UN SUSTO COMUNITARIO

I

 

Amaranta Monterrubio

 

En las historias de fantasmas casi siempre el protagonista es el único testigo. La consecuencia de ello es que los escépticos fácilmente descarten su veracidad, puesto que nadie más puede dar su testimonio y al sujeto espantado suelen atribuírsele delirios, nerviosismo, sugestión… ¿Pero qué pasa con las historias de fantasmas con varios testigos? Quizá no son menos descartables por los descreídos, que pueden achacárselo a un  folie à deux (trastorno psicótico compartido) o a la histeria colectiva. Sin embargo, quienes tuvieron la experiencia en común quedarán hermanados para siempre, tanto que —a veces— la solución será no volverse a ver jamás.

En entregas anteriores he hablado de que a la abuela nunca le creyeron las apariciones que veía, que escuchaba. Ese «nunca» tiene una excepción. Esta es la historia en dos partes de un susto colectivo. Ambos sucesos ocurrieron uno antes y otro después de los XV años de una de mis tías.

En el pueblo donde vivía la abuela —como en muchos otros—, la fiesta de XV años era un gran acontecimiento por ser el rito de paso de las mujeres de la niñez a la adolescencia. El matrimonio adolescente todavía estaba permitido (en algunos lados lo está aún), por lo que era una oportunidad para presentar a las mujeres como casaderas. Más allá de eso, mi tía estaba muy contenta. Ella era muy popular en el pueblo por su convivencia ligera, además de ser muy guapa y esmerada en su aspecto. Su personalidad es una de aquellas hechas para ser anfitrionas, para estar al centro de la fiesta, sin temor o repudio alguno al contacto humano; a diferencia del resto de los que pertenecemos a esa familia, abrigados bajo la desconfianza hacia los demás. Considero que la personalidad de mi tía es importante para la experiencia fantasmal.

Si bien no tiene la misma trama, el cuento “Cuando hablábamos con los muertos” de Mariana Enríquez late con la misma esencia de esta historia. Un grupo de mujeres jóvenes adquieren una ouija para tener una experiencia sobrenatural de la que, como grupo, quedarán como únicas testigos, pero será la violencia de su entorno la que dicte el curso de los sucesos con los espíritus.

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En el pueblo de la abuela era costumbre que se realizaran varios festejos previos a la gran celebración de los XV años, pues los familiares comenzaban a llegar de lugares lejanos y había que alimentarlos. En uno de aquellos convites mataron un cerdo para hacerlo carnitas. Cuando digo que “mataron un cerdo” me refiero a que lo mataron ahí, en el patio de la casa. Siempre me pregunto: ¿cómo es que hemos olvidado que esa forma artesanal de asesinar al animal que comeremos es un ritual? Es un ritual con sangre, dolor y masticación de por medio.

En el cuento, las amigas durante el juego hacen un pacto de sangre pinchándose el pulgar con una aguja. La sangre, más que el agua, parece ser el líquido que añoran ambos mundos: el natural y el sobrenatural. Es un tropo muy popular en la ficción que sea la sangre la que selle pactos, invoque dioses y atraiga espíritus, pues es una huella tanto del deseo como del dolor. En varias tradiciones religiosas se menciona que los fantasmas, espíritus, ángeles, muertos, demonios, etcétera (dependiendo del rito), están sedientos de encarnación y por eso la sangre es un poderoso atrayente.

Aquel día hubo mucha comida y mucha bebida. Bastante alcoholizado, el cuñado de mi abuela buscaba pleito para golpear a su esposa. Con la intención de protegerla, la abuela se llevó a su hermana a la habitación. Procuró distraerla del episodio angustiante haciéndole una conversación que se prolongó hasta la madrugada. Los invitados poco a poco se habían ido y el patio había quedado en penumbra. Mi abuela y su hermana eran las únicas despiertas en la casa cuando escucharon que alguien tiraba platos, vasos, cubiertos y quebraba botellas en el suelo. Sospecharon que algún perrito callejero había entrado a devorar los vestigios de la comida, pero la abuela tenía otra intuición. Trató de que su hermana la acompañara a investigar con velas encendidas, pero ella se negó rotundamente. Después de mucho insistirle, la abuela se dio por vencida y ambas se fueron a dormir.

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Mariana Enriquez, por Daniela Gaule.

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Al día siguiente, cuando se levantaron a recoger los restos de la fiesta, la mesa estaba intacta. No había nada roto o derramado sobre el suelo, los residuos de la comida seguían ahí. Las casas en el pueblo eran tan grandes y alejadas una de la otra que no pudo ser un ruido ajeno. La hermana de la abuela declaró de inmediato que jamás volvería a quedarse en esa casa plagada de fantasmas y de sustos. Lo cumplió.

Esta fue la primera vez que, además de la abuela, alguien más era testigo de un evento en apariencia sobrenatural. Era la primera vez que ella no estaba sola en una de sus experiencias fantasmales. Aunque su hermana jamás volvió, la vivencia fue innegable y compartida. Es curioso que hayan sido dos mujeres las espectadoras, especialmente dos mujeres que habían huido de la violencia del cuñado. Esa amenaza decidió, acaso, que fueran ellas las testigos.

En “Cuando hablábamos con los muertos” las amigas se dan cuenta de que todas, con excepción de una, tienen un conocido que desapareció, alguien a quien se llevaron. Es ese el motor que utilizan para pedirle a los muertos la palabra y convencerlos de responder a sus preguntas. Lo logran, pero los espíritus son voluntariosos y pronto impondrán sus convicciones.

La abuela no se imaginó que el episodio con su hermana apenas fue un preámbulo de lo que vendría después, de una noche más enloquecida y escandalosa, que viviría junto con otras seis testigos.

En la próxima columna les terminaré de narrar esa historia…

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AQUÍ pueden leer el cuento de Mariana Enríquez.

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Amaranta Monterrubio

Ha sido sonidista, diseñadora sonora y editora de video sólo para descubrir que su vocación era preparar café para sus invitados y escribir.

Publicó el libro de cuentos Llegará el silencio (Cuadrivio Ediciones, 2020).

Los últimos viernes del mes tiene un programa de literatura de terror llamado LetrasParaNoDormir en el canal de la Brigada para Leer en Libertad.

@nemitlazohtla

 

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