son algo más y a la vez menos que humano. Entes vampíricos que beben las almas de los iniciados. La pretensión de alcanzar una esfera de conciencia superior —por medios prohibidos— termina en horror y desastre.

En la segunda historia Yeats nos presenta a otro personaje que también está presente en su poesía, el místico cristiano Owen Aherne. Este buscador de la trascendencia también se inspira en un libro prohibido: el Liber Inducens In Evangelium Aeternum, atribuido por él a Joaquín de Fiore (personaje real, teólogo Franciscano del siglo XII) y que expone una doctrina a la vez histórica y mística. La Ley del Padre y sus mandamientos, establecida en el Viejo Testamento, ha pasado ya. La amorosa Ley del hijo, expuesta en el Nuevo Testamento, está pasando. Viene el tiempo de la Ley del Espíritu Santo. La victoria de la espiritualidad. Aherne parte a un peregrinaje de varios años y muchas tierras para descubrir con sus trabajos esa misteriosa Ley. Diez años pasan y el narrador se encuentra a un Aherne derrotado. Ha encontrado la Ley del Espíritu, pero ese hallazgo lo ha destruido al romper los vínculos que lo unen a lo Divino. Lo que el narrador descubre, con una “segunda vista” desarrollada gracias a su previa iniciación en los misterios descubiertos por Michael Robartes, es que la Orden de la Rosa Alquímica realmente es ultraterrena y sus vampiros inmortales ahora tienen prisionero a Aherne, sin que éste pueda verlos. De nuevo, la pretensión de alcanzar una esfera superior de consciencia termina en horror y desastre.

Con este resumen podemos reconocer los elementos que los relatos de Yeats tienen en común con los de Lovecraft: el erudito buscando un conocimiento oculto en un libro prohibido que lo pone en contacto con formas de conciencia ultraterrenas que resultan destructoras. Los vínculos se reconocen a partir de la lectura de los dos autores, como sugirió Borges, y comprueban que Yeats puede ser considerado un precursor de los “Mitos de Cthulhu”.

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¿Pero dónde quedaron los Antiguos lovecraftianos? En la obra de Yeats se sugiere que la legión de vampiros inmortales que predan a la Orden de la Rosa Alquímica son los demonios del cristianismo o los de la antigüedad pagana. Pero la sugerencia es lo bastante ambigua como para permitir una lectura diferente, influenciada por Lovecraft. ¿Qué nos impide pensar que detrás de esos ojos que no parpadean (que Michael Robartes pudo todavía ver pero Owen Aherne no) se asoman Nyarlathotep, el caos reptante, o Mormo, las mil caras de la luna?

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[i] Entre los autores mexicanos que han hecho aportaciones a los “Mitos de Cthulhu”, mencionaré a Emiliano González (“La herencia de Cthulhu”, en Los sueños de la bella durmiente, 1978).

 

[ii] De esta colección hay una excelente traducción al español de Fernando Robles: Mitologías, La Fontana Mayor (1977).

 

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Gabriel Santos

Egresado del diplomado de SOGEM en otro siglo.

Desde entonces, guionista de televisión y tareas afines.

Aficionado al café y a la literatura de lo insólito.

 

 

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