LAS TRES PLAGAS

Amaranta Monterrubio

 

En septiembre de 1980 falleció el gran amor de la abuela: su padre. Después de una agonía de dos meses se fue delgadísimo y descolorido. Mi madre recuerda las últimas miradas de su abuelo llenas de tristeza y de súplica.

Para la abuela se fue el interlocutor más importante de su vida, su compañero en la crianza de sus hijas, el otro sostén económico de la casa además de ella misma y el que mantenía aquel hogar arreglándole los desperfectos, construyendo cunas y repisas y cosiendo vestidos para sus nietas.

Aunque las cinco hijas de la abuela eran pequeñas, vivieron la pérdida hasta el fondo de su alma. A sus trece años, mi madre, la mayor, sufría desmayos de tristeza y la niña más pequeña, con dos años, lloraba pidiendo irse al cielo con su abuelo.

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Transcurría el quinto día del novenario entre avesmarías y padresnuestros. Buena parte del pueblo asistía diariamente al rezo en casa de la abuela para repetir cientos de veces la frase “ruega por él”. Esa noche, mientras se pronunciaba el rosario, un murmullo que no era plegaria se fue expandiendo en la sala. Algunas personas brincaron de sus asientos y ese murmullo se fue convirtiendo en gritos de ¡Se fue por allá! ¡Ahí está, cuidado! La abuela muy desconcertada se acercó a ver qué pasaba. Las señoras que guiaban el rezo le informaron que una viborilla había salido de la tina de flores frescas que dejaba la gente como homenaje a su padre.

Nadie logró pescar a la víbora que se fue reptando hasta el patio de la casa y ahí se perdió. Acto seguido, cayó un diluvio que distrajo a los asistentes de lo ocurrido. Mi abuela no le dio importancia al incidente hasta que, a la mañana siguiente, ella y sus hijas encontraron el jardín infestado de viborillas similares. A lo largo del día las hallaron en los baños, en los cuartos, en las esquinas del corredor. La casa se había llenado de gritos de sorpresa, de asco y de niñas escapando del susto cada vez que encontraban alguna viborilla. En medio de la angustia de las niñas y de la vergüenza de la abuela, comenzó el sexto día del novenario. Una plaga en la casa, ¿cómo era posible?

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La abuela sabía que bastaba algún detalle fuera de lo normal para que en el pueblo se alzaran los chismes como nubes de polvo. Se cuestionaba si acaso no habría limpiado lo suficiente, si alguno de los rezadores se vería nuevamente sorprendido por una serpiente, si se comentaría en el pueblo que vivían esas criaturas en su casa…

El sexto rosario transcurrió sin sustos de por medio. A la noche siguiente, cuando terminó el séptimo día de rezo y una vez que se vació la casa de visitas, cayó nuevamente aquella lluvia torrencial. Una de las hijas de la abuela estaba haciendo su tarea cuando escuchó un golpe seco. Alguien parecía tocar la puerta que daba al patio. Eran golpes rítmicos y fuertes. Ambas se acercaron para averiguar qué era. Descubrieron a un sapo gigantesco aventándose contra la puerta. Lo rodeaban otros sapos y, al abrir la puerta, descubrieron que el corredor estaba plagado de ellos. Brincaban y caían salpicando el agua o chocaban unos contra otros. Entre las dos expulsaron a los sapos con escobas hasta la esquina del jardín. No quisieron salir con las escobas a la calle, ¿pues qué diría quien las viera expulsar sapos gigantescos de la casa?

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El octavo día uno que otro sapo continuaba en el patio, cayendo con sonidos de agua y croando gravemente. La abuela procuró que ninguno apareciera durante el rezo y así fue. El noveno día brotó la tercera plaga. Mi madre le advirtió a la abuela de un fenómeno que había percibido en las recámaras, después en las mesas y en la cocina. La abuela al principio no hizo caso, pero mi madre exploró hasta dar con la plaga. Fue tal el susto y la vergüenza que ambos sentimientos han atravesado el tiempo hasta el presente y la abuela me ha pedido que no pronuncie aquí de qué fue la tercera infestación. Sólo mencionaré que ese tipo de plaga no suele aparecer en el lugar donde la hallaron.

Se trate del cuerpo o de la casa, es curioso que lo primero que sintamos ante las infestaciones sea vergüenza. Está probado que muchas de ellas no dependen de la limpieza o de costumbres descuidadas, pero de inmediato sentimos que son nuestra causa, que fallamos, que no hicimos lo suficiente. Sabemos que los piojos, por ejemplo, son por contagio y, por más higiene que se tenga, no se van hasta que se usan remedios de exterminio o cortes de cabello; sabemos que las cucarachas o las ratas pueden pasarse de una casa a otra aunque se limpie cada una de sus esquinas. También las plagas configuran la historia de una casa, delatan sus crisis, sus duelos. En este caso, las tres plagas llegaron desde afuera, pero la vergüenza surgió del interior de la abuela. ¿Por qué? ¿Qué es lo que delata la vergüenza?

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Terminado el noveno rezo, vino el levantamiento de cruz, aquel momento en el que se alza la cruz de ceniza alrededor de la cual se han rezado esos nueve días. Al día siguiente, la hermana de la abuela fue a verla para decirle que se encontraba visitando la tumba de su padre cuando de entre la tierra vio salir a dos serpientes. Una de ellas se posó encima de la tumba, asustándola sobremanera. Eso no es normal, hermana, le repetía. La abuela admite que no lo había pensado. Aquellos días lo que predominaba en su ser eran la tristeza y la vergüenza, no se había preguntado si aquello era normal o no. Voy a traer a alguien que nos ayude, le dijo su hermana. Es crucial el momento en el que una decide consultar a la bruja.

En su cuento “Yemasanta” (Duermevelas, 1986), Adela Fernández comienza contándonos la historia de Isabel, una mujer estéril que desea ser madre más que otra cosa. Sacerdotes y doctores la visitan sin encontrar solución a su problema. Es hasta que visita a una bruja que encuentra un norte. La curandera le anuncia que será estéril para siempre, pero puede embarazarse si está dispuesta a atentar contra los designios de Dios y vivir las consecuencias. Isabel acepta. La bruja le hace un hechizo con un huevo que resulta en embarazo. Nace una niña a quien el pueblo nombra Yemasanta. El sacerdote de inmediato la excluye de los ritos al no saber si su existencia es obra de Dios o del Diablo.

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Al parecer, la bruja a la que consultaron mi abuela y su hermana, también solucionó el problema. Para terminar con las plagas, hizo un rito en el cementerio que sólo presenció la hermana de la abuela, pero que ni ella ni la bruja pudieron contar debido al susto que les dieron. Llevo practicando esto toda mi vida y nunca había visto algo así, fue lo único que mencionó la curandera. Las plagas se fueron.

En el cuento, la pequeña Yemasanta comienza a hacer predicciones que se cumplen una a una. Pronto el pueblo se apiña en su casa para preguntar lo que depara el futuro. Las predicciones parecen resultado del oído privilegiado de la niña, quien capta murmullos proféticos que emergen de hornos de pan que se encuentran en su casa. Al cumplir trece años, las voces le anuncian que debe castigar a su madre por haber atentado contra los designios de Dios. Yemasanta acepta su destino y fallece en septiembre, igual que el bisabuelo. La madre enloquece de tristeza y tanto ella como su esposo venden la casa para mudarse a la ciudad. Alfareros ocupan los hornos de pan para hacer cerámica y comienzan una serie de vaticinios:

“Por alguna razón que no se explican, las ánforas salen manchadas, retorcidas y despiden un vaho que está causando enfermedades. En su interior se escucha el crujir de lumbre en apogeo y una voz que maldice y anuncia desgracias para el pueblo. Las gallinas ponen huevos hueros que estallan esparciendo una materia pútrida; el manantial es un hervidero de sanguijuelas y en las acequias se reproducen lotos venenosos y sapos que escupen sangre.”

Finalmente, el pueblo se invade de peste y entierra a sus muertos en medio de rezos cristianos, fingiendo no percibir lo que ocurre de su alrededor. Quizá la explicación más inmediata es que el pueblo entero paga la desobediencia de Isabel al embarazarse y de Yemasanta por predecir el futuro. Pero, pensando en el final del cuento, le pregunté a la abuela a qué le atribuía aquellas plagas que invadieron su hogar. Mi papá era la defensa de la casa, respondió, cuando él se fue nos quedamos desprotegidos. Claro, de ahí la vergüenza, aquel recubrimiento que aparece cuando quedamos expuestos. Las plagas son como ser invadidos en nuestro propio refugio, tal como hace la muerte cuando se lleva a nuestros seres amados: irrumpe como una plaga maldita.

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Adela Fernández (1942-2013)

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Tanto en el cuento como en la casa de la abuela, el aparente problema se detuvo: ya no hubo plagas ni niñas producto de la brujería, pero eliminar aquello sólo desprotegió al pueblo y a la casa. Al pueblo de Yemasanta le cayó la peste y a nuestra familia la tristeza. Existe una melancolía, una predisposición a lo siniestro que siempre nos ha habitado y, rastreando su origen, me he topado una y otra vez con la muerte del bisabuelo. Su ausencia fue el agujero por donde se decantó la familia, el hueco por el que se fugaron las muestras de afecto que recibían la abuela y de sus hijas. Transformó para siempre la relación con los varones y las dejó en un estado que siempre espera la tragedia. Fue una herida que no se curó nunca y alcanzó a quienes no conocimos al bisabuelo. Me pregunto qué haríamos sin el horror a las plagas, pues sería acaso lo que haríamos sin el miedo a la muerte.

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También encuentras «Yemasanta» en Cuentos reunidos (FCE, 2023). AQUÍ más info.

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Amaranta Monterrubio

Ha sido sonidista, diseñadora sonora y editora de video sólo para descubrir que su vocación era preparar café para sus invitados y escribir.

Publicó el libro de cuentos Llegará el silencio (Cuadrivio Ediciones, 2020).

Los últimos viernes del mes tiene un programa de literatura de terror llamado LetrasParaNoDormir en el canal de la Brigada para Leer en Libertad.

@nemitlazohtla

 

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