TÉ PARA EL OLVIDO

Ana Gabriela Morales Rios

MÉXICO

 

 

Frío que penetra y se instala en los huesos. No recuerda la edad que tenía cuando por primera vez tuvo esa sensación que le congelaba el cuerpo y las palabras, ya no digamos el alma. Era como si toda su voluntad se hiciera trozos, como el hielo de los raspados que a fuerza de restregarlo se desbarata. ¡Se percibía tan pequeña!

¡Cómo le hubiera gustado a Elira contarle a su hermano mayor! Decirle que, cuando él no estaba, por la angosta calle a un lado de su casa se abría un hueco profundo a mitad del camino que, como los hoyos negros, tragaba su universo infantil para minutos después escupirla temblorosa, pegajosa, con asco, pero sobre todo con miedo. Miedo de que el boquete se abriera de nuevo, de quedarse tiesa y con la voz atorada en la garganta.

Todo ocurría cuando iba a la tienda de la esquina, a tan sólo sesenta pasos de su casa… por eso ya no quería ir sola. En cambio, cuando su hermano la acompañaba ella caminaba a su lado dando pequeños brincos de contento y cobraba otro sentido, nada malo pasaba. Tal vez comprendió en ese momento que la inocencia de la infancia se va en un parpadeo y que lo que lastima se oculta en las profundidades de la cobardía disfrazada en los eventos cotidianos, en lugares y personas que se visten de paisajes coloridos y guardan entrañas sombrías, siniestras.

En una ocasión, la profesora de Elira les pidió en clase hacer un dibujo: un pozo negro apareció en la blanca hoja. Sus padres, después de una pequeña charla, concluyeron que su gran imaginación le provocaba vívidos sueños que su mente ingenua confundía con la realidad. Pero Elira conocía la diferencia: cuando soñaba, el profundo abismo estaba ahí, pero ella corría tan veloz que de pronto sus pies se despegaban del suelo y ninguna fuerza extraña lograba alcanzarla mientras jugaba con el viento que le despeinaba los rizos. La pesadilla era con los ojos bien abiertos, casi a la vista de todos, y donde ella no volaba se hundía. Conocía la oscuridad en pleno día. La rabia entonces tendría que materializarse, convertirse en un ente justiciero que aniquile a quien fractura la esencia de una niña.

Sucedió algo que Elira concibió en silencio como una esperanza, pequeña luz que un programa de televisión le regaló un día cuando el presentador parecía que desde la pantalla se dirigía a ella. Le platicaba sobre Meng Po, una viejecilla que, cuando una persona muere, le suministra un brebaje que produce una amnesia permanente, olvidando todo lo ocurrido en vidas pasadas, liberándola para una nueva existencia en la tierra.

Elira no se ha preguntado a qué se va a dedicar cuando crezca. Si algo tiene vislumbrado para el futuro, es encontrarse con Meng Po, que con sus hierbas le dará a beber el té de los cinco sabores del olvido y entonces podrá reencarnar y borrar de su memoria todo lo sucedido hasta ahora… Será otra, será libre y, esta vez, la vida que le toque será generosa, hermosa y digna de vivirse.

«The Soup of Forgetfulness», por Neuneu Woo.

 

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Ana Gabriela Morales Rios

40 años / Chihuahua, México

Psicóloga. Ha trabajado principalmente con mujeres familiares de pacientes adictos.

Algunos de sus escritos se han publicado en revistas digitales e impresas

y participó con un cuento en el libro ¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género, editado por la UAM.

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