SER LIBRE COMO COCODRILA

ES METAMORFOSIS ELEGIDA

 

Alicia M. Mares

 

“Siento el viento de los desiertos soplar sus aires calientes sobre mí. Me derriten. Me penetran ahí abajo. Y algo cambia, algo que ya no soy yo. Y que es esto: un cocodrilo. Así comienza mi fuerza, arrastrándome seductoramente, como cintura de mujer que se menea cuando camina.”

Un relato de la salvadoreña Jacinta Escudos

Así describe la protagonista de “Yo, cocodrilo” su primera transformación. En este cuento* de Jacinta Escudos, que pertenece a El Diablo sabe mi nombre (Consonni, 2019)**, nos introducimos a un mundo geográficamente ambiguo, donde lo único que se describe es un río, una aldea, el calor asfixiante de la orilla y un comando opresivo: la mutilación genital.

La protagonista —quien es una niña— lo describe así:

“No me gustaba ser humana. Prefería mis horas de cocodrilo. Madre había sido clara. Me dijo, «tienes que someterte al ritual». Y yo le decía «no, prefiero ser cocodrilo». Madre me tiraba al piso, me gritaba. Todas las mujeres hablaban conmigo. Me decían que tenía que hacerlo, que no temiera, que todas lo hacían.

Yo lloraba. No quería oírlas. Ponía mis manos sobre mis oídos y lloraba. Sabía de los gritos de las niñas cuando iban al ritual. Sabía de las que morían después.”

La sangre por donde salen las aguas

Para entrar en contexto, recordemos que la ablación genital todavía se practica en 30 países, y más de 200 millones de niñas y mujeres han sido objeto de ella. La mutilación genital femenina (MGF) es considerada una violación de los derechos humanos por la Organización Mundial de la Salud (OMS)***. Con frecuencia, dice la OMS, la MGF se hace porque se piensa que es necesaria para tener una conducta sexual aceptable, ya que pretende asegurar la virginidad antes del matrimonio y la fidelidad después de él. Durante la operación suelen morir muchas mujeres, deja secuelas (entre ellas infecciones frecuentes y dolor crónico) y no tiene ningún beneficio para la salud.

Esto, por supuesto, no lo sabe la protagonista. Para ella es un ritual que deja sangrando por días a todas las niñas, que ocasionalmente las mata, que las daña, y por eso no quiere someterse a ello.

“Preferiría ser cocodrilo, indigna, impura”, dice ella, después de que le explican que nunca podrá casarse, que nadie la querrá nunca.

Pero más allá de la convención, hay otra problemática.

Jacinta Escudos

La autonomía y la sexualidad

Rechazar el ritual no solamente conlleva el desprecio de su comunidad y la transformación en cocodrilo. También provoca que las partes crezcan y se vuelvan igual de grandes como los cuernos de una cabra, susurra la aldea. Esto lleva a que la niña protagonista sueñe:

“En el sueño estaba acostada boca arriba, sin ropas. Y en el sueño veía que de mi entrepierna crecía una larga serpiente con un solo ojo en el centro, gruesa y rígida, del color de mi carne, y yo tomaba la cabeza de la serpiente entre mis manos y la metía en mi boca, y sentía cosas extrañas en mi cuerpo. Y despertaba apretando las piernas y sintiendo cómo algo se movía en esa parte donde salen las aguas del cuerpo.”

¿Es esa larga serpiente con un solo ojo una alusión al falo, símbolo de poder del patriarcado, vaticinio del despertar de la sexualidad, o una descripción infantil de la cola del cocodrilo?

De entrada, el despertar a la sexualidad tiene bastantes símiles con la descripción de la transformación animal. El aire caliente que la penetra por abajo y potencia la transformación, la sensualidad innata —no en vano se nombra la cintura de una mujer que se menea de manera seductora— de ser cocodrilo.

Entonces, ¿ser cocodrilo equivale a ser una mujer que tenga autonomía y poder sobre su propia sexualidad? Si una no pasa por el ritual, y renuncia a una vida de dolor, de existir solo para el placer del hombre, ¿entonces se convierte en animal, en mujer libre? Quizá no sea tan sencillo.

Puede que la larga serpiente con un solo ojo sea un paralelismo del falo, del poder que la niña ansía tener para desmantelar el ritual y ser libre. Pero el cuento no acaba ahí.

Metamorfosis elegida, maldición indigna: Yo, cocodrila

Cuando llega el momento en que su madre finalmente decide forzarla, la niña escapa. Y cuando vuelve, está liderando una invasión.

“Fuimos a la aldea. Destruimos todo. A los únicos seres que despedazamos fue a las mujeres de la aldea. Algunos compañeros murieron en la hazaña. Los hombres se defendían. Pero los hombres no nos interesaban. Eran ellas las que hacían todo. Las que cortaban, obligaban, mantenían las piernas abiertas […] Participé personalmente en la comida de la curandera. Y nos encargamos también de todas las demás, porque las niñas no eran felices nunca, después del ritual. Fue un acto de piedad terminar con ellas.”

“Yo, cocodrilo” es un cuento que invita a reflexionar sobre los esquemas del patriarcado y a recordar que no son solamente los hombres quienes lo perpetúan. Además, es una crítica social que incorpora muy bien los elementos fantásticos.

Resta reflexionar: las metamorfosis nombradas en este cuento de Escudos también sufren cambios. Por un lado, volverse cocodrilo es una maldición provocada por no someterse a la transformación del ritual. Pasar por este es la transformación voluntaria, que te deja digna y pura, pero quizá muerta.

Por el otro, la transformación involuntaria —de niñas desobedientes y parias— te deja indigna e impura, pero libre. Posteriormente, es la transformación deseada, síntoma de no someterse a la convención y vivir sin dolor.

¿Ser cocodrilo es ser indigna porque todavía tienes derecho al placer, derecho al salvajismo de ser libre? ¿Ser cocodrila significa tener derecho a tu sexualidad, a la vida sin pudor que caracteriza la infancia y a la protagonista de esta historia?

Es la elección final de la niña. Su fuerza comienza con su transformación en animal, en mujer libre que devoró al patriarcado que dominaba su aldea.

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* También incluido en Insólitas, narradoras de lo fantástico en Latinoamérica y España (Páginas de espuma, 2019).

** Publicado originalmente por Uruk Editores, 2008.

*** https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/female-genital-mutilation

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Alicia Maya Mares (Ciudad de México, 1996)

Graduada del 12º Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y correctora de estilo en formación. Trabaja como redactora en una agencia digital. Ha publicado en la sección “Piensa Joven” del Heraldo de México, en las revistas Marabunta, Colofón, Origami y Efecto Antabus, y le lee su columna de revista Palabrerías a sus seis gatos. Creció al lado de un árbol de jacaranda.

Twitter: @AliciaSkeltar

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