EL HORROR, LA RELIGIÓN Y LO MISTERIOSO
EL CINE DE TERROR Y SU PROFUNDA CONEXIÓN CON LO ECLESIÁSTICO
Aglaia Berlutti
El terror sobrenatural estadounidense no nació en un sótano oscuro: creció entre iglesias, pantallas y dudas teológicas, mezclando fe, espectáculo y ansiedad cultural con una sonrisa incómoda.
Durante décadas, el terror sobrenatural ha sido tratado como entretenimiento menor, algo para matineés tardías y maratones nocturnos. Sin embargo, su peso histórico en el cine y la televisión de Estados Unidos es difícil de exagerar. Desde mediados del siglo XX, este género ha funcionado como un espejo cultural que refleja tensiones profundas entre religión, modernidad y vida cotidiana. En particular, el cristianismo —mayoritario, omnipresente, pero también discutido— se convierte en una caja de herramientas narrativa.
Cruces, rezos, ángeles y demonios no aparecen sólo como decoración, sino como signos reconocibles que activan una reacción inmediata en el espectador. Aquí resulta útil la lectura que hace Douglas E. Cowan al señalar que la cultura popular aborda preguntas que durante siglos fueron dominio exclusivo de la teología: qué significa el bien, cómo se define el mal, qué hay después de la muerte y si existe algún tipo de orden moral. El cine de terror toma esas cuestiones y las baja del púlpito a la sala oscura, usando imágenes familiares que resultan cómodas y perturbadoras al mismo tiempo. Esa doble condición —conocida y amenazante— explica por qué lo religioso funciona tan bien como materia prima para el miedo audiovisual.
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En términos teóricos, el terror sobrenatural se mueve dentro de lo que Tzvetan Todorov definió como “lo fantástico”: ese momento de duda en el que ni personajes ni espectadores saben si lo que ocurre viola o no las leyes de la naturaleza. El cine de terror, sin embargo, se especializa en una zona aún más incómoda de ese territorio, la que Sigmund Freud llamó “lo siniestro”. No se trata de lo completamente desconocido, sino de aquello que parece familiar y, de pronto, deja de ser confiable. Las narrativas cristianas encajan perfectamente en esta lógica.
Para gran parte del público estadounidense, los relatos bíblicos forman parte del paisaje cultural desde la infancia, aunque no siempre desde la creencia activa. Ángeles y demonios son figuras aprendidas, casi domésticas, pero su reaparición en contextos violentos o ambiguos genera una inquietud particular. El terror audiovisual explota esa tensión: toma símbolos que parecen seguros y los vuelve inestables. El resultado no es una burla directa a la fe, sino una reformulación incómoda que obliga a mirar de nuevo aquello que se daba por sentado.
Este diálogo entre terror y religión no se limita a reproducir episodios concretos de las Escrituras. Muchas películas y series trabajan con interpretaciones teológicas desarrolladas a lo largo de siglos, desde comentarios patrísticos hasta relecturas literarias modernas. El cine recoge ese material y lo remezcla con códigos contemporáneos: montaje rápido, efectos especiales digitales, diseño sonoro agresivo. La familiaridad del contenido contrasta con la intensidad formal.
Así, lo que antes se leía en silencio ahora se experimenta con sobresaltos. La Biblia, llena de visiones, castigos y apariciones, no necesita demasiada adaptación para funcionar como relato fantástico. El terror sobrenatural entiende esto y lo utiliza con precisión histórica, aunque no siempre con literalidad doctrinal. Esa libertad interpretativa explica su persistencia: más que ilustrar la religión, el género la interroga, la estira y, a veces, la pone contra la pared. Todo ello sin dejar de ser, claro, profundamente entretenido. Porque nada dice “debate teológico” como un buen susto a las dos de la mañana.
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ÁNGELES ARMADOS Y APOCALIPSIS SERIALIZADO
Uno de los ejemplos más claros de esta apropiación religiosa aparece en la televisión de largo aliento, específicamente en Supernatural, estrenada en 2005 por The WB (luego The CW). A partir de su cuarta temporada, emitida en 2008, la serie abandona el esquema de “monstruo de la semana” para entrar de lleno en la escatología cristiana. La llamada Guerra en el Cielo —una idea apenas esbozada en el Apocalipsis bíblico— se convierte en el eje narrativo.
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Este conflicto, desarrollado durante siglos por comentaristas cristianos y reformulado de manera influyente por John Milton en Paradise Lost (1667), es traducido a un lenguaje televisivo contemporáneo: ángeles con gabardina, posesiones como trámite burocrático y batallas cósmicas con presupuesto ajustado pero ambición máxima. La serie no reproduce la Biblia de forma literal; la recompone. Fragmentos dispersos de Isaías, Ezequiel, Judas o Apocalipsis se reorganizan en una narrativa lineal, accesible y, sobre todo, dramática. El resultado es un producto que parece irreverente, pero que en realidad demuestra un conocimiento sorprendentemente preciso de la tradición teológica que está remezclando.
En este contexto, los célebres hermanos Winchester pueden interpretarse como figuras sacrificiales modernas. Sam (Jared Padalecki) y Dean (Jensen Ackles) no son profetas ni santos, pero sí cuerpos disponibles para una historia escrita antes de su nacimiento. La idea de la predestinación —clave en muchas corrientes cristianas— se traduce aquí en guion televisivo: ambos han sido criados para servir como recipientes de Lucifer y el arcángel Miguel en la batalla final. Lo interesante es que Supernatural no presenta esta estructura como algo deseable.
Al contrario, la serie insiste en el conflicto entre libre albedrío y mandato divino. Lucifer (Mark Pellegrino) aparece como un personaje coherente, incluso lógico, mientras que los ángeles “leales” actúan con frialdad instrumental. Esta inversión moral no es gratuita: refleja debates teológicos antiguos sobre obediencia, justicia y violencia sagrada. Que todo esto ocurra en una serie de televisión con rock clásico y humor autoconsciente no le resta densidad histórica; simplemente cambia el envoltorio.
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A medida que la serie avanza —y llega oficialmente a su temporada catorce en 2018— el universo religioso se expande. Aparecen conceptos como el Purgatorio, figuras como Lilith, criaturas bíblicas como el Leviatán y, finalmente, Amara (Emily Swallow), presentada como la “hermana de Dios” y personificación de la oscuridad previa a la creación. Esta idea no proviene directamente de un texto canónico, sino de interpretaciones apócrifas y lecturas simbólicas del Génesis.
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Supernatural demuestra así que el terror televisivo no sólo recicla religión, sino que la continúa. Funciona casi como una teología paralela, construida episodio a episodio, donde las grandes preguntas siguen intactas: ¿quién tiene razón?, ¿quién decide?, ¿qué pasa cuando Dios se ausenta del guion? Todo esto se presenta con ritmo ágil, pero el trasfondo histórico está ahí, esperando al espectador curioso que quiera rascar un poco más allá del susto.
CUANDO EL CIELO TAMBIÉN MIENTE
El cine de los años noventa y dos mil retomó estas tensiones religiosas con un tono menos serial y más concentrado, usando el largometraje como espacio de experimentación teológica condensada. The Prophecy / Soldados de Dios (Gregory Widen, 1995) y Constantine (Francis Lawrence, 2005) son ejemplos clave de este giro. Separadas por una década y producidas en contextos industriales distintos, ambas comparten una idea provocadora: lo angélico no equivale necesariamente a lo moral.
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En estas películas, los ángeles aparecen como ejecutores estrictos de un orden divino que no contempla la compasión humana. Esta representación no surge de la nada. En la tradición cristiana, los ángeles son descritos como seres de voluntad subordinada, encargados de cumplir órdenes incluso cuando estas implican destrucción. El cine toma esa premisa y la lleva al extremo, convirtiendo la obediencia absoluta en una forma de monstruosidad. Así, la amenaza no viene del infierno, sino del cielo malinterpretado.
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En contraste, Satanás —o Lucifer— adopta un perfil inesperadamente razonable. Lejos de la caricatura del villano caótico, estas películas lo muestran como una figura limitada por reglas, dependiente del consentimiento humano y, en ocasiones, más honesta que sus contrapartes celestiales. Este enfoque tiene un linaje claro que se remonta a Milton, quien en el siglo XVII ya había dotado a su Lucifer de retórica, conciencia y una lógica interna sólida. El cine contemporáneo hereda esa tradición y la traduce a códigos modernos: diálogos irónicos, trajes impecables, una calma inquietante.
De este modo se consolida el arquetipo del “Satanás aliado”, que más tarde se volverá habitual en la televisión, especialmente en series como Lucifer (Fox, 2016). No se trata de una reivindicación del mal, sino de una exploración narrativa de la ambigüedad moral. El terror sobrenatural encuentra aquí un terreno fértil: cuando las categorías religiosas dejan de ser claras, el miedo se vuelve más persistente. También, su conexión más evidente con el ocultismo y, en especial, las versiones de principios del siglo XX de la Goetia, en la que la figura de Lucifer se convierte en un adversario capaz de contemporizar y reflexionar sobre su propia naturaleza maligna.
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Aglaia Berlutti
Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.
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