UNA VUELTA DE TUERCA AL ROMANTICISMO GÓTICO

DESDE FRANKENSTEIN A CRIMSON PEAK

Castillos, víctimas, antihéroes, vampiros y damiselas en peligro

Todo lo que querías saber sobre la novela gótica y nadie te contó

I

 

Aglaia Berlutti

 

Durante las últimas décadas, el terror y la belleza parecen emparentados de manera indisoluble. Para el director Guillermo Del Toro el terror es un pariente cercano del amor. Lo es, tanto como para confundirse entre sí como para elaborar un discurso latente debajo de los gritos de fantasmas, demonios y otras apariciones escalofriantes. Lo demostró con su película Crimson Peak, en la que llevó a cabo un elegantísimo ejercicio del género gótico y construyó una nueva percepción sobre lo bello y lo terrorífico que sorprendió — y desconcertó — a una buena parte de la audiencia, que llenó las salas de cine esperando encontrarse con una película del terror al uso y se topó con un romance gótico a toda regla. Del Toro no sólo convirtió su película en una preciosa reinvención de un género casi en desuso, sino que además transformó la visión de la escritora Anne Radcliffe en una idea original. Mientras que en los libros de Radcliffe los fantasmas son seres imaginarios o meros delirios de sus sufridas heroínas, en la película la amenaza radica en lo que rodea a la heroína entre piedras ancestrales antiquísimas, un retorcido secreto familiar y el temor como telón de fondo para un argumento mucho más elaborado de lo que se percibe a primera vista.

Guillermo Del Toro

Se trata de una imagen reconocible para cualquiera: el enorme castillo al fondo de un paisaje agreste, el hombre pálido que lo habita, la doncella que intenta escapar de la oscuridad. Las brujas, vampiros y hombres lobos que pululan bajo la Luna Llena. Para bien o para mal, el género de la novela gótica  — ese que imagina el terror desde la elegancia decadente de ruinas, espectros, eventos naturales, sobrenaturales, víctimas y victimarios —  es parte de nuestra forma de comprender el terror, pero también de elaborar una idea más profunda y sustanciosa sobre los símbolos perennes sobre lo maligno, el sufrimiento dramático y eso que con tanta frecuencia se llama “amor dramático”. Porque cualquiera que sea el escenario  — y sus similitudes — , lo gótico tiene una definitiva influencia en la ímproba tarea de brindar belleza a la oscuridad y, sobre todo, de reelaborar los discursos sobre lo grotesco y lo atractivo en algo por completo nuevo. Por ese motivo, la película de Del Toro pareció navegar en medio de una noción más o menos matizada sobre el terror  — que existe en la historia de la película —  y la tradicional visión gótica, que con el transcurrir de las décadas el cine ha convertido en algo más. El personaje de Edith Cushing no debe temer por los fantasmas  — que en realidad son más bien huellas emotivas que puede seguir para descubrir el misterio central de la historia—, sino a lo que se esconde detrás de las paredes del castillo familiar en que se ve encerrada por amor. A partir de allí, lo terrorífico se convierte en un poema visual y Del Toro crea algo mucho más potente de lo que la película parece sugerir por necesidad: el renacimiento en pantalla del gótico en estado puro.

No fue una fórmula sencilla de digerir para el público en general. De hecho, los pobres resultados de taquilla de la película  — así como las críticas que acusaban a Del Toro de malograr lo que pudo ser una gran historia de terror —  dejaron muy claro que sólo una fracción de los espectadores comprendió el sentido clásico que el director intentó brindar a su película. Porque Crimson Peak se deleita en realzar la noción de lo lóbrego como una forma de belleza, y lo hace a partir de una estética depuradísima y potente que convierte cada escena de la película en una pieza de arte autónoma. Por supuesto, la fórmula proviene de una persistente idea literaria: lo hermoso desde su visión lóbrega, o lo que es lo mismo: la ternura de lo siniestro. La combinación de elementos que sostienen una novela gótica ha sido recreada  — parodiada, dicotomizada, escindida —  en cientos de maneras distintas, para que el resultado sea virtualmente el mismo: desde el viejo manuscrito que narra el horror latente al que se enfrentará el protagonista (y el lector), la antiquísima mansión/construcción familiar con pasillos secretos y pasajes subterráneos, el crimen enigmático que se oculta detrás de las venerables paredes, el amor prohibido  — la mayoría de las veces incestuoso —  hasta el villano (con una directa relación con fantasmas o cualquier ente maligno de ocasión) que lucha contra el bien en un escenario natural, pletórico de tormentas, luna llena y montañas hacen que el gótico sea no sólo una recombinación de factores para meditar sobre lo terrorífico a partir de una óptica poderosa y sugerente, sino también una versión de la realidad que se complementa con algo más notorio. Esa convicción del hombre de que el bien y el mal son fuerzas absolutas que luchan entre sí en los más diversos escenarios. Y si a eso se le añade un par de retratos que cobran vida o estatuas que sangran, la mirada hacia un mundo dolorosamente hermoso y siniestro capaz de construir la más complicadas metáforas sobre la vida y la muerte desde una perspectiva original.

Lo anterior describe el pleno apogeo del género de la novela gótica: a partir de 1820, sufre una lenta pero inevitable transformación que elabora y sostiene el rostro en la actualidad. El Gótico (con toda su carga simbólica, preciosista y elocuente) se transforma en algo más que novelas escritas para aterrar  — sobre todo para cautivar el morbo colectivo —  en algo mucho más depurado, intuitivo y elegante. A pesar del exceso  — la novela del género siempre fue excesiva, ya fuera en proclamas amorosas o en sangre derramada —,  lo gótico se reconstruyó para dar cabida a algo más extravagante y a menudo desconcertante, que cautivó a toda una pléyade de lectores agotados  — ¿aburridos? —  del clásico relato de terror impecable y de las convenciones sociales que agobiaban cualquier tipo de literatura enfocada en dirimir y analizar la naturaleza humana. De modo que ese elemento excesivo  — la transgresión de normas, clases sociales, identidad e incluso connotación sexual —  hizo del gótico algo más que una mirada preciosista al terror. Después de todo, en novelas como Drácula de Bram Stoker, el Gótico construyó un discurso basado en un erotismo solapado que no pasó inadvertido (ni tampoco ignorado) para la puritana sociedad londinense, que recibió el libro entre exclamaciones escandalizadas, pero no por eso dejó de leer la historia del Conde eslavo con sed de sangre virgen. El género gótico tiene características cercanas a la pornografía: es muy común que la mujer esté representada como víctima, pero esa noción de la victimización tiene un elemento de sometimiento a cierto placer voluntario que no deja de ser desconcertante y evidente. Lucy Westenra es cortejada por tres hombres que admiran su belleza y, también, agonizan de un discreto deseo por ella. Pero es el Conde quien la llevará a algo parecido al placer absoluto  — la escena en que Lucy yace exangüe pero a la vez muy cercana al éxtasis sexual, para horror de quienes la rodean, es de antología —  y más tarde a la muerte. Lucy muere siendo doncella, pero a la vez se convierte en la amante espectral de Drácula. Después será Mina quien tendrá sueños “poco recordados” sobre visitas nocturnas y será ella quien al final sea el centro de la intención del grupo de connotados caballeros victorianos que destruirán al antiguo azote del vampiro. Pero durante buena parte del segundo tramo de la novela, la joven esposa de Jonathan Harker lleva en la frente una marca roja muy notoria: la impureza de haber aceptado  — a la fuerza, entre gemidos —  la sangre del vampiro entre sus labios.

Bram Stoker siempre insistió que su novela era una visión sobre viejos mitos eslavos e, incluso, alguno que otro irlandés y que poco o nada tenía que ver con una historia romántica  — o erótica —  subyacente. No obstante, las largas parrafadas de Mina invocando su fidelidad como una forma de luchar contra el vampiro crean una versión que empalma la novela con el clásico gótico. El amor convertido en sangre. El deseo elaborado como una forma de belleza lóbrega.

Continuará…

****

Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión.

Desobediente por afición. Ácrata por necesidad.

@Aglaia_Berlutti

TheAglaiaWorld

¡LLÉVATELO!

Sólo no lucres con él y no olvides citar al autor y a la revista.