UNA MIRADA AL FOLK HORROR ASIÁTICO

Juan Manuel Díaz

 

A grandes rasgos, el folk horror es un subgénero del terror que usa el choque entre una dimensión folclórica tradicional y la vida moderna urbana como fuente del miedo que se presenta en pantalla. Para quien sea la primera vez que escucha el término, el clásico de 1973 The Wicker Man (El hombre de mimbre) es el ejemplo arquetípico. En la cinta, un oficial de policías viaja a una remota isla inglesa para investigar la desaparición de una niña. Ahí encontrará una comunidad aislada con creencias en dioses y seres antiguos. Y esta es una de las claves más importantes en el género: la yuxtaposición de lo tradicional-mítico representado y la sociedad contemporánea. Ambos puntos son representados por un líder o líderes religiosos quienes poseen un conocimiento secreto otorgado por las viejas creencias y por el protagonista, un forastero que forma parte por lo general de la institucionalidad moderna como puede ser un policía, un periodista o cualquier otra figura que simbolice la sociedad contemporánea.

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Poco a poco el protagonista se va envolviendo en una serie de ocurrencias místicas y que le revelan la verdad de la comunidad: el idilio esconde la creencia en dioses paganos antiguos, quienes demandan un sacrificio de sangre para mantener la vida perfecta en la comunidad. La vida es solo un pequeño precio para alejarse de la violencia y muerte de las sociedades modernas. Las cintas tienden a terminar con el forastero siendo sacrificado o alguno de sus compañeros se suma a la comunidad. Esto quiere decir que la vida indómita del mito y la tradición termina por devorar a la vida racional actual. Y es que el mensaje de estas cintas no es más que ese: los dioses antiguos, los espíritus y las viejas creencias siempre están al acecho. El horror nace de la amenaza latente de que hay algo no racional que se esconde.

Nociones neopaganas y de ocultismo pop empezaron a nacer con los movimientos de finales de los 60, que rechazaban la vida capitalista industrializada en las sociedades. Del desencanto de la vida contemporánea, los experimentos en formas de comunas alejadas cobraron fuerza. Estos acercamientos crearon las tensiones de las viejas formas escondidas debajo de ciudades. Los hombres se acercaron a los bosques y con horror encontraron que había cosas escondidos debajo de la tierra. Esos monstruos no eran más que viejos temores ocultos por la luz de la razón.

Lo anterior me parece es algo central al origen de este tipo de terror: una forma de aliviar las tensiones entre la decadencia capitalista y una promesa de una vida alternativa. En clásicos tan interesantes como Witchfinder General de 1968 y The Blood on Satan’s Claw de 1971 —que podrían considerarse ejemplos tempranos— se pueden observar estas tensiones.

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El antagonista en Witchfinder General es un hombre que, apegado a la ley, impone un brutal régimen para cazar brujas. Es la dicotomía del hombre civilizado que termina por ser más cruel que las propias brujas.

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Ejemplos del subgénero podrían ser desde la más reciente Midsommar (2019) de Ari Aster (que en mi opinión es casi una adaptación de The Wicker Man), Apostle (2018) de Gareth Evans, Children of the Corn (1984) de Firtz Kiersch, Lamb (2021) de Valdimar Jóhannsson, Men (2022) de Alex Garland, The Witch (2015) de Robert Eggers, la tercera temporada de American Gods (2021) y la miniserie The Third Day (2020). Al parecer, las propias tensiones surgidas del capitalismo tardío han provocado un resurgimiento del folk horror en la tendencia del llamado elevated horror*.

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Sin embargo, donde encuentro una mirada única del folk horror es en Asia. No es que sea nuevo, ya en 1983 The Boxer’s Omen (producida en Hong Kong) daba visos de este tipo de horror. Inclusive podríamos considerar las japonesas Onibaba y Kwaidan de 1965 y 1964, respectivamente, y la tailandesa Nang Nak (1999), que cuenta una leyenda tradicional de la región. Me parece que las transformaciones sociales que países como Japón, Tailandia y Corea han sufrido a partir de la aceleración del capitalismo tardío han provocado una forma de lidiar con esas transiciones con formas visuales e imágenes específicas. Una tensión que sufren estas sociedades modernas al sentirse atrapadas entre la tradición y la modernidad. Todo aquello que venga del campo como origen de la maldad, mientras que las ciudades serían lo positivo y una promesa de progreso.

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Cintas como la tailandesa The Medium (2021) de Banjong Pisanthanakun, la malaya Roh (2019) de Emir Ezwan y las indonesias Satan’s Slave (2017) e Impetigore (2019) de Joko Anwar serían ejemplos de lo anterior. Si bien en Europa el folk horror fue producto de una visión idealizada de creencias y formas sociales antiguas, la respuesta asiática yace en la tensión entre mantener las tradiciones o abrazar la occidentalización. Fundamentalmente crean narrativas y tratamientos distintos.

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Mientras que el folk horror europeo se sume en el misterio con criaturas o seres difuminados sin una visión clara del horror (porque es el propio europeo quien ha perdido y olvidado sus raíces premodernas), las narrativas asiáticas reconocen a los monstruos y espíritus. Ellos nunca se han ido, siempre han estado presentes y su venganza nace del enojo del olvido. Solo unos pocos mantienen ese conocimiento y luchan porque se reconozca y se conserve la tradición. El equilibrio se restituye por medio de la aceptación de la tradición y lo mítico, mientras que en Europa no hay re-equilibrio, simplemente hay un sacrificio para el dios olvidado.

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* Art horror o elevated horror es como se les ha llamado a cintas de terror y horror que salen de las convenciones tradicionales. Entre estas cintas se cuentan A Field in England (la cual se ha considerado la nueva obra maestra del folk horror), la ya mencionada Midsommar, Hereditary, The Lighthouse, Titane, Mother! y el remake de Suspiria. En suma, es un terror con convenciones más sutiles que abandonan recursos como el jump scare y construye una tensión durante toda la cinta sin soltarla.

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Juan Manuel Diaz de la Torre

Tengo 36 años y nací en la Ciudad de México un 11 de octubre de 1985. Ese día fue viernes y debí nacer a las 6 de la mañana, pero llegué hasta las 8. Tal vez por eso me gustan los viernes y dormir hasta tarde. Soy escritor de poesía, cuento, novela y viñeta, aunque mi trabajo diurno es ser profesor e investigador. En realidad, creo que mi chamba es comunicar: sin importar que sea una reflexión en forma de cuento, un análisis de una película o algún apunte sociológico, lo único que hago es comunicar.

 

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