EL NUEVO CINE DE TERROR

y todo lo que muestra sobre la naturaleza humana

I

 

Aglaia Berlutti

 

Hace unos días vi por segunda vez la película A Ghost Story del director David Lowery y, de nuevo, su atmósfera contenida, singular y emocional me hizo preguntarme sobre cómo se analiza el terror en la actualidad. Me refiero al hecho que la película de Lowery confronta el miedo, pero además reflexiona sobre la naturaleza humana y su desconcierto ante la incertidumbre. Mientras el personaje deambula de un lado a otro bajo una sábana blanca y contempla el mundo desde cierta estupefacción, la película reflexiona sobre temas que pocas veces se tocan con habilidad: la identidad, la lenta erosión de la individualidad en medio de un acto colectivo solemne que convierte al hombre y su circunstancia en un mero observador del tiempo. El fantasma deja de ser una figura que aterroriza para tomar vicios de tragedia y, al final, de un vínculo invisible con la historia que le rodea. La apoteosis de Lowery  — esa caída lenta y dolorosa a una segunda muerte —  demuestra que en la actualidad el terror encarna algo más que el sobresalto y la capacidad de cualquier historia para apelar a lo primitivo. Una nueva percepción sobre el tiempo y el mundo interior de enorme eficacia.

Lo mismo ocurre con la película It Comes at Night del director Trey Edward Shults, que desconcertó a buena parte de la audiencia que acudió a la sala de cine convencida de que encontraría una película de terror. Ingredientes no faltan: desde el ambiente post apocalíptico hasta la insinuación del tráiler oficial de un horror latente, el argumento parecía obedecer a todos los clichés del género, de la percepción de lo sensorial como un terror invisible y peligroso. Pero en realidad es una reflexión lenta y progresiva sobre temas muchos más privados, como la forma en que asimilamos lo que nos asusta  —o en todo caso hasta qué punto estamos familiarizados con la posibilidad del terror —  y, más allá de eso, la búsqueda de respuesta sobre lo desconocido. Shults no parece especialmente interesado en mostrar algo más que el miedo como un vínculo que evade una explicación lógica y se retrotrae a una experiencia mucho más íntima y casi dolorosa. Hay un contenido aire de vergüenza y paranoia que relega el terror a un segundo plano y pone de relieve la importancia esencial del hombre escindido en la historia que plantea. Por supuesto, una buena parte de la audiencia le llevó esfuerzos comprender el meditado punto de vista del director sobre lo horrido y detestó la película al igual que la crítica, que señaló sus blanduras como “propuesta del cine de género”. Al final, el debate alrededor de la película parecía más interesado en analizar el hecho que realmente no causaba los escalofríos prometidos en lugar de analizar la historia en toda su potencia, que sin duda versa sobre algo más allá de lo terrorífico.

Ambas películas, resumen esa nueva sensibilidad sobre el terror que poco a poco está transformando al género en una mirada más profunda a lo humano a través de sus monstruos, lo cual hace de toda película de terror un reflejo del terreno movedizo de los horrores sociales y culturales que se deslizan debajo de los monstruos que gruñen y los asesinos que sostienen el hacha.

El fenómeno, incluso se ha convertido en algo más sutil: en el caso de Get Out, de Jordan Peele, el miedo no es otra cosa que una reinvención del mito de la cotidianidad subvertida en algo más temible. Varias de sus escenas remiten no a clásicos de terror con sus reglas y códigos establecidos, sino a reflexiones sobre el miedo mucho más sofisticadas. A la película ,— que se convirtió en todo un éxito de taquilla y de crítica— ,se le comparó de inmediato con el clásico cuento de horror de Shirley Jackson “La lotería” por los obvios paralelismos entre el cuento insigne de la literatura norteamericana y la visión de Peele sobre el miedo y lo trágico. De nuevo, los sobresaltos y escalofríos quedan relegados a un segundo plano, mientras el miedo se retrotrae a símbolos más elementales y profundos. La obra de Peele medita sobre las reglas ambiguas y crueles de nuestra sociedad, pero también acerca de lo cotidiano convertido en algo más temible. Los monstruos de Peele son quizá la más dura crítica a la cultura norteamericana hecha en años, bajo la excusa del horror: se trata de una familia de clase media alta, blanca y sonriente que recibe con una benevolencia cercana a la condescendencia al prometido afroamericano de su hija. El escenario campestre termina por cerrar todos los espacios y, de pronto, el argumento se hace claustrofóbico y temible por el mero hecho de conjurar lo que yace en los lugares más oscuros de la identidad de nuestra época. Todo un logro intelectual que dota a la obra de Peele de un peso simbólico específico, pero también de un sentido nuevo sobre lo que nuestra época considera terrorífico.

Por supuesto, por décadas el género del terror ha sido el espacio seguro en que se pueden debatir cuestiones semejantes sin correr el riesgo del señalamiento o, incluso, de la mera crítica política. Después de todo, las películas del terror tienen sus propias reglas y pautas, todas las cuales parecen responder a cierto patrón cultural sesgado de prejuicios. La rubia de abultado escote termina asesinada en cuanto tiene sexo con el epítome del triunfador norteamericano, a la vez que el asesino suele ser el resultado del maltrato y la presión de una sociedad hipercrítica y cruel. Los personajes de minorías étnicas suelen morir antes que cualquier otro y, como si eso no fuera suficiente, la final girl siempre lleva aparejado un sermón social poco creíble. Se trata de la chica que jamás tuvo sexo, la que insistió en el buen comportamiento y la única que obedece las reglas invisibles que rigen el pequeño mundo de lo terrorífico. De modo que las películas de terror  — con toda su carga elemental sobre la identidad social —  no son otra cosa que una idea básica sobre los bemoles y baches culturales.

Las grandes preguntas que surgen son evidentes:

¿Qué ocurre cuando el terror aspira a ser algo más, a expandir el imaginario y el subtexto para crear algo más profundo y violento?

¿Qué pasa cuando el miedo no sólo es una metáfora de lo que nos inquieta sino también sobre lo que nos provoca compasión, angustia y dolor?

Concluirá…

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

TheAglaiaWorld 

 

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