Volveré… y seré millones

Terminator I y II

Matías Carnevale

 

Los artículos publicados previamente en esta columna mensual han tratado sobre invasiones en el cine estadounidense de ciencia ficción de los ochenta, y ahora es el turno de los robots.

Para delimitar los alcances de la terminología empleada, es necesario establecer una diferencia entre robot y cyborg; el primero es puramente sintético y puede tener forma no humana, mientras que el segundo es un híbrido con componentes orgánicos y de morfología similar a la nuestra, que es el caso con el personaje que interpreta Schwarzenegger en Terminator I y II. Aquí, no obstante, por motivos prácticos, tomaremos ambos términos como sinónimos. Hemos de tener en cuenta el origen de la palabra robot, acuñada por el hermano del escritor checo Karel Čapek, pero desarrollada en la obra teatral de este último, R.U.R., Robots Universales Rossum. Rossum, nombre del industrialista que produce a los autómatas, guarda relación con la palabra checa razón, y hemos de tener en cuenta este aspecto cuando consideremos que es la emoción, el sentimiento (elemento que lo acerca más al Hombre de hojalata de El mago de Oz), lo que moviliza al Terminator a sacrificarse, antes que su capacidad de calcular con frialdad.

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Dejaré a un lado las complejidades y paradojas del viaje temporal (que se vuelven aún más intrincadas en entregas posteriores de la saga), para enfocarme en otros aspectos, especialmente en el film como ejemplo de lo que puede llamarse terror nuclear en el cine, algunas conexiones intertextuales y alusiones teológicas, y el significado del Terminator.

En su más reciente producción como director de ciencia ficción, Avatar (2009), vemos a James Cameron —vegano él— como ecologista, o al menos antibelicista. Cuando se estrenó la primera entrega de Terminator en 1984, una guerra nuclear contra Rusia era todavía posible, pese a los tratados bilaterales START (Strategic Arms Reduction Treaty), que comenzaron en la Era Reagan (1982) y apuntaban a mantener el número de ojivas nucleares en menos de 6.000 por país signatario. En la segunda de la saga, de 1991, tenemos una advertencia desgarradora respecto de una posible destrucción nuclear, en una de las escenas más terroríficas de la historia del cine estadounidense: la irrupción violenta de una explosión nuclear mientras un grupo de niños juega inocentemente. (Imágenes 1-4)

Imagen 1: en una visión durante un sueño, Sarah Connor se ve a sí misma.

Imagen 1: en una visión durante un sueño, Sarah Connor se ve a sí misma.

Imagen 2: intenta advertirle a su yo del futuro respecto de lo que vendrá.

Imagen 2: intenta advertirle a su yo del futuro respecto de lo que vendrá.

Imagen 3: la catástrofe nuclear cae sobre Los Ángeles, sobre niños y adultos por igual.

Imagen 3: la catástrofe nuclear cae sobre Los Ángeles, sobre niños y adultos por igual.

Imagen 4: su advertencia no es suficiente.

Imagen 4: su advertencia no es suficiente.

En Terminator II, al hablar sobre cómo la Skynet iniciaría la destrucción, el Terminator menciona a los rusos. John Connor pregunta “¿No son nuestros amigos ahora?”, indicando así que después de la disolución de la URSS la política internacional pudo haber cambiado, pero las armas nucleares todavía eran parte del arsenal de los ejércitos del mundo.

También —y esto es algo patente en grandes obras de ciencia ficción, sea literaria o cinematográfica— tiene elementos que pueden considerarse proféticos, anticipatorios. Una red informática global de defensa no es tema nuevo en el cine de ciencia ficción norteamericano ni comienza con Terminator. Ya en Fail Safe (Punto límite, Lumet, 1964), una computadora realiza un cálculo erróneo y envía unos aviones con cargas nucleares a Moscú, para terminar en un intercambio atómico que implica el sacrificio de Nueva York.

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En Colossus: The Forbin Project (Colossus: El proyecto Forbin, Michael Sargent, 1970), se repite la idea de una supercomputadora tomando las riendas políticas de la humanidad, a ambos lados de la Cortina de Hierro, por considerarnos débiles y emocionales.

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Y en War Games (Badham, 1983), un hacker adolescente se infiltra en una red informática para casi iniciar la Tercera Guerra Mundial.

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Hoy nuestro uso civil de Internet es herencia de un uso bélico inicial, en el que un sector del Ministerio estadounidense de Defensa, ARPA, comenzó en 1962 las investigaciones para desarrollar una red global de computadoras, y varios de los proyectos de la Agencia DARPA van encaminados a diseñar exoesqueletos para los soldados de los Estados Unidos y máquinas autómatas que continúen la tarea ya iniciada por los drones. (Imagen 5)

Imagen 5: el robot como parte de la familia.

Imagen 5: el robot como parte de la familia.

Si un cyborg puede reformarse y cambiar de bando, y desarrollar un sentido de la empatía y el deber, a nosotros, humanos, nos es menester volver a estas cuestiones, perdidas en un océano de complaciente consumismo, espoleado por corporaciones inescrupulosas, guiadas por el más abyecto sentido de la ganancia. En este caso, Cyberdine cumple ese rol, como lo cumplieron Soylent Green en la película homónima de 1973, la corporación Delos en Westworld (1973) y Omnicorp en Robocop (película que analizaré en la próxima y última entrega de esta serie de artículos).

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Cabe mencionar algunas conexiones teológicas que pueden ser hechas en ambos films: las iniciales de John Connor (JC) pueden equivaler a Jesús Cristo, considerando que es el elegido para salvar a la humanidad. Tanto la idea de apocalipsis nuclear como el subtítulo de la segunda película de la saga, juicio final, reflejan un vocabulario que denota una influencia bíblica insoslayable. También es relevante que la madre —importante en la doctrina católica— se vea involucrada en la salvación de nuestra raza. Estos elementos escriturales se hacen más evidentes con los títulos de las distintas secuelas del film, Salvación (2009) y Génesis (2015). Continuando con las alusiones bíblicas, en 2 Pedro 3:5-10 observamos que mientras el primer cataclismo global —el Diluvio universal— fue causado por el agua, el apocalipsis de nuestra época será por el fuego.

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En la primera entrega, el monstruoso Terminator es imparable, como una fuerza de la naturaleza pero producto de la arrogancia y la avidez humana. Se comporta igual que otros asesinos en serie (Martes 13, Halloween): no siente remordimiento, piedad o temor. Durante su ataque a la comisaría donde se halla alojada Sarah y detenido Reese[1], el Terminator es inicialmente confundido por un terrorista. Aquí el Terminator es un ejército de un solo hombre. El modelo T-800 es la muerte misma: un esqueleto de metal, con componentes cibernéticos. Es la representación de la guadaña, para la era de la informática. (Imagen 6)

Imagen 6: la “huesuda” metálica y con ametralladora en mano.

Imagen 6: la “huesuda” metálica y con ametralladora en mano.

Sarah concluye en Terminator II[2] que “Si una máquina, un Terminator, puede aprender a valorar la vida humana tal vez nosotros también podamos”. Tan bajo ha caído la humanidad que necesita de un mentor robótico para alcanzar la paz.

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[1] es posible que haya un elemento intertextual aquí con Asalto al precinto 13, de John Carpenter (1976) film en el que los atacantes parecen tener toda la ventaja.

[2] uno creería que el consenso general es que la historia de los Terminators debió haber finalizado ahí, mientras podía mantener su dignidad.

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Imagen de cabecera: «The Terminator (T-850)», por Odissey Art.

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Foto CarnevaleMatías Carnevale (Tandil, Argentina; 1980) es Licenciado en lengua inglesa, con especialización en literatura y cine, por parte de la Universidad de San Martín. Ha cursado estudios de guión y publicado textos y traducciones en diversos medios nacionales como Haciendo cine , Axxon y Revista Evaristo Cultural. Entre sus proyectos se hallan la preparación de una antología personal de cuentos fantásticos y de una ponencia sobre El día de los trífidos de John Wyndham.