DANZAS MACABRAS

Edna Montes

 

Un día cualquiera de 1518, la señora Troffea tiene unas ganas incontenibles de bailar. En una escena digna de un musical de Broadway, la mujer se planta en una angosta calle de Estrasburgo, Francia, y empieza una danza frenética que dura entre cuatro y seis días (las fuentes no parecen ponerse de acuerdo). En una semana, ya hay 34 personas que danzan por las calles sin parar; al mes suman 400. Es final del verano y las autoridades creen que la mejor opción es prescribir a los afectados más baile, hasta que cese el ímpetu; incluso contratan bandas que toquen acompañamiento para la gente. ¿Qué sentido tiene bailar sin música? Nadie se detiene, todos mueren uno a uno por la falta de sueño, la deshidratación, el agotamiento y hasta por paros cardíacos.

«The Saint John’s Dancers in Molenbeeck» (anónimo)

El de 1518 no fue el primer caso, pero sí el mejor documentado. Diferentes casos de «Coreomanía», «Danzamanía», «Peste de la Danza» o «El baile de San Vito» (quizá la denominación más extraña, que surge de la vieja superstición de que la plaga era una maldición proveniente del mismísimo santo siciliano) se han documentado desde el siglo VII y hasta el XVII, cuando se detuvo misteriosamente. El azote afectó varios puntos de Europa, como Italia, Luxemburgo, Alemania, Francia y Holanda. Confieso que desde que supe del caso de Estrasburgo, este tema se volvió una de mis obsesiones morbosas favoritas porque me hizo recordar uno de mis cuentos de hadas preferidos de niña: «Las zapatillas rojas» de Hans Christian Andersen.

Los cuentos de hadas fueron mi primera aproximación al terror y también el primer sitio donde entendí las implicaciones siniestras de la danza. Allí estaban los círculos de Hadas de las historias celtas (en las posteriores a la llegada del cristianismo en todo caso), donde la pequeña gente danzaba en círculos y secuestraba a cualquier mortal tentado a unirse. O la madrastra de Blancanieves en la versión de los hermanos Grimm, cuyo castigo final consistía en bailar con zapatos de metal al rojo vivo hasta caer muerta.  Pero, sobre todo, Karen, la niña de las zapatillas rojas que no puede dejar de bailar y se ve obligada a cortarse los pies; entonces, el calzado continúa en movimiento con todo y pies cercenados dentro.

Tiempo después, llegué a la película de 1948 The Red Shoesbasada en el cuento de Andersen, dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger y protagonizada por una etérea Moira Shearer. Quizás aplique más como un drama romántico que como un filme de terror, pero el ambiente opresivo de la cinta siempre me hizo pensar que era justamente una historia en la que el elemento sobrenatural irrumpía en la realidad hacía el desenlace. En el fondo, no dejo de verla como una de aquellas historias góticas donde el límite entre la locura y lo inexplicable es más bien tenue, quedando a interpretación del espectador.

El ballet no es ajeno a la idea de la danza maligna: En El pájaro de fuego de Stravinsky hay una «Danse Infernale», donde los demonios enviados a luchar contra el héroe reciben el hechizo del pájaro de fuego y se ven impelidos a danzar sin parar.

En Giselle, tras la decepción amorosa, la protagonista se vuelve loca, irrumpe en una danza fatídica (la última de su vida) y muere de pura desesperación entre los brazos su madre. Después, su espíritu se vuelve una de las Willis (muchachas que han muerto por desamor) que se reúnen cada noche en el bosque para urdir venganza contra sus examantes traidores y, hacia el final de la historia, hacen bailar a Albrecht hasta la muerte (aunque al final Giselle logre salvar la vida de su enamorado). Las Willis no solo emulan a las Veelade la mitología eslava, también exhiben uno de los tantos atributos que las criaturas míticas heredaron a las brujas con la llegada del cristianismo: danzar libres en los bosques, amparadas por la noche.

La «Danza Macabra» era un género artístico popular en el medioevo tardío, en ese entonces la predominancia de las plagas y lo rudimentario de la medicina hacían de la muerte algo cotidiano, un tema predominante en el día a día. Lejos de tener una intención moral, se trataba de un tratamiento irónico: la muerte nos recuerda que la clase social o las influencias políticas no importan cuando ha llegado nuestra hora. También es, justo al morir, cuando todos los gozos terrenales se terminan. El tema consiste en esqueletos danzando cerca de una tumba con personajes de poder (religiosos, funcionarios, gobernantes) y podía presentarse en pinturas, frescos, versos o piezas musicales. Los últimos dos se usaban para representaciones en las festividades de semana santa, en especial durante el siglo XIV.

Quizás una de las referencias más populares a la Danza Macabra es la que aparece al final de El séptimo sello, de Ingmar Bergman, en la que Jof le recita a su esposa unos versos: «La Muerte, severa, los invita a danzar. Van cogidos de las manos haciendo una larga cadena y empieza la danza. […]»

Aunque el motivo también se puede encontrar en el «Macabray» del Libro del cementerio de Neil Gaiman, que es como una mezcla dulce entre la idea medieval de la Danza Macabra y los días donde los muertos vuelven a visitar a los vivos que hallamos en el Día de Muertos (aunque también en otras culturas y mitologías).

Aunque la Danza Macabra medieval no era particularmente moralizante, la danza en general ha tenido que ceñirse a las normas sociales imperantes en sus distintos contextos. Varios bailes han sido considerados escandalosos y hasta inmorales al paso del tiempo. Ahora el Vals nos parece una cosa ñoña y de quinceañeras, pero en su momento despertó la desaprobación social. Hasta el mismo Lord Byron (¡oh ironías de la vida!) se pronunció contra la indebida cercanía de los danzantes. Más o menos lo mismo sobrevino cuando Isadora Duncan saltó a los escenarios con su túnica griega y sus movimientos amplios y «descontrolados» que rompían con la rigidez del ballet clásico. Por todo esto, la combinación entre ballet, cuentos de hadas, muerte, brujas y terror de Dario Argento es una de mis favoritas de toda la vida. Suspiria reúne todas estas pequeñas obsesiones macabras que me han acompañado por buena parte de mi vida. Pareciera que, efectivamente, no existe un mejor lugar que una academia de danza para reunir todos esos elementos: la danza siniestra, el ambiente opresivo y la brujería.

En la reinterpretación de Luca Guadagnino, la danza toma un protagonismo que no tenía en la cinta de Argento. Es a través de la danza contemporánea y expresionista (con guiños al trabajo de la misma Isadora Duncan, Mary Wigman y Pina Bausch) que las brujas realizan sus rituales, lo cual no es descabellado si tomamos en cuenta que muchas religiones paganas y de bases chamánicas hacen lo mismo desde tiempos inmemoriales. El baile no solo representa el poder sobre el cuerpo, que a veces puede parecer sobrenatural, también un balance entre el intérprete y su oscuridad. Así como la Suzy de Argento descubre el terror en la academia, la de Guadagnino entra en contacto con su propia oscuridad que no es maligna, sino anida en su miedo al verdadero poder que ostenta.

Isadora Duncan a menudo hablaba de un «primitivo salvaje» inherente a la danza (y la naturaleza humana), un concepto muy patente en la Suspiria de 2018 y también, aunque de forma inversa, en la de 1977. En la cinta más reciente se explora el poder brutal y erótico, mientras que la original explora la inocencia en contraposición a lo «podrido». En la versión original la protagonista se sobrepone al miedo que provocan elementos externos para abatir a Markos, mientras que en la nueva Susie se sobrepone al miedo que tiene de su propia naturaleza para reclamar su lugar como Mater Suspiriorum y castigar el abuso de poder cometido por el coven de la academia. Y es que, a fin de cuentas, la danza va siempre ligada al poder, ya sea sobre el propio cuerpo o sobre una fuente espiritual más difusa e imposible de describir.

Quizás escribimos historias precautorias o de terror sobre las brujas, las ninfas y duendes que bailan porque el miedo a lo desconocido es uno de los más instintivos para los humanos. O porque tememos a lo salvaje representado a través del baile que nos recuerda que nuestra oscuridad es tan tentadora como una canción que nos invita a dar unos pasos hacia ella. Puede ser que la pérdida de control sea muy similar al risueño esqueleto que, como la existencia misma, no es sino un compañero de baile en esta larga pieza que llamamos vida.

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AQUÍ puedes leer «Las zapatillas rojas».

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Fuentes:
Waller, John (2008). A Time to Dance, A Time to Die. Icon Books.

Krack P (December 1999). «Relicts of dancing mania: the dancing procession of Echternach». https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/10599799

Monica Castillo, The Dance Legends Who Inspired Suspiria’s Bewitching Movement «Something Wicked»  https://archive.is/vVph1

Gómez, Maricarmen: El Llibre Vermell. Cantos y danzas de fines del Medioevo (capítulo «Ad mortem festinamus y la Danza de la Muerte»). Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2017

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Edna “Scarlett” Montes
Lectora, escritora y friki irredenta. Egresada de Miskatonic con tarjeta de cliente frecuente en Arkham. Tiene tantos fandoms que ya hasta perdió la cuenta. Divaga mientras espera que Cthulhu despierte de su sueño en R’lyeh o al fin le entreguen su TARDIS; lo que ocurra primero.

@Edna_Montes

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